Más vigentes que nunca

discurso

Presentación.- El 14 de diciembre se llevó a cabo la Ceremonia Central por el Día del Sociólogo. Debo confesar que el acto colmó mis expectativas, pues muchas autoridades académicas, políticas y sociales se hicieron presentes, lo cual evidencia que, como lo decía un colega, “el Colegio de Sociólogos ya está metido en la trama de la sociedad civil”. Como Decano de la Orden me tocó decir algunas palabras que pongo en consideración de ustedes.

Sres. Autoridades Académicas, Políticas y Civiles de nuestra ciudad, Decanos de los Colegios Profesionales, Colegas y amigos todos:
Para que los miembros de la Orden lo recordemos y para que nuestros invitados se enteren, el Día del Sociólogo se instituyó el 9 de diciembre para recordar la primera jornada o clase académica con que la sociología se instaura

como cátedra en la Faculad de Letras de la UNMSM. Quien protagonizó ese acto; es decir, quien inaugura la sociología académica en el Perú fue el arequipeño Mariano Hilario Cornejo, siendo rector de la UNMSM, otro arequipeño ilustre, Francisco García Calderón. Eso ocurrió en 1896, hace, exactamente, 111 años.

En esta ceremonia especial, no puedo dejar de recordar a estos personajes, no sólo por su gran ligazón con la sociología, sino por las circunstancias anecdóticas en que se dio esa inauguración, pues la cátedra de sociología nació por la necesidad de entender o interpretar a una sociedad como la peruana que, para la época, 1896, venía atravesando por un período de pacificación y reconstrucción, después de un largo y lacerante periodo marcado por la Guerra del Pacífico y las luchas civiles. Es decir, desde su fundación, la sociología se presentó como una necesidad que se acrecienta cuando la sociedad atraviesa por períodos de marcada y urgente transformación.

Pero eso no es lo anecdótico. Lo anecdótico es que, a casi dos meses de la huelga universitaria reclamando el cumplimiento de una ley que el propio gobierno reconoce, pero que no cumple, no puedo dejar de asociarla a la inauguración de la cátedra de sociología de la que estamos haciendo referencia, pues cuando se inició ésta, se creó sin que hubiera una partida destinada a financiarla. El presidente de la república de entonces, otro arequipeño, Nicolás de Piérola, suplica, según consta en los libros de actas, “que la universidad pague el sueldo

del catedrático de Sociología con cargo de devolución y de consignarse en el próximo presupuesto la partida correspondiente”. Frente a este ruego presidencial, el Consejo Universitario decide “acceder por gratitud, pues gracias al actual gobierno se ha pagado a los catedráticos 14 meses de sueldo que se les tenía atrasados”. Es decir, han pasado 111 años y la relación Estado – Universidad nacional sigue marcada por la burla y el desprecio de ésta a aquella.

Pero no estamos aquí para renegar o deprimirnos, sino para celebrar nuestro día. Y como hemos sido testigos, lo estamos haciendo con todos aquellos ritos que, como bien lo sabemos los sociólogos, por lo menos en el plano teórico, son tan importantes para construir la tan necesaria institucionalidad de las sociedades contemporáneas; es decir, la reflexión académica, el reconocimiento al mérito y la confraternidad. Tres ritos que, a la vez, son el sostén de nuestro Colegio; o sea, la valoración al conocimiento; la gratitud y reconocimiento para quienes han sido y son nuestros maestros y, finalmente, la congratulación mutua entre todos nosotros, los miembros de esta Comunidad.

Pero a la vez, como en todo cumpleaños, debemos hacer un ligero alto en el camino para ver cómo estamos, en lo institucional y en lo profesional. Como institución, y mucho más como cabeza de la misma, no puedo dejar de recordar el pequeño programa de acciones que alentó nuestra postulación al cargo y que motivó la confianza de varios de nuestros colegas que con sus votos, nos colocaron en la dirigencia de nuestra Institución. Desde que asumimos el cargo, nos ha guiado el deseo de promover y cohesionar aun más nuestro Colegio abriéndonos más frente a la sociedad arequipeña, así como fortalecer los vínculos con la Colegiatura Nacional y relacionarnos con otras entidades similares. A la vez, nos hemos integrado con los estudiantes y egresados de sociología y publicado el boletín electrónico. Es decir, aunque aun no es tiempo, creemos que en algo hemos cumplido lo que hace un año prometimos. Hay algunos aspectos que están aun pendientes, pero ojala que en el tiempo que nos queda, lo hagamos.

Desde hace un año, lo profesional es el aspecto que más nos preocupa y lo sigue haciendo, ya que sólo desde allí se puede revitalizar la sociología como ciencia y como profesión. Cuando asumimos el cargo, dijimos que sólo desde allí se puede revertir la idea que la sociología ya no tiene nada que decirle a la sociedad, que su discurso y, por tanto, su carácter científico está en una situación crepuscularia.

Entendemos que esa aparente pérdida de voz de la sociología se debe a que muchos de los fenómenos sociales que vienen sucediendo últimamente no encajan en los dos grandes discursos que ha desarrollado nuestra ciencia: el discurso grandilocuente de las fuerzas productivas y la lucha de clases, y el discurso minimalista de la vida cotidiana y la microfísica del poder.

Como sabemos los sociólogos, en el discurso ampuloso siguen instalados nuestros clásicos: Marx, Weber, Durkheim, a quienes muchos ya han enterrado o por lo menos jubilado. Y en el otro discurso, el minimalista, están aquellos que coquetean con varias disciplinas para interpretar la inmediatez del mundo fugaz que nos ha tocado vivir hoy y que muchos conocen por postmodernidad. El problema de esa sociología inmediatista es que muchas veces compite, en vano, con otras disciplinas o tecnologías que le han sacado muchos cuerpos de ventaja, como el cine, la novela y la televisión que abordan esas microsituaciones de mejor manera.

Allí parece estar la raíz de esta aparente falta de discurso de la sociología, pues ni sus grandes categorías sistemáticas, ni sus pequeños conceptos de interpretación de la vida cotidiana, parecen sostenerse en pie frente al embate, por ejemplo, de un informe del Banco Mundial, la novela contemporánea o una película. En otras palabras, cualquiera de nosotros puede tener una mejor visión de la sociedad global o local, revisando cifras del BID, leyendo novelas como La cuarta espada de SantiagoRoncagliolo, o viendo una película como Días de Santiago.

Esto nos lleva a la necesaria conclusión que la gran sociología habla de hombres muertos; de actores que pertenecen a escenarios antiguos o que están dejando de tener presencia: el Estado, los partidos, las clases sociales, los sindicatos, las revoluciones. En cambio, prácticamente no se refiere a hombres vivos y que indudablemente focalizan la atención, preocupación y a veces angustias de la sociedad: los nuevos actores sociales, los migrantes, los empleados municipales, los obreros de Cerro Verde, Tongo, Néctar, Dina Paucar; los innovadores, los académicos, los pobres de hoy, los nuevos ricos, los enamorados, los resentidos, nuestros fogosos e irresponsables seleccionados de fútbol; los enfermos de SIDA, los atormentados por la sequía, los emergentes grupos de poder, los movimientos regionales y un largo etc.

Hay pues un territorio poblado por toda suerte de nuevos actores que la sociología se esfuerza en explicar; por ejemplo, la sociedad civil, los nuevos asociacionismos, las comunidades virtuales, la opinión pública, el espacio público mediático, las nueva dinámicas del mercado, los agentes del conocimiento, los consumidores frenéticos, esos que lloran pobreza, pero que hacen madrugadoras colas en hipermercados, etc.

No podemos dejar de reconocer que la sociología se halla particularmente mal dotada para varias preguntas que se desprenden de la época actual. A la sociología no le viene bien un mundo en que predominan los estilos de vida particulares y no sociales, las formas de consumo y no de producción, los travestismos, parodias y cinismos que muchas veces nos hacen pensar que el mundo está dominado por la irracionalidad. Hay que reconocer que a la sociología, no le viene bien una época sin tradiciones, que duda de sí misma, que le tiene poca fe al progreso y que se burla de la ética y los valores para dedicarse a los intercambios fáciles y expeditivos que no sólo comprometen mercancías, sino también personas. La sociología parece no adecuarse a las épocas habitadas por las generaciones X; es decir, aquellas que más allá del consumo desenfrenado, del culto narcisista y la glotonería hedonista, no saben qué quieren y mucho menos no saben adónde ir.

De esa situación no escapa nuestra ciudad que, a la par del mundo contemporáneo, reconociendo las distancias respectivas, viene experimentando nuevos procesos y cambios. Ante esa situación, creemos que el Colegio tiene como prioridad explicarle a la ciudad que tiene una voz y tiene qué decirle. Pero para eso, nosotros mismos tenemos que revitalizar esa voz, empoderarla y eso sólo se consigue alimentándola permanentemente de teoría e investigación.

Pero por encima del compromiso de reforzar nuestra voz para esos nuevos escenarios, la sociología tiene el premierato en aquello que es inmutable e irrenunciable: lograr construir una sociedad que garantice y enriquezca la vida de cada uno de nosotros. Es decir, el principio básico que dio nacimiento a la sociología hace dos siglos: el de la integración social, sigue hoy más vigente que nunca, y es allí donde la voz del sociólogo se alza porque sabemos que esa integración no es posible lograrla si la sociedad sigue dominada por la injusticia, caos e inequidad. En otras palabras, hoy la sociología se eleva como la ciencia de la vida frente al escenario de la muerte que nos presenta el mundo actual.

Por estos dos motivos; es decir, por los nuevos escenarios que nos comprometen a seguir perfeccionándonos institucionalmente , y porque nuestra eterna tarea de buscar la armonía social se hace cada vez más urgente, por eso debemos felicitarnos hoy, Día del Sociólogo, porque constatamos que estamos más vigentes que nunca. Muchas gracias

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