Querer verte sonreír – Toni Erdmann (2016)

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Toni Erdmann: personaje monstruoso, salido de un sketch de la Monty Python, particularmente inoportuno. Es, también, responsable de una historia muy humana, una historia de familia, o de lo que queda de la familia en tiempos extraños como estos. Es, a su vez, generador de una tremenda crítica social necesaria y veraz. Con una definición así de contemporánea, el film de Maren Ade se trasluce por su excesos y tentaciones rítmicas, dejando una icónica experiencia fílmica que se alimenta de los grandes miedos en la época milennial. Gracias a su sinfín de gags y al groso número de ocurrencias, estamos ante una mordaz sátira sobre la era actual, una deliciosa interpretación del vacío por el que nos desarrollamos. Es, pues, una excusa para pararle a la rutina, para sentirnos cómodos, para hallar alivio. Vaya. Así, quien no querría un Toni Erdmann.

Comenzamos con Alemania en tiempos actuales. Una sociedad industrializada, poderosa y marcada por un muy afilado capitalismo. De ese contexto previene Ines Conradi, decidida empresaria de una transnacional. A pesar de todo, de la rígida rutina que se ha impuesto y de la necesidad de mantenerlo todo en orden, Inés una mujer compleja y, de alguna manera, incómoda con su vida. Se le nota. En esas circunstancias, y en medio de la negociación por un sabroso contrato, Ines recibe la inesperada visita de su padre, Wilfred, quien es, en pocas palabras, un sujeto peculiar. Wilfred es conocido, particularmente, por sus bromas pesadas. Preocupado por la estresante rutina de su hija, decide crear un alter ego, el extraño, grotesco y encantador Toni Erdmann, para alegrarle los días y, de alguna forma, darle una lección.

Toni Erdmann parte de un necesario impulso urbano. Funciona a modo de desahogo, de escape, a modo de reacción directa a la sociedad que nosotros mismos hemos construido. Estamos en un mundillo complejo, a veces muy difícil, en el que cuesta mucho sobresalir. Y eso, por supuesto, nos vuelve seres viles y primitivos: seres como Inés, incapaz de mantener una relación estable con su padre y necesitada de verle como un obstáculo más en la carrera por el éxito, antes que un apoyo. Su visita —y, por ende, la película— no funcionan necesariamente a modo de sermón, sino de alarma: avisarnos, y con humor, que la cosa se está poniendo jodida. Tal visita, además, saca a relucir todos los temores latentes en nuestras sociedades modernas; son temores que, si son vistos desde una óptica objetiva, terminan resultando particularmente ridículos. Por eso a Toni Erdmann le sienta tan bien el absurdismo. Es una cinta absurda porque el mundo en el que vivimos es, dentro de los ideales ficticios de “competencia” “éxito” e “individualidad”, verdaderamente ridículo. Así de absurdo, esto es lo que sucede con los generadores del milenio, y Toni Erdmman es solo un personaje exquisito creado en respuesta a toda esta idiotez.

En el fondo, esta historia pudo hacer sido hecha en cualquier punto del primer mundo. Y, como resulta inquietante de aceptar, también pudo haberse extendido a los sectores industrializados de países en vías de desarrollo. En general, todas partes. Aun así, tiene mucha gracia que sea una historia alemana, ya que existen pocos ejemplos de tan masiva industrialización como es el país germano. Ade filma por los tristes pasadizos de compañías, embadurnados de colores neutros, escenografía minimalista y, en ocasiones, acompañados del parco gris de las fábricas. Es, entonces, una historia con un claro trasfondo moderno: no habría habido la forma de rodar esta cinta en algún otro tiempo o contexto. Y, en un mundo como este, es necesario un cine que rompa los esquemas. Un cine caótico, con escenas desordenadas, momentos alargados y demasiados diálogos que, a priori, parecen irrelevantes. Nos parece un film de más de dos y media de duración con intenciones bastante predecibles. Esto, sin embargo, es la excusa perfecta para el desorden: desorden como contraste en la perfeccionista vida de Ines, desorden para que el absurdismo del film tenga sentido, desorden por hacer desorden, por atreverse, molestar a la audiencia y a los cánones de cine comercial, desorden por ser posmoderno. El cine europeo es una delicia cuando se pone ácido, brutal y sin filtros; justamente, demasiado europeo.

La situación, a la par que se acumulan momentos extraños y confrontaciones impensadas, se hace cada vez más incierta, desastrosa. Es en ese caos que Ade encuentra la verdad, rebuscando entre bromas comunes, una rutina estoica y caminos repetidos. Por eso no se limita a querer poner disparates, sino hacer que la crítica, sobre todo, a través de las risas, sirvan para que cualquier espectador pueda pensárselo dos veces luego de disfrutar de lo visto.

Es, sin dudas, divertida de una forma extraña. De hecho, puede que haya inventado una nueva forma de humor. Aquí se busca llegar a la comedia filosófica, esa que, mediante observaciones satíricas, fuerza a que uno no sonría, sino que termine frunciendo el ceño y se dedique a pensar. Y es diferente gracias a su estilo: aprovechar la cháchara corporativa de hoy en día, las escenas larguísimas, a modo de plano secuencia, y la propaganda capitalista —esa de coaching y marketeo— para destornillarnos de risa. Así, por ejemplo, tenemos aquella escena, sin duda la mejor de la cinta, en la que lo hilarante se vuelve atrevimiento y discurso político. Como si fuese acto de screwball comedy, las muy peculiares acciones de Toni llevan a que todos los invitados al cumpleaños de Inez, debido a la absurda imposición de convencionalismos sociales y la necesidad de encajar con el resto, se aparezcan desnudos, en pelotas. Así, los más ricos, los jefes y los empleados literalmente “se desnudan” ante el espectador, sorprendidos por verse ridiculizados al extremo. No hay forma de perder una escena larga y fascinante como esta, que reconoce que, en una sociedad con patrones aspiraciones incontestables —todos quieren ser el CEO, el empleado del mes, el mejor amigo— la gente llega a lo que sea por sentirse aceptada, incluso si eso arremete contra su débilmente construida dignidad.

Claro que, para que todo esto resulte realista —y tierno— necesitamos de una buena relación principal. La química entre los dos familiares es posiblemente, el punto de quiebre en la maravilla que es Toni Erdmann. Por más aturdida y molesta que esté Inés, queda claro que, tras este personaje frío y controlador, existe una persona llena de contradicción. Alguein que necesita amar, sentirse amada. Ahí se le contrapone Wilfred/Toni, un hombre de un corazón enorme, deliciosamente inoportuno. Sabe encarnar al padre con una ternura increíble, utilizando lo imponente de su aspecto para parecer, antes de atemorizante, más humano; lejos de ser clásica voz de la razón, resulta algo como un último intento de una generación que quiere salvarse de la mansedumbre capitalista. Ya lo decían Crosby, Bill, Nash and Young: las generaciones están distanciadas por siempre, pero existe la empatía, el amor fraterno.

Y así, nada verdaderamente importante pasa, más allá viñetas entrecortadas que van conformado un extraño pastiche de película.  Eso vale más cuando se ve a Toni Erdmman como un todo, un robusto y barbudo todo. Perfecto. Tal vez sea la hora de ir desnudos a los eventos sociales.

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Acerca del autor

Anselmi

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