La fe y el abismo – The Exorcist (1973), versión restaurada

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Recuerdo la primera vez que vi The Exorcist, posiblemente el film de horror más relevante de los últimos 50 años, y es extraño que lo recuerde. No la entendí. Tenía apenas 13 años y, como la mayoría de los que la vieron a esa edad, yo estaba allí por el morbo. Era un sábado por la noche y era la casa de un amigo: 6 o 7 de nosotros cubiertos de frazadas, gritando frente a cada revelación de la pantalla, esperando con ansias la escena en cuestión, esa confrontación entre los sacerdotes católicos y el demonio que ha poseído a Regan McNeill. Tuvimos que esperar mucho tiempo para eso. La versión original de The Exorcist dura 2 horas y la escena del exorcismo dura menos de 10; aparece en el último cuarto del film, probando la paciencia de muchos en la audiencia. Francamente, y aunque no me arrepiento de hacerlo, ver The Exorcist a esa edad resulta un despropósito, al menos para las verdaderas pretensiones del film y la novela original. A los 13, es poco probable que uno note la intensa confrontación entre fe y razón, ciencia y religión, que mueve el corazón de la historia. Uno podría no prestar atención a la descorazonada martirización de dos sacerdotes que se enfrentan al mal sólo porque el mal ya ha tomado sus vidas. Puede que uno no se dé cuenta de que, en el fondo, The Exorcist es una película de horror más que nada porque se apropia de lo que tenemos dentro, y lo hace ver bastante terrorífico: nuestras angustias, la culpa, el inevitable descenso a la locura. Una madre que teme haber arruinado a su hija. Un hijo que ha despreciado a su madre. Sacerdotes que empiezan a perder la fe.

Ahora vuelvo a verla y todo es muy distinto. Claro que viene con truco: la versión disponible en streaming es la versión restaurada y con escenas añadidas, algunas incluidas por William Friedkin en homenaje al escritor y productor del film, William Peter Blatty. No soy especialmente fan de las “versiones extendidas”, dado que, en su gran mayoría no dicen nada nuevo (más allá de la codicia corporativa de la Warner). Pero, con un film así, que se había quedado en mi cabeza por tanto tiempo, quizás valía la pena. Según un análisis breve de Roger Ebert, existen cuatro aspectos a tener en cuenta en esta nueva versión. No le gustaron tres de ellas. En mi caso, como no recuerdo ver la versión original, esta me ha quedado como la versión definitiva. Y me gusta así. Comprendo que estoy evidentemente sesgado, pero creo que ser capaz de sugerir algunas razones convincentes para cada una de ellas.

Hay un detalle adicional a tener en cuenta. La película se llama The Exorcist, (“El exorcista”) no “El exorcismo” o “La posesión”. No es tanto un film sobre Regan McNeil y su descenso a los infiernos, sino un acto expiatorio para dos personajes que ya viven permanentemente su condena, los dos sacerdotes del film. Quizás esto pase desapercibido (y sea rechazado por el católico más devoto), pero, en el fondo, esta es una película profundamente religiosa. Un film que, como pantallazo en el horror, disecciona la naturaleza de la fe y el mal a partir del pensamiento cristiano, una suerte de revisionismo católico a la modernidad. Cuando todo falla, Dios es la respuesta. Parece un mensaje anticuado. Quizá lo sea. Pero Friedkin sabe filmarlo de tal manera en que no nos damos cuenta del sermón que nos está mandando. Igual no importaría tanto: la lección parece ser buena en sí misma.

La película consagra al catolicismo, pero no a cualquier vertiente católica. Este es un film sobre los torcidos caminos de la fe. El sacerdote protagonista está por perderla. Por lo poco que sabemos de él, ha seguido de cerca la opción preferencial por los pobres, rechazando una cómoda vida de psiquiatra privado en favor de la caridad sacerdotal y la vida comunitaria. El otro sacerdote, en sus últimos años de vida, recibe con tranquilidad, como llamado del destino, su misión, a pesar de los inmensos riesgos de exorcizar a Regan. La otra heroína del film, la madre de Regan, es todo lo contrario a una católica piadosa, pero es el personaje con más fe de todos. Esta constante alegoría a los valores católicos no parece gratuita, sobre todo en relación con las enseñanzas jesuitas: sin darse cuenta, el film aboga por un catolicismo militante, compasivo, académicamente riguroso, mucho más imperfecto y profano.

Este análisis nos ayudará a entender lo que sucede en las escenas añadidas. Muchas de ellas funcionan como una cruel mirada a la medicina y su sistema de conocimientos. Por momentos parece obvio. La cámara sigue a Regan y a su madre frente a las inspecciones de doctores y expertos. Todos imponen su visión médica sin poco espacio a reproches. Intentan racionalizar cada fenómeno, reducirlo a una deficiencia bioquímica o neurocognitiva. Se oponen tajantemente a la intervención de la psiquiatría. En tomas verdaderamente escalofriantes, se filma, en silencio y en primer plano, cada procedimiento: las agujas se introducen en su piel, se dispone su cuerpo en frías plataformas y escáneres, se filtra su cuerpo a partir de los rayos X. Pinchazos, cortes, intervenciones, pruebas, numeraciones. Irónicamente, la religión es la única solución a los problemas de Regan y su madre. Es la fuerza resistente ante el impulso modernizador de la ciencia. Por supuesto, este no es un film de propaganda, ni mucho menos: es más de crítica que de alabo. Pero la alegoría es impactante. Quizás haya un intento subversivo por volver a sacralizar lo cotidiano, o, en este caso, aquello sometido al régimen racional de la biomedicina. Quizás estamos leyendo de más, pero la inquietante puesta en escena de Friedkin dice lo opuesto.

Existe un completo desdén por las intervenciones médicas y el sesgo biomédico, mucho mejor explotado en esta versión del film que en la original. Para algunos puede pasar desapercibido, pero el sufrimiento de Regan parece dejarlo claro: allí también está el horror. Ahí un primer acierto con las nuevas escenas, y una prueba del inmenso poder del montaje en el cine: escenas sin mayor relevancia, que componen una simple transición narrativa, cobran significado a través de cuidadosas insinuaciones. La segunda escena extendida que cumple ese rol va después del exorcismo: una vez finalizada la tarea, ambos sacerdotes se reúnen a preguntarse (e intentar responder) lo que toda la audiencia se pregunta.

Parece forzado, dicen algunos. Pero no lo creo. De por sí la escena pasada es muy intensa. El director y sus actores rozan la perfección con la escena del exorcismo, una pesadilla catatónica que funciona por el estado de trance al que se someten los protagonistas, bañados por la luz azul de la cámara de Friedkin. La escena posterior, esta suerte de confesión espotnánea que Miller y Von Sidow se realizan mutuamente, me parece seminal en sus pretensiones. Es lo que esperamos que suceda, pero no de la manera en que lo esperamos. Friedkin los filma casi en primer plano. Será la última vez que hablarán con alguien que no sea un demonio. Es, en ese momento de agonía y genuina desesperación, en el enfrentamiento contra el mal, que se ve la verdadera fe. Es un momento trascendente. Ambos actores dejan entrever un tipo particular de intimidad vulnerable, muy genuino.

Eso me lleva a otra escena, el cierre. Afable, esperanzador. Dos personajes sin mucho que hacer en el film se reúnen y conversan. Es un diálogo simplón, dicen algunos, sin mucho motivo como cierre. Pero ese es el punto, ¿no? Hacer lo posible por seguir saliendo de lo más profundo, como parecen hacer Regan y su madre. Y es que no toda historia  de horror tiene que terminar en el abismo, ni siquiera un clásico. como este Bueno. Solo queda una escena nueva. Defiendo la escena de la araña justo por lo caricaturesco de su puesta en escena. The Exorcist no se toma demasiado en serio a sí misma, al menos, al narrar la posesión. La solemnidad de la escena del exorcismo contrasta a la perfección con la ridiculez de otras escenas de Regan poseída, y para el mejor efecto posible. Es que pues, si nos ponemos serios, dos horas de puro dramón y terror no sería sostenible. Hasta los demonios deben sonreír.

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Anselmi

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