¿Puedo ser yo misma? – Kiki, entregas a domicilio (1989)

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¿Por qué nos cuesta crecer? ¿Acaso nos asusta asumir una identidad permanente, construir una performance pública con la que esperamos ser reconocidos y poder auto-percibirnos de forma genuina, sin remordimientos? ¿Será qué no nos sentimos preparados para afrontar tal proceso y tememos un daño irreversible al hacerlo? Estas no son preguntas sencillas de hacer; tampoco es sencillo hallarles una respuesta tampoco . Para nuestra fortuna, en Kiki, servicio a domicilio, infravalorada película de Ghibli, damos con una historia capaz de condensar estas incertidumbres y darles algún tipo de valor.

Kiki es una bruja como cualquier otra: escoba y gato negro en compañía, recibe la mayoría de edad en el mundo mágico y se prepara para iniciar la vida adulta. Con un espíritu afable y optimista, empieza a frecuentar a los dueños de una pequeña pastelería en la gran ciudad y les agarra cariño. Decide distribuir sus paquetes por toda la ciudad y en retribución ellos la acogen en la panadería. A pesar de su pasión y buen humor, Kiki descubrirá que la vida adulta es mucho más compleja de lo que pensaba, con dificultades con los clientes, posibles castigos del mundo mágico y miedos propios.

Kiki es la historia de un rito de pasaje, filmado de forma mágicorrealista, pero genuina. Nuestra protagonista, a pesar de tener una vida asegurada y un destino claro, se sigue llenando de preguntas. Como bruja adolescente, debe abandonar la protección familiar y embarcarse en un año de independencia para probar que es meritoria de sus poderes. Es casi por accidente que Kiki aterriza la escoba en la panadería y decida usar sus poderes de la forma más loable posible, como también lo haría una niña. La tarea, para que la moraleja tiene sentido, no es nada fácil, sobre todo con la muy latente posibilidad de perder sus poderes en caso no sea responsable. Con una presión así, pensamos que Kiki, aún como niña, no podrá lidiar con lo que se le viene encima.

De plano, podemos decir que Kiki… no es demasiado exigente con la audiencia. Evita el dramatismo excesivo y la complejidad de los personajes. Presenta dilemas sencillos de reconocer, a tal punto que, si prestamos suficiente atención, podemos reconocernos en las peripecias de su protagonista. La propuesta de Ghibli, alrededor de los cien minutos, se presenta como una fábula sencilla de digerir, en la que la protagonista debe tomar las riendas de su vida y enfrentarse a un mundo inseguro y ajeno.

Naturalmente, Kiki está en un limbo casi permanente. Quiere ser adulta y vivir una vida por su cuenta, pero, mientras más se suceden los días, más se reconoce como niña. No parece haber salida sencilla para ella, al menos, no en el corto plazo. Si consigue madurar de una vez, dejará atrás la protección y ternura propias de la infancia. Si no crece, no podrá gozar de la libertad de ser adulta.

Como muchas otras protagonistas de Ghibli, Kiki es una mujer joven. Queremos pensar que no es una coincidencia ni un capricho argumental, sino un arquetipo clave en su cine.  Pocos caminos son tan contradictorios que el de una mujer adolescente. Forzadas a mantener cierta inocencia virginal y su feminidad, pero a la vez comprometidas con la vida adulta y la labor social, las adolescentes se encuentran madurando más rápido de lo que quisieran. De todas formas, el filme quiere romper el molde: Kiki parece tener opciones. Por más que su identidad parezca tener un origen determinista e inamovible -es una bruja, a fin de cuentas- ella puede decidir qué hacer con sus poderes y cómo dejar su huella en el mundo. Elegir cuesta, por supuesto. Implica hacer sacrificios.

Por eso en el filme importa la empatía. Pequeños actos de bondad, acciones cotidianas que definen la rutina de los protagonistas y les dan un motivo para salir adelante. Kiki se solidariza con los trabajadores de la panadería y decide ayudarles en su labor. A cambio, ellos le dan lecho y cariño. Los tantos clientes ven sus días mejorados con un bollo o un postre cualquiera. Un adolescente cualquiera, enamorado de Kiki, se esfuerza por sacarle una sonrisa. El gato de Kiki, dotado con sus propias habilidades, quiere verla feliz. La responsabilidad, entonces, parece ser llevadera siempre que es compartida.

Muchos de estos detalles no son explicitados en el filme, sino que se entienden desde el subtexto. Para nuestra suerte, un filme como este da pie a las analogías sin casi ninguna restricción. Hayao Miyazaki sabe que, a diferencia de un film tradicional, los límites conceptuales de la animación son mucho menos distinguibles para la audiencia, al menos dentro de la fantasía. Filma el día a día de Kiki con brillo y atención por los detalles; dibuja las escenas con libertad y frenesí, como el vuelo de su protagonista; imprime una paleta de colores concisa y efectiva, con el azul como hilo conductor de la historia, un azul melancólico que simboliza la transición de Kiki hacia su nueva vida. Nuevamente vemos reflejado el realismo mágico: circunstancias cotidianas -o algo por el estilo- filmadas de forma bella y con cierto encanto detrás. Aquí tampoco hay demasiado truco: mientras más bella la imagen, más memorable nos resulta y quizás, más incentivos tenemos de comprenderla y decodificarla. Y así, una imagen bella es más fácil de recordar y compartir con nuestros seres queridos y, por supuesto, Kiki… es una película hecha para tales propósitos. 

A veces el cine, incluso con sus limitaciones técnicas y conceptuales, es capaz de confortarnos frente a la adversidad y la incertidumbre de forma que nos inspira, aunque no nos duele. Ser testigos del florecimiento de Kiki, de sus temores y tribulaciones, nos sirve para confrontar nuestros propios males o, al menos, nos ayuda a comprenderlos un poco mejor. La universalidad del drama de Miyazaki, como es común en los filmes de Ghibli, permite que la historia de una pequeña bruja en Japón termine sirviendo como semblanza para todo aquel con un adolescente interior, todavía rebelde y temeroso, esperando una respuesta sincera. Para eso está Kiki

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Acerca del autor

Anselmi

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