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05/07/26: Perspectivas del gobierno fujimorista 2026: Una visión desde la periferia

PERSPECTIVAS DEL GOBIERNO FUJIMORISTA 2026: UNA VISIÓN DESDE LA PERIFERIA

Efraín Gonzales de Olarte

El próximo gobierno tiene varias características del primer gobierno de Alberto Fujimori 1992-2000. Primero, la próxima presidenta tendrá un control casi total del aparato del Estado, salvo del poder judicial y un congreso sin mayoría absoluta, donde tendrá que negociar. Es decir, se presagia un gobierno con gran concentración del poder y probablemente autoritario. Segundo, 2/3 del país no ha votado por ella -tal como sucedió con la aprobación de la Constitución de 1993, que sólo fue aprobada por un tercio de los electores- por ello su legitimidad y popularidad es un gran problema para la señora K y el fujimorismo. De la forma como afronte esta debilidad, nos dará una idea de su opción política (democracia, democradura, o dictadura). Tercero, llega al poder en un momento en que la violencia cotidiana se ha convertido en el principal problema social del Perú, cuya letalidad se acerca a la del terrorismo de los años 90 del siglo pasado. Es decir, tendrá que responder de una manera efectiva y, la forma como la afronte, si incluye a los militares, se parecerá a la estrategia de su padre, cuyos resultados los conocemos. Cuarto, su aproximación con los poderes facticos:  militares, los empresarios grandes, los medios de comunicación le darán aún más poder, como lo hizo Alberto Fujimori.

Sin embargo, hay varias diferencias con la década de su padre. Primero, la economía tiene una estabilidad macroeconómica y una situación financiera muy cómoda que permitirá, quizás alguna política de crecimiento, en lugar del desastre económico que dejó el gobierno de Alan García en 1990. Sin embargo, 36 años después de liberalismo, la presión tributaria es muy baja, para financiar políticas redistributivas, que generen mayor inclusión. Segundo, el Perú está en plena época digital, lo que ha cambiado muchas cosas, el acceso a mayor información, el uso de la tecnología para fines privados y públicos, la cultura del teléfono celular, con todos los efectos sobre el comportamiento de las personas e instituciones. Ahora la política y la gobernanza se hace por medios digitales. Tercero, la corrupción casi generalizada en las distintas instancias del estado y de los niveles de gobierno, que se entrelaza con las actividades ilegales -la minería, el contrabando, el narcotráfico, la tala del bosque amazónico- lo que constituye o un desafío o una ventaja, dependiendo de la posición que adopte frente a este problema. Obviamente la corrupción hace difícil gobernar. Cuarto, está vigente el proceso de descentralización, que su padre anuló con el autogolpe de 1992. Hay riesgo que haga lo mismo

Este es, más o menos, el contexto en el que el gobierno de Keiko Fujimori tendrá que gobernar. Sin embargo, desde la periferia, sobre todo desde las regiones que votaron por el sombrero, las expectativas no son necesariamente complacientes, por algunas razones. La primera, el crecimiento económico no ha logrado reducir las desigualdades y la pobreza -si bien reducida- sigue latente, para ellos, el modelo económico del fujimorismo significa exclusión y menosprecio. Segundo, el ajuste estructural del neoliberalismo, significó la reducción del Estado, en consecuencia, los servicios de educación y salud son insuficientes y de mala calidad, además, la privatización de empresas públicas y la concesión de sitios mineros y de gas, no contribuyó al bienestar de estas poblaciones y de muchas regiones. Tercero, tienen la sensación de que cualquier gobierno de “gente como ellos” (Castillo o Sánchez) provinciana y cobriza es rechazada por las élites urbanas y sobre todo por Lima y la señora K es considerada una limeña, centralista y poco democrática.

Es decir, el Perú está segmentado, es un país dual, y el desafío para el próximo gobierno será ¿cómo? sus políticas puedan incluir a estos habitantes de la periferia en los frutos del crecimiento, cómo el estado le puede dar mayores servicios públicos y cómo la economía los puede integrar a través de empleos formales. Esto sólo será posible con políticas populistas, tal como hizo su padre. En consecuencia, para los empresarios tendrá una política macro económica estable con bajos impuestos y para la gran población tendrá políticas sociales de bajo nivel dados los recursos fiscales. Que es la fórmula de la gobernanza aplicada por Alberto Fujimori.

Desde la periferia anti-fujimorista, las expectativas oscilan entre la posibilidad de una mayor atención a sus necesidades y demandas, lo cual ciertamente significará un populismo exacerbado y probablemente aceptado, por buena parte de la población en situación de exclusión y pobrezas. Existe, sin embargo, la posibilidad de un endurecimiento del gobierno nacional, que lleve a una polarización social y regional. En este escenario, los gobiernos regionales y municipales pueden entrar en modo choque con el gobierno central, dado el anti-fujimorismo, sobre todo porqué -dada la concentración del poder de la próxima gobernante- los gobiernos descentralizados podrían ser un contrapeso político con reivindicaciones que la podrían a prueba.

Este panorama en realidad abre una gran oportunidad para actuar desde la periferia. En un país polarizado y con un gobierno que debe responder a los requerimientos de 2/3 de la población que no tiene representantes genuinos. En consecuencia, las posibilidades de influir en la búsqueda de soluciones que vengan desde las regiones, provincias y distritos, son bastante abiertas, siempre que se den algunas condiciones. Primero, será necesario que las fuerzas democráticas regionales y locales coordinen y tengan propuestas sobre las necesidades de inversión productiva y de mayor y mejor gasto social. Para ello se requiere de liderazgos tanto institucionales como personales.  Segundo, es fundamental que se proponga el relanzamiento y replanteamiento de la descentralización “desde abajo” como “política de Estado” en torno a la cual se puede establecer una agenda de trabajo para promover sectores productivos regionales (agroexportación, industrias regionales con mayor valor agregado, carreteras, energía, turismo receptivo y turismo vivencial, etc.), es decir tratar de desconcentrar la economía peruana tan concentrada en Lima, la costa y las grandes ciudades. Luego se debería promover la mejora de los programas sociales, mayor participación de empresas, instituciones y ciudadanos y apostar por una descentralización para el desarrollo regional y local, desde la periferia. Hasta ahora la descentralización ha sido llevada a cabo desde arriba, desde el centro.

En consecuencia, se abrirá una etapa a partir del 28 de julio, en la cual la necesidad de gobernar para todo el país de la nueva presidenta y la necesidad de cambiar la imagen autoritaria heredada de su padre -bien cultivada desde el 2016- podría generar un ambiente de diálogo y, ojalá, de buscar establecer políticas cuyos objetivos sean: promover el desarrollo de las regiones y localidades olvidadas, la desconcentración económica fuera de Lima en sectores promotores de empleo y de mayor valor agregado, la inclusión mínima de las zonas rurales en los mercados de bienes y de trabajo. Es decir, promover políticas que tengan como objetivo de fondo el bien común de todos los peruanos. ¿Será posible esperar esto del gobierno de Keiko Fujimori? Estamos a la expectativa.