Será que me quedo para siempre – El cuento de la Princesa Kaguya (2014)

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El cuento de la princesa Kaguya es una historia sobre crecer, con todo lo que ello implica. En el centro tenemos a una princesa que no quiere serlo, una mujer frágil y joven que hace lo que puede para entender al mundo. Somos testigos de su sufrimiento, de su amor, de los pequeños momentos de felicidad en compañía de su familia y sus amistades. Si el estudio Ghibli se dispone a retratar la vida misma, parece hacerlo sin tapujos, con esos detalles que nos gusta evitar. Y, aun así, se da tiempo para añadir algo de magia: tradiciones milenarias que se entrecruzan con elementos supernaturales, una historia de época que mantiene sus dilemas para audiencias modernas, como si replicar un cuento mitológico japonés aun pudiese resultar de valor.

Kaguya no es alguien cualquiera. Una princesa que, por azares del destino, es llevada a la Tierra. A pesar de todo, una familia de campesinos, sin importar su pobreza, deciden acogerla. Siendo solo una niña, a Kaguya le cuesta adaptarse a ese nuevo mundo. A pesar formar lazos estrechos con el resto del pueblo, su presencia aún genera disputa. Se debate entre una vida sencilla en el campo y una vida llena de lujos. Pasan los años, y el crecimiento sigue implicando dolor. Kaguya se deprime fácilmente frente a las expectativas del resto, se retrae frente al amenazador deseo de hombres que la desean, parece seguir con la duda. De a pocos, acepta la realidad. Ella es una princesa de más allá, que, por más que lo intente, jamás pertenecerá a la Tierra.

El cuento… está decidido a romper esquemas. Incluso dentro de la producción Ghibli, el filme de Isao Takahata busca retomar a los intereses primarios. Contar un cuento milenario, arraigado a la tradición japonesa, implica contarlo desde una forma original, convincente. Quizá esa sea la razón por la que prefiere animación tradicional, pintada a mano, de trazos suaves, estrechos, bastante delicados. Prefiere contar la historia como pequeños grabados de colores vívidos, muy puros. Sentimos la belleza con cada trazo. Un aire de naturalidad, espontaneidad, frente a las imágenes sutiles, sin demasiado color o detalle, lo cual, por supuesto, dota de mayor humanidad al film.

Habíamos dicho que todo versaba sobre crecer. Vemos a Kaguya a través de distintas etapas, todas conflictivas, todas implicando un riesgo. Cuando niña, igual que muchas niñas, parece no hallar su lugar en el mundo. De a poco, vemos cómo se fortalecen sus lazos y cómo parece adaptarse a su vida en el campo. Consigue alguien que la entiende. Sutemaru, agradable campesino. Parece haber confianza. Pero los desvaríos de su vida parecen arrebatarles esos momentos de felicidad.

Entremos al punto social: dilemas de clases, dilemas de amor. Justo cuando Kaguya encuentra su lugar en el campo, es forzada a vivir en el palacio. La vemos estilizada, manipulada, forzada a encarnar algo que no es. Las presiones de la corte parecen dominarla. Para dos campesinos sin recursos como sus padres, la vida de la corte naturalmente embelesa y encanta. A pesar de seguir protegiendo a su hija con amor, no parecen entender lo artificial que se siente ese ambiente para ella. Por si fuese poco, comienza el dilema de amor. Parece natural que el emperador desee tan ardidamente a Kaguya: es de belleza natural, melancólica y solitaria; es alguien difícil de obtener. Nuevamente, Kaguya se enfrenta a la indecisión. Desespera y, a duras penas, ruega por una salida. Aquí, otra dura lección contra el determinismo: a veces, el destino que uno quiere viene con un precio, uno que, además de no poder controlarlo, tampoco se puede pagar del todo. Kaguya y sus rezos atraen a los dioses de la luna, quienes deciden que la condena en la tierra ha sido suficiente.

Los últimos minutos de El cuento… están hechos de pura melancolía. A la princesa se le notifica, de forma misteriosa, que debe regresar a la luna. Al hacerlo, perderá la memoria de la tierra para siempre. Tal noticia parece desatar la crisis entre sus personajes. Kaguya quiere hacer lo posible por rehuirle a su destino, con todo lo que ello implica. Encontramos, entonces, un amplio margen de conflicto. Los padres de Kaguya son los primeros en enfrentarse al dilema. ¿Deben aceptar el destino de la princesa y dejar a una hija que no es suya? ¿Deben luchar por ella? Los amigos de Kaguya, especialmente Sutemaru, tienen que aceptar un designio divino, con toda la carga adicional: ¿por qué los dioses le arrojarían un pesar tan grande? La propia Kaguya no sabe bien cómo sentirse. Parece tener un deber superior, algo que define su vida, pero quiere rehuirle. Ella es feliz con lo poco. No tiene por qué perderlo. No debería.

Aquí encontramos, de forma sutil, un dilema determinista, una crisis de creencias. ¿Por qué lo divino debería generarnos dolor? ¿Podemos hacerle frente a lo que digan los cielos? ¿Acaso somos verdaderamente libres? Dudas que perduran. Son dolorosas de absolver, al parecer. AL final, Kaguya parece ser más feliz en la tierra, a pesar del dolor, de la imperfección, de algunos atisbos de crueldad. El amor, sincero y profundo, parece vale más la pena.

Es imposible que, al ver las dolorosas despedidas que hace Kaguya, no nos invadan las lágrimas. Uno a uno, Kaguya se acerca a la gente en la tierra y se despide, cada uno con una despedida distinta, igual de valiosa, igual de tierna. El efecto en todas, sin duda, es descorazonador. Sutemaru decide escapar con ella, dispuesto a abandonar a su familia, pero todo parece ser un simple sueño. El padre trata de elevar una fortaleza para combatir a los dioses. La madre, resignada, se aferra a su hija, se aferra en llanto, esperando que sirva de algo. Al final, nadie puede ser indiferente a su destino. Kaguya regresa a ser diosa y deja a su familia loca de dolor.

La lección del veterano Takahata es dura, pero necesaria. Nada que objetar. La belleza, al parecer, puede hallarse incluso sin un final feliz.

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Acerca del autor

Anselmi

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