Inquietante inmensidad del cosmos – Ad Astra (2019)

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Contiene spoilers

Ad Astra es, en términos sencillos, la historia de un hombre y el espacio. Se nos presenta como un ejercicio detallado de yuxtaposición y contraste: la enormidad del cosmos frente a la miniatura de la humanidad; el caos masivo presente dentro del orden del Universo; y el caos personal escondido en el silencio. Finalmente, la salvación del futuro por medio del pasado. De todas formas, la idea es la misma: contraponer, cuestionar, incomodar. James Gray se dispuso a elaborar la historia de ciencia ficción más realista que se ha llevado a la pantalla; bien, no sabemos si consiguió su acometido, pero podemos decir, y con tranquilidad, que, independientemente de su “realismo”, Ad Astra sobresale por la honestidad de lo que filma y, en esos términos, pocos filmes sci-fi se le comparan. Evita tabúes y restricciones, profundizando en temas de discusión que, por lo general, resultan demasiado difíciles de abordar. Aquí se entrecruzan el sufrimiento, la nostalgia, el abandono, la desesperanza y la angustia.

Nada más humano que eso. 

Si Ad Astra, es sobre hombre y espacio, por hombre tenemos a Roy, astronauta y militar que, por años, ha demostrado una capacidad envidiable de autocontrol y sumisión de emociones. Su pulso nunca aumenta de 80. La calma se le queda pegada al rostro. La frialdad con la que se enfrenta a un conflicto amenazante tras otro es envidia del resto. El asunto está, sin embargo, en lo invisible desde la superficie. Roy, en realidad, mantiene una herida abierta que, negaciones aparte, todavía parece perseguirlo: se trata de su padre, Clifford, astronauta y científico reputado, que desapareció en una misión a Saturno, misión diseñada para comprobar si existía o no la vida más allá de la Tierra. He ahí la relación entre Roy y el espacio, espacio que, para el contexto del film, es símil de decadencia y desesperación. El espacio parece haberse puesto en contra del hombre -por primera vez en su historia- produciendo una ola de destrucción y hecatombe que los científicos no pueden explicar. Entonces, Roy, estoico y decidido, como recurso desesperado, deberá embarcarse en una misión para contactar a su padre y ver si él puede dar una respuesta ante los horrores sucedidos.

No nos encontramos con un film sencillo. El estilo de Gray es contemplativo, alegórico, de pasajes silenciosos, diálogos complejos, imágenes sobrecogedoras pero atosigantes. A medio camino entre el cine de Tarkovsky y el High Life (2017) de Claire Dennis, Ad Astra echa mano a la regla número uno de la ciencia ficción existencialista: cuestionar antes que responder, explorar antes que aclarar, maravillar antes que narrar con linealidad. Gray asume su película como una tortuosa odisea por la psique de su protagonista y, por tanto, va adaptando su estilo -las tomas, la paleta de colores, los diálogos y los personajes- conforme la etapa del viaje del héroe. De alguna manera, se diseña el film en torno a numerosas pruebas de riesgo, como “ritos de pasaje” que debe enfrentar el protagonista y que, de alguna manera, apelan a alguna parte de él.

Cuando Roy y su tripulación están surcando la superficie de la luna, lo hacen junto a la impresionante imagen de la Tierra sobre ellos. “La Tierra sigue siendo hermosa”, afirman. Tal hipótesis, sin embargo, no es del agrado de Roy, mucho más escéptico y ceñido en lo suyo. Pocos minutos después, la tripulación es atacada por piratas lunares, personas sedientas de recursos que no tienen. ¿Qué es eso, sino una demostración de lo contradictorio de nuestra especie? A fin de cuentas, el planeta está en crisis: algunos se solidarizan y buscan desesperadamente la solución; otros, justamente desesperados, muerden la carroña. Más adelante, la tripulación camino a Marte se enfrenta a extraños sucesos que, más que aportar una bienvenida tensión al film, mantienen la intención de resquebrajar, de a pocos, al personaje principal. Superado eso, lo que es mucho, comienza el montaje en Marte. Aquí estamos, sin dudas, frente a los momentos más complicados en la vida de Roy. Más allá de las amenazas, lo que parece quebrar a nuestro héroe es la figura del padre, el abandono que le ha dejado desconsolado, el enfrentarse a un primer contacto con lo desconocido.

Todo depende, entonces, de la construcción del personaje principal. Gray prefiere los primeros planos al rostro de Brad Pitt, su mirada seria y desatendida, la forma en que intenta negar a la ansiedad y al hastío. Complementa la introspección con monólogos interiores, cuidadosamente seleccionados, que afirman lo que las imágenes no. La voz rasposa y armoniosa de Pitt, contrapuesta a esos planos generales que resaltan la enormidad del cosmos, nos debilitan. Vemos a Pitt sobrellevando la pena, haciéndolo frente a su propia masculinidad rota, a tener que vivir sin padre y sin identidad. Hay una tristeza endurecida y sutil en su mirada, una que, de alguna forma, parece haberla llevada desde siempre. En el fondo, la cuestión con Roy parece ser bastante simple: ha preferido desconectarse de sus emociones para ahorrarse el dolor. Conforme se acerca a su padre, sin embargo, esa coraza se rompe.

Todo ello aparece insospechadamente, de forma sugestiva, extraña. Finalmente, lo que consigue Ad Astra es ponernos en un estado de trance. La peculiar conjunción de colores, la extraordinaria partitura de Max Ritcher y otras colaboraciones, la tensión permanente entre el sujeto y un espacio que les ajeno, todo eso cuenta. Nos sentimos apabullados frente a lo que vemos. Como ya lo han hecho otros filmes, la clave de la ciencia ficción está en eclipsar al espectador, someterlo al caos trepidante de la pantalla, generar una experiencia inmersiva, desesperada. La belleza del film no es una belleza gratuita, sino una forma de entender la enormidad de lo desconocido y la estética resultante de ese proceso. Estamos, pues, ante una odisea personal que, en el fondo, puede representarnos.

Al final, Roy se ve forzado a enfrentar a sus demonios. Por una vez, se quiebra. A pesar de haberlo perdido casi todo, decide arriesgarse y asumir una misión en solitario, siguiéndole la pisa a Clifford. Ello aumenta nuestra incertidumbre. ¿Acaso Roy hace esto en un último acto de resiliencia y valentía, comprometido con su historia personal y salvar a la tierra? ¿O se trata, más bien, de un acto de liberación individual, un acto desesperado para acabar con su dolor? No lo sabemos. De alguna manera, los actos impulsivos de Roy y sus distintas interpretaciones son, una vez más, una alegoría del ser humano, quizás, de su naturaleza. ¿Somos seres valientes y moralmente comprometidos, o seres desconsolados en busca de redención? Quizás seamos ambos. Quizás Roy también lo sea.

Nos enfrentamos, entonces, a momentos de horror. James Gray es alguien que explota todo género. Ya había explotado el cine histórico o el de aventuras, pero, al sobreponer la ciencia ficción, decide conjugarla con horror, melodrama, misterio y, sobre todo, tragedia. Como en una tragedia clásica, Roy sortea toda clase de amenazas en su odisea, solo para enfrentarse en el clímax, solo y desesperado, a un destino inevitable. Roy y Clifford. Por una vez, padre e hijos, reunidos en el espacio. Aun duele. Si bien la distancia física se ha reducido -miles de años luz, ni menos- eso no los hace más próximos. La mirada descolocada de Clifford lo comprueba.

Existe algo sobrecogedor en el final de Ad Astra. La cuestión es bastante simple: por más decidido que esté Clifford, la evidencia parece demostrar que la vida fuera de la Tierra es inexistente. Que dolorosa revelación, tener que admitir que estamos solos en el universo. Para Clifford, por supuesto, es descorazonador: implica confrontar su humanidad, lo finito de esta, el sacrificio enorme que eligió hacer -dejar a su planeta y a su familia atrás-, todo, sin consuelo alguno. Clifford no encuentra consuelo. Sabe que, al final, el tiempo se encargará de acabar con su anhelo. El mundo para él carece de sentido. Entonces, tiene que abandonarlo. “Tienes que dejarme ir”, dice Clifford, sobrepuesto al espacio, lanzado a la deriva en el cosmos, dispuesto a rendirse.

Desolación. Para Roy, sin embargo, tal comprobación sugiere una oportunidad. Todo el filme ha buscado mostrarnos al personaje desde su posición más contradictoria, mostrarlo en un estado de incertidumbre, sin guía, con una humanidad fragmentada. Ya no más. Roy, al parecer, consigue aceptar su mortalidad, su soledad y darse cuenta de que, en el fondo, no existe nada más bello que lo humano, porque, de todos modos, nada se le equipara. Si la única vida inteligente es la humana, entonces el valor de una conversación, del tacto de a dos o de amar a otro resulta inequiparable.

Curioso: durante el film, Roy ha querido abandonar su fragilidad, ha querido rechazar esa vulnerabilidad que, en el fondo, nos hace lo que somos. Darse cuenta de que el universo es una caja de resonancia para sus propios anhelos y pensamientos, que el infinito es vacío e inútil, le hace reconsiderar la vida -mundana y conflictiva- que tiene en el planeta. Le da vigor necesario. La esperanza. Impulsa.

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Anselmi

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