Primero va la familia – The Descendants (2011)

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The Descendants es un filme sobre lo que no se dice. Ya sea por rencor, vergüenza o tabú, los secretos familiares carcomen las relaciones desde adentro y someten a los individuos a constantes dilemas personales.  En el film, la delgada línea entre el humor y la tragedia se explora con un ojo empático, muy humano y atento a los detalles. Escrita con ternura y filmada con tacto, deshilvana el duelo y sus componentes, manteniendo el perfecto balance entre risas y lágrimas, dolor y esperanza.

La trama de The Descendants, más allá de cualquier vinculación con la realidad, parece responder a cualquier soap opera de canales locales. ¿Puede un melodrama de manual resultar creíble para la audiencia? Parece que lo puede, si se hace mediante las decisiones correctas. En este caso, un primer acierto es que el protagonista, Matt King, sea un sujeto al que podamos querer, a pesar de sus múltiples falencias. No ha sido el padre más atento a pesar del cariño por sus hijas. No fue el mejor esposo. Se enfrenta a la tortuosa decisión sobre los terrenos de su familia: venderlos les daría millones, pero implicaría acabar con su legado. A través del rostro cordial y bondadoso de George Clooney, King transmite una parsimonia permanente, como si hiciera lo posible por no devolver el golpe. Pero en el fondo, parece que quiere hacerlo. Tiene sentido: luego de un trágico accidente, su esposa, Elizabeth, está en coma, y los doctores recomiendan desconectarla del soporte artificial. King debe darle la noticia a Alex, su rebelde hija adolescente, y a Scottie, hija menor, atravesando los primeros pasos de la pubertad. Aquí vuelve el soap: una dolorosa reveleación sobre el pasado de Elizabeth pone a King en una posición casi imposible de sortear, al menos, no solo.

Este es un drama en torno al luto y sus múltiples facetas. Por supuesto, muchas veces esas facetas resultan contradictorias entre sí. La muerte, como acto disruptivo e incontrolable, agresivamente cuestiona y desarma la fachada social que tanto nos esforzamos en construir. La muerte y las acciones a su alrededor toleran el descontrol, la desesperanza y el miedo. Permitimos que las personas se enfrasquen en emociones indeseables y que actúen motivados por ellas. El duelo en The Descendants se mantiene como un conflicto permanente. Para Matt King, el duelo implica ira, culpa e impotencia por partes iguales. El duelo es la ira frente a las revelaciones sobre Elizabeth, su affaire y el daño enorme a su relación. El duelo es culpa frente a lo sucedido: a lo largo del film, Matt se pregunta qué tuvo que suceder para perder a su mujer y para verla partir sabiendo que ella ya no le amaba. Y así, en el entrecruce entre la ira y la culpa, yace la impotencia: Matt tiene mucho por decir -mucho por saber- pero no tiene forma de decirlo. Elizabeth ya se ha ido. Incluso si volviera, ¿acaso podría armarse de valor y atreverse a recriminarle por su pasado?

La situación de Alex y Scottie parece ser similar. Alex, como la accidental confidente del affaire de su madre, trata de conciliar el odio hacia ella con la aceptación de su partida. A diferencia de Matt, Alex ha acarreado el resentimiento desde hace meses, incluso más, lo que hace que las emociones, una vez fijadas e impuestas, no sean fáciles de cambiar. Intenta ser madura con su hermana y un apoyo para su padre, pero, a ratos, parece seguir siendo frágil y confundida, incapaz de fingir una sonrisa o evitar la ira. La sólida interpretación de Shailene Woodley, que maneja el drama con sutileza y sin arriesgarse demasiado, es un contraste a la desidia del protagonista, explorando un tipo de duelo distinto. Scottie actúa como actuaría toda niña: entre la curiosidad y el rechazo. Curiosidad por la aparente crisis de su aparato familiar (lo que la lleva a invitar a una amiga a ver a su madre moribunda) y rechazo inmaduro frente a hechos que en la teoría no deberían sucederle. Por supuesto, el berrinche y la violencia aparecen prontamente, como incendios que King debe apagar rápidamente, pero sin dejar de lado una mirada comprensiva frente a sus hijas.

La dinámica familiar se enriquece con la subtrama de la venta de las tierras, astutamente elegida como punto de contraste al drama personal de King. El concepto de familia se trastoca y tergiversa, a tal punto de significar, para bien o mal, una transacción o un modelo de negocio. Todos los primos se reúnen exclusivamente para la venta de tierras. No parecen haberse visto en mucho tiempo. Payne filma a los King de forma impersonal y casi periférica: con suave música de fondo, vemos tomas breves de personas conversando unas con otras, casi como de rutina, como si no hubiese pasado el tiempo. Es, pues, un mensaje paradójico: aquello que parece ser ajeno a la armonía familiar (las disputas alrededor de un bien o la muerte de un ser querido) parecer ser lo que fuerza a la familia a permanecer unida y lo que permite nuevos espacios para reconocer y estrechar los vínculos, como sucede con todos los primos King.

Buena parte del drama en The Descendants depende de interacciones cotidianas antes que de enfrentamientos directos. Eso quiere decir que el progreso del drama depende de acciones sutiles, conflictos apenas perceptibles, disputas que solemos compartir en familia. Otra excelente película sobre el duelo, Manchester By The Sea (2016), ya exploraba esa tensión desde el humor y la rutina: “¡no quiero a mi padre en un congelador!”, decía el hijo del reciente fallecido Joe en el filme. Ese tipo de absurdos cotidianos, engrandecidos en el duelo, también son explorados  aquí. Los enfrentamientos se catalizan en miradas contrariadas, confrontaciones elaboradas con pocas palabras, silencios pensados con tiempo. También ayuda el humor. ¿Cómo tomar el extraño humor de Syd, amigo de Alex, al referirse a Elizabeth y su condición? ¿No tiene algo de cómica la sonrisa idiota de Mathew Lillard y la enmarañada pesquisa para saber de su relación con Elizabeth?

Alexander Payne es un cineasta que prefiere concentrarse en las personas, su vínculos emotivos y sus tribulaciones emocionales, sin importar qué tanto deba filmar para convencernos de ello. No es un estilo particularmente artesano con la imagen, a pesar de mantener ciertos detalles, sutiles y matizados, capaces de capturar su versión particular del cine. Veamos. La paleta de colores cálidos y la brillante cinematografía no solo ensalzan el paisaje hawaiano (forzando el contraste entre el dolor de los protagonistas y el paraíso en el que viven) si no que también nos muestra las emociones de los personajes de forma más vívida, al mimetizarse efectivamente con los colores filmados.

The Descendants cierra como un film necesario para entender el dolor: a través del espacio seguro de la ficción, la audiencia puede confrontar sus propias emociones en torno al duelo al relacionarse fácilmente con Matt King y su familia, comprendiendo, entonces, que la despedida no es un proceso lineal ni creciente, sino un enfrentamiento arduo y continuo, una batalla por preservar la entereza y aprender a dejar atrás a quien se ama.

Es un aprendizaje colectivo, pero también propio. Uno que agradecemos.

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Anselmi

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