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15/05/26: EL POPULISMO Y EL CAVIARISMO EN EL PERÚ

 

EL POPULISMO Y EL CAVIARISMO EN EL PERÚ

Efraín Gonzales de Olarte

 Hay dos fantasmas que recorren la política peruana: el populismo y el “caviarismo”. Son dos conceptos polisémicos, es decir vagos, laxos, son comodines para aplicarse en distintas circunstancias para justificar, inhabilitar, condenar cuando no se tienen argumentos sólidos ya sea conceptuales o ideológicos. Oscurecen los diálogos y generan una total opacidad de los argumentos, lo que es un signo del subdesarrollo político, doctrinario e ideológico que aqueja la política peruana y que no nos permite dialogar sobre temas concretos y necesarios y han convertido la política en un juego de siempre suma negativa, pocos ganan y la mayoría pierde.

Para el historiador francés Pierre Rosavallon el populismo no es una ideología sino un estilo político, una retórica de gobierno, caracterizada por tres rasgos: es anti-élites económicas, mediáticas, intelectuales consideradas corruptas y desconectadas; construye un pueblo de los buenos de los auténticos y es encabezado por un líder salvador, providencial que encarna la voluntad popular, sin intermediarios (partidos, sindicatos, etc.).

El populismo responde a tres déficits democráticos y prospera cuando hay: a. Un déficit de representación de parte de los políticos, el populismo ofrece una representación directa y emocional. b. Déficit de gobernanza, los ciudadanos sienten que las decisiones se toman lejos de ellos, el populismo promete soluciones simples y soberanía absoluta. c. Déficit de integración social debido a la fragmentación y la sensación de abandono, el populismo ofrece un “nosotros” una comunidad unificada.

Es obvio que varios países de América Latina, entre ellos el Perú, tienen estas características y son campo fértil para propuestas populistas. En realidad, el populismo no destruye la democracia desde fuera, es una forma corrupta e hiperbólica de democracia, por eso es tan difícil combatirlo y tan fácil de implementarlo.

La respuesta al populismo obviamente, no es más tecnocracia ni más democracia directa plebiscitaria, es necesario reconstruir los contra-poderes, fortalecer los cuerpos intermedios (sindicatos, partidos, asociaciones) y refundar una democracia de la confianza y la imparcialidad. El problema de fondo es que la democracia liberal prometió libertad e igualdad, pero no supo erigir un lugar para los sentimientos de exclusión, abandono, humillación y desposesión, que alimentan el voto populista.

El famoso crecimiento peruano de la era neoliberal, de después de los años noventa del siglo pasado, no generó suficiente empleo, servicios públicos universales y adecuados, seguridad ciudadana. Generó desigualdades que se convierten en emociones de abandono y exclusión en el momento de votar y las propuestas populistas suenan una salvación.

El “caviarismo” tampoco es una ideología, es un estigma artificial que se aplica a quienes no se tragan los infundios de la extrema derecha y las simplezas de la extrema izquierda. Es un fantasma que se crea para ocultar las incapacidades de analizar y actuar de manera racional y razonable. Hasta cierto punto es una aversión a quienes saben un poco más, a quienes tienen principios mínimos éticos y capacidad de dialogar sin adjetivos y sin simplezas. Igual que en el caso del populismo, hay anticaviares de extrema izquierda y extrema derecha, lo que lleva a una polarización adjetiva que nos hace incapaz de llegar al diálogo y de ahí al acuerdo. O sea, nos condena a tener un país escindido con poca capacidad de integración social y, obviamente, un país incapaz de pensar en el largo plazo o en la promesa peruana de Jorge Basadre.

El problema es que de todas maneras tendremos populismo a partir del 28 de julio, debido a los déficits de representación (con 70% de electores que no son representados por los que pasan a la segunda vuelta), de gobernanza (con el desastroso congreso y ejecutivo, que gobiernan para ellos y de integración (con 70% de informales, la mayor parte localizados en las provincias más pobres). Lo que también sabemos es que, dada la polarización y fragmentación social y los escasos recursos del Estado, las políticas de corte populista no cambiarán mucho la situación actual. Es decir, si los precios internacionales de nuestras materias primas siguen altos, la economía seguirá divorciada de la política y seguiremos teniendo crecimiento económico de 3% al año. El populismo está para quedarse hasta que no haya un acuerdo nacional de gobernabilidad y desarrollo de largo plazo, entre las fuerzas políticas que pasaron la primera vuelta.

En cambio, el caviarismo seguirá siendo utilizado, en la mayor parte de veces como insulto y, crecientemente, como una solución a la crisis ética y cultural que tiene el Perú. Los denominados caviares, no tienen organización social ni política, actúan en función de los derechos humanos, de la equidad y para reducir la ignorancia de buena parte de los políticos que ingresaron a la política para medrar. El caviarismo funciona como un antibiótico frente a la podredumbre que se ha convertido la política en el Perú.

01/05/26: ¿La historia se repite? o dialogamos para cambiar la historia

¿La historia se repite? O dialogamos para cambiar la historia

Efraín Gonzales de Olarte

El resultado de las elecciones de 2026 se presenta como una repetición de las de 2021. Ningún candidato alcanza el 18% de la votación en primera vuelta, los finalistas tienen ideologías extremadamente opuestas, una candidata limeña y otro provinciano, una mujer y un hombre, es decir, pareciera que la historia se repitiera y que como se decían en la segunda vuelta del 2021: tenemos que elegir entre el cáncer y el sida. Creo que hay que cambiar esta visión sobre el voto.

Estos resultados nos interrogan: ¿por qué se repite una situación así? y ¿qué pasará con la gobernabilidad del Perú cuando tengamos un nuevo gobierno y un nuevo congreso? después de la segunda vuelta. Creo que es tiempo que hagamos algo distinto.

De un lado, no es sorprendente que los electores de Pedro Castillo -hoy en prisión- voten por quién lo representa, o más bien los representa. Es el voto de los que no llegaron al reparto de los frutos del crecimiento económico de los últimos veinte años, son provincianos y pobres. Para ellos, la única posibilidad que tienen de ser incluidos en las políticas públicas es tener un presidente “como ellos”: provinciano, cholo, informal y pobre.

En el otro lado, tenemos a la representante del neoliberalismo (limeña, blanca, formal y pudiente) y responsable que nuestra democracia haya entrado en proceso de declive desde el 2016, pero que cuenta con los votos de los que si se favorecieron por las políticas neoliberales y viven en Lima y otras ciudades.

Hay, sin embargo, algunas diferencias con 2021. 1. Ha aparecido un centro político (Jorge Nieto. Marisol Pérez Tello y Mesías Guevara), 2. De los 35 “partidos” que participaron en las elecciones sólo van a quedar uno 6 ó 7 con representación en el Congreso, lo que puede ayudar a la gobernabilidad. 3. Ningún partido tendría una mayoría absoluta en el senado, lo que obliga a alianzas para llegar a acuerdos. En consecuencia, el panorama es un poco distinto al 2021 y da cierta esperanza de que podamos salir de la crisis política actual.

Sin embargo, el mayor escollo es la casi imposibilidad de diálogo y, eventualmente, acuerdos entre los dos candidatos que llegarán a la segunda vuelta. Entre el voto antifujimorista y el voto anticomunista, se abre un resultado incierto que podría tener tres escenarios. 1. Gana la candidata de la derecha y, es muy probable, que su gobierno se parezca al actual, dado que desde 2016 ha influido en las principales decisiones del congreso. Aunque podría haber alguna mejora si logra negociar con la oposición para tomar algunas decisiones o aprobar algunas leyes. 2. Gana el candidato de la izquierda, y trata de aplicar su plan de gobierno con grandes similitudes a los sempiternos planes de la izquierda. Sin embargo, estaría obligado a buscar apoyo de la oposición de derecha para lograr llevar a cabo algunas de sus propuestas. 3. Que antes de la segunda vuelta se llegue a un diálogo que conduzca a un acuerdo de gobernabilidad, gane quien gane. Si esto sucediera, el Perú estaría entrando en otro paradigma político y, probablemente, se comenzaría a resolver la crisis política y la polarización social existente.

Para que el tercer escenario sea posible, se requieren de algunas condiciones. Por un lado, cambiar la cultura del antivoto y presionar a cada candidato para que dialogue con el otro. El o los debates que se den antes de la segunda vuelta, deberían tener como parte de la agenda, en qué temas se podrían poner de acuerdo si llegan al gobierno: mantener los equilibrios macroeconómicos, lucha contra la delincuencia y mayor seguridad ciudadana, mejora de la educación y la salud, mayor atención a las regiones olvidades y sus habitantes. Prometer el apoyo a estas políticas tanto en la cámara de diputados como en el senado. Por otro lado, los partidos que tienen representación congresal, deberían promover reuniones con todos los partidos que pasaron la valla electoral, antes de la segunda vuelta, para tratar de, a través del diálogo, llegar a un “acuerdo de gobernabilidad y de paz”. Si se llega a este acuerdo todo se haría más fácil, no sólo la gobernabilidad del Perú en los próximos cinco años para cualquiera que asuma la presidencia de la república, pero sobre todo le daría tranquilidad y esperanza a todos los peruanos, incluyendo al sector empresarial.

Esta es una nueva oportunidad de darle viabilidad al Perú, a la tambaleante democracia y una gobernabilidad incluyente, pero hay que cambiar el chip de la polarización ideológica y social y empoderar el diálogo entre peruanos, sean estos derechistas e izquierdistas, limeños o provincianos construir un Perú republicano con ciudadanos iguales. Tienen la palabra los candidatos y sus partidos.

1° mayo 2026