Una promesa es para siempre – Las mejores intenciones (1992)

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Contiene spoilers

Ingmar Bergman elige la intimidad. Prefiere filmar historias a interiores, con esencia teatral, pero forzosamente cinematográficas; historias de habitaciones estrechas, puertas cerradas y espejos colgados en las paredes. Tiene sentido, entonces, que, al momento de contar su propia historia, prefiera hacerlo desde los espacios cerrados, limitados, los que fuerzan el drama, los que inspiran seguridad y a la vez incertidumbre. Bergman escribe, pero no filma. Le toma la posta Billie August, devoto del cine bergmaniano, como el único capaz de poder escribir la historia del cineasta. Decide producir una obra épica, ambiciosa en su duración, decorados y conflictos; una epopeya emocional que sigue a la joven pareja enfrentarse a dilemas propios y ajenos. No queda duda, entonces, que ver un film de este calibre es ser parte de una curiosa experiencia emocional y contradictoria; sutil y melodramática, cínica y devota; un proceso de transformación espiritual desde la pantalla. Ilumina.

La historia de los padres de Bergman está escrita desde la desgracia. Parte, como la gran mayoría de desgracias, desde un amor imposible. Es la historia de Henrik Bergman, joven y sagaz aspirante a pastor de la Iglesia de Suecia, quien, a pesar de haberle prometido fidelidad a una mujer, se enamora de otra. Y esa otra es Ana. Ana, sufrida muchacha sometida a la presión familiar. Mujer que, por amor, se ve forzada a madurar abruptamente, a aceptar un mundo que no conoce. Allí comienza su historia. Una historia que, por supuesto, no siempre es fácil de entender.

Es solo de a pocos que podemos entender, y asimilar, las ramificaciones emocionales que se generan desde la sola concepción del filme. Ingmar Bergman le debe este film a sus padres, fuente inusitada de inspiración por años de cine, como una forma de preservar vívidamente su memoria y ser fiel a cada detalle de la misma. En ese sentido, Bergman también se debe a sí mismo. Se enfrenta a una peculiar duda: ¿es justo contar la historia desde la intimidad, sin tapujos y con inmediata franqueza? Parte de él, comprometido con su cine y su memoria, podría estar a favor de contarlo todo, incluso lo que más duele. Parte de él, sin embargo, puede ser contraria a eso: ¿acaso le pertenece por completo la historia de sus padres? ¿Es legítimo que cuente el dolor, las mentiras y rechazo sin haberle expresado su consentimiento? Dicen que uno hereda los pecados de sus padres. En ese caso, Bergman puede hacer lo que mejor le plazca con ellos, buscar la expiación a través del cine. Pero sigue siendo difícil. Aquí también entra Billie August. Si el discípulo hace la historia del maestro, encontramos, de forma latente, una doble presión sobre el autor. Se trata, pues, del clásico dilema de cualquier cineasta: filmar una historia que no es suya. Solo que, esta vez, el dueño -parcial o completo, según cómo se mire- de tal historia parece un ser vigilante en cada parte de este proceso.

La clave es hacer una historia de silencios. Comenzar la historia con miradas estrechas, sobresaliendo de la represión, intentando acercarse, decir algo que las palabras no. La enorme mansión de Ana refleja eso: un espacio motivado por el ruido de personas caminando y nada más. Lo mismo con los primeros encuentros entre los futuros amantes: miradas que lo transmiten todo, un lenguaje activo de silencios, una necesidad de expresarse y a la vez contenerse, si tal cosa es posible. En esa contradicción viven ambos personajes. No parecen liberarse.

Henrik Bergman es un personaje canónico dentro de la obra de Ingmar Bergman. Un sacerdote que, dentro del tortuoso camino de aceptar la fe, se enfrenta a una enorme crisis personal, de proporciones desorbitantes, sin soluciones sencillas a la vista. Es una cruel ironía. ¿Si en esos pueblos decaídos y abandonados el único capaz de absolverle los pecados a los pobladores es el pastor, quien se encarga de los pecados de este último? Es imposible no pensar inmediatamente en la dolida y silente figura de Max von Sydow como el turbado pastor en Los comulgantes (1963). Mientras cada crisis en su vida personal amenaza su rol como defensor de la fe, más nos preocupamos por estar en la misma situación. A fin de cuentas, eso por lo que pasa Henrik son los mismos pesares que cualquiera en una posición similar. Parece complicado promulgar la fe cuando tu matrimonio, tu familia y tu identidad se vienen abajo.

Ana, por supuesto, va por la misma línea. Al inicio, se nos presenta como una muchacha que no sabe lo que quiere. Alguien en permanente tensión, permanente desequilibrio y dependencia. Tiene sentido que, por indulgencia, sus padres decidan prohibir su contacto con Henrik, temiendo que el recto pastor pueda ser en verdad un tipo turbado por las presiones de la fe. Sin embargo, con el correr del tiempo. Ana empieza a demostrar una inusitada madurez: el amor le fuerza a crecer y, sobre todo, a hacerse responsable. Parece ser responsable con sus propias decisiones. Responsable por Henrik. Y también por su futuro.

La segunda parte del filme, luego de las tensiones entre los personajes, tiene que ver con la familia. Con formar una familia y afianzarse a ella, a como dé lugar. Desde el primer momento, el matrimonio de los Bergman se salpica de conflictos, silentes o activos, que fuerzan a que los personajes se lo cuestionen todo. Para esta parte, tanto Henrik como Ana han madurado, han formado una identidad: ya saben lo que quieren, lo que necesitan en su vida. Y muchas veces, eso implica digresión, controversia. Nuevamente, digresión contenida: momentos de silencio, en los grandiosos decorados; luego, planos secuencia junto al reproche, a la explosión en ambos personajes. ¿Ha valido la pena todo? ¿Valió la pena herir a tantas personas, romper relaciones de forma irreconciliable, ceder al conflicto y llevar tanta culpa consigo? Vemos que esta relación tiene mucho por delante: muchos detalles, muchas renuncias, mucha mentira que aguarda al caos.

La clave del dilema es que es universal. ¿Cómo no sentirse identificado con la frustrada historia de amor entre Henrik y Ana, que comienza desde la culpa y avanza hacia la desesperanza? Los detalles del conflicto, según hilados por August y Bergman, parecen no ser lejanos a cualquiera. Pensemos en la constante discusión que los personajes elaboran sobre la vida futura, el rol de la divinidad en sus acciones y el castigo eterno. ¿Cómo poder desprenderse de algo así?

August y Bergman esperan con cuidado al momento perfecto, a la fijación de la audiencia, para ir lanzando cada nueva revelación. En contraposición a su maestro, August se permite aún más melodrama: música estridente, situaciones de amor y desamor más propia de la telenovela que del cine arte, momentos sorprendentes por la compasión con la que son filmados. Lo agradecemos. Encontramos cierto valor en la honestidad de la interpretación y de las convicciones que resalta. Es un fenómeno extraño, pero poderoso. Nos convencemos de lo relevante en la pantalla.

Le damos la oportunidad a una película tan compleja como esta, con tanto por ver, tanto por entender. Duele. Sana. Las dudas espirituales, las crisis de identidad, los enfrentamientos de amor, todo vale la pena. Henrik y Ana se dan una chance. También la audiencia.

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Acerca del autor

Anselmi

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