Quédate conmigo – Aur revoir les enfants (1988)

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Pocas cosas son tan complicadas como la infancia. La infancia es, sin dudas, el símbolo de la curiosidad, el ensayo y error, el tortuoso proceso de autodescubrimiento y enfrentamiento con los otros. Para Louis Malle, la infancia responde a una memoria fragmentada, como si fuese demasiado difícil recordar, como si fuese preferible suprimir el recuerdo antes que preservarlo. Malle, sin embargo, no elige ese camino. Prefiere enfocarse en preservar su historia, en evocar esos momentos cercanos con aquellos que valen la pena, en seguir con el juego de niños. Elige el cine, instrumento que preserva la imagen para siempre, que le aporta vitalidad al recuerdo, y emite su propia remembranza sobre los años más duros, ceñidos en conflicto. A pesar de lo desgarrador de su relato, prende la cámara y comienza a narrar.

Au revoir les enfants no es una película bélica, ni trata de hablar sobre la guerra. Prefiere centrarse lo que sucede desde interiores, desde espacios protegidos por muros. Es la historia de Julien, niño estrella, talentoso y querido por sus compañeros, que, al parecer, tiene problemas más graves que la ocupación de su país. Para Julien el tema está en crecer: adaptarse al mundo de los adultos, desapegarse de su afecto materno, probar su hombría en diferentes pruebas sociales establecidas por el resto de sus compañeros. Malle, entonces, contrapone su contexto con el del chico nuevo, Jean Bonnet, quien, taciturno y reservado, ha decidido unirse a la estricta escuela sin revelar el secreto más insoportable que cualquiera en esa triste Francia podría escuchar. Irónicamente, los problemas de un refugiado clandestino parecen estar en segundo plano. Aquí importa crecer, madurar, descubrirse. Importan los lazos que se mantienen. De a pocos, Julien y Jean, al inicio recelosos uno del otro, se conocen, sin saber qué, día a día, la situación de Francia y de su bando se agudizan de forma considerable. No es que no les importe: el sistema no se los permite. Los sacerdotes imponen un estricto horario con aún más estrictas reglas. Los compañeros bromean permanentemente para zafarse de estas. Por más que quieran, Julien y Jean tienen otras prioridades. Parte es confiar, conocerse.

Para Louis Malle, la infancia debe ser filmada sin tapujos: dejar el recuerdo al vacío, sin pulir. Por ello, prefiere un film plano y monocromo: un film de transiciones simples y escenas largas, de silencios constantes y rutina. La cámara de mueve con recelo, pocas veces enfoca al rostro directo del protagonista y la música es prácticamente inexistente. El efecto se mide de a pocos. Por un lado, tal minimalista estética consigue dotar al film de una esencia de realidad, una especie de frescura al recuerdo: nos entrometemos en la vida de estos muchachos, compartimos sus dilemas, los hacemos nuestros. Por otro lado, al parecer, evita distracciones: para Malle, solo importa la relación entre Julien y Jean y ese lazo extraño, necesario y, en contexto de invasión, bastante frágil. Finalmente, y es algo que recién entendemos para el clímax, un film silente y de ecos propicia la tensión. Conforme avanza la historia, nos vamos sometiendo a ese ambiente inquietante. Las expectativas aumentan.

La clave de los personajes -y de su éxito-, es que son creíbles y, más que creíbles, son entrañables. Nos gusta ver a Julien porque es fácil de empatizar. Al parecer, no está preparado para ser un hombre, de un adulto. Ahora bien, ¿quién sí lo está? La mirada confundida de Julien, su vergüenza frente a sus completos, la nostalgia que vemos en su rostro; todo ello, es parte de crecer y parte de una identidad cualquiera. Por otra parte, Jean, sabiéndose “el otro”, asume una permanente tristeza, una duda inmutable que parece justificarse en el sufriendo permanente por su condición de acogido. Nuevamente, la cuestión está en el rostro. No sabemos si son las expresiones innatas de ambos actores, o si es la dirección de Malle. No importa tanto. Sea la directora de casting o el camarógrafo, la historia es la misma: son personajes que parecen honestos. Cuando Jean se aleja del resto de sus compañeros en el receso, asume un mecanismo de defensa. Lo reconocemos. Nos importa.

Con protagonistas así, solo queda aferrarse al tacto. Ya lo decíamos antes: el film de Malle se destaca por narrar cuidadosamente el camino de dos muchachos solitarios que, de alguna forma, se necesitan. Ambos están confundidos, avergonzados, ambos habitan en silencios. Su amistad es, pues, una forma natural de agruparse frente a la incertidumbre. De hecho, parece como si el filme estuviese como una mera excusa para mostrarnos ello y hacerlo a detalle. Hay, pues, algo de mágico en aquellos momentos delicadamente seleccionados, momentos en los que entendemos que, incluso en tiempos de guerra, se mantienen el compañerismo y la compinchería.

Julien, al inicio, parece receloso de Jean, demasiado silencioso e inteligente, como una amenaza latente. Sin embargo, cuando lo escucha, cuando piensa en su situación -débilmente explicada en una cena con la familia de Julien-, se da cuenta de que, en verdad, Jean está igual de perdido que él. En una escena, vemos la confidencia entre ambos niños por la noche, en el intrincado servicio de intercambio, compra y venta, y contrabando que se da entre los estudiantes. De alguna forma, el colegio es una alegoría de la explotación y represión del sistema nazista y los niños, de alguna forma, representan a la resistencia. Los vemos haciendo tratos con el conserje, poniendo precios y consiguiendo revistas con facilidad. Es en ese contexto, uno de secretos y claves, que los niños encuentran un refuerzo, que se ven forzados a acercarse. Funciona.

Aun así, la principal razón por la que Julien y Jean se acercan uno al otro, -y de por qué el film gusta mucho- es por la incomprensión. Ya lo habíamos dicho antes. Julien no se siente comprendido entre los suyos. Jean no tiene a quien llorarle sus penas. Naturalmente, uno se acerca a otro. Envidiamos esa relación que, a su forma, resulta necesaria. Malle la filma sin tapujos, sin ninguna escena especial que rememore estos sentimientos. Para el cineasta, se trata de un proceso espontáneo, y debe verse como natural. Queda en la audiencia ver en qué momento se forja la amistad. Es una buena prueba. Es creíble.

Malle sabe lo que hace. Hila una historia certera y adorable, solo para quebrarla. Los últimos veinticinco minutos de Au revoir les enfants son de lo mejor que ha hecho el cine moderno, pero eso no los hace más fáciles de ver. La resistencia cae cuando un rumor despierta el enjambre nazista dentro del colegio. Lo que sigue es tensión permanente, caos, dentro de la normalidad. Silencios. Cortes rápidos. Caminos intrincados por pasadizos varios, secretos que se rompen, promesas que se hacen. El espectador se queda pegado a la pantalla, siente temor, está azuzado por imágenes sencillas, pero sugestivas. Los últimos diez minutos pueden con uno. Malle es honesto, trae una verdad lastimosa, incauta, pero necesaria. Una verdad urgente.

Ahora entendemos por qué esa cámara punzante, ese tono inquieto, esa dote de melancolía constante que se siente al ver el film. Cuando uno lo abandona, la historia permanece. Nos despedimos de los niños, pero su valía, afecto u confianza, aumentan. Acaparan.

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Anselmi

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