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Porque todo puede suceder en una noche, Anomalisa, a su estilo, propone un trato mágico: confiar ciegamente en lo peculiar de su mundo, a ver si nos logra cambiar la vida. En algún nivel lo consigue. Extraña, demencial, melancólica hasta las raíces, la cinta de Charlie Kauffman y Duke Johnson es un compendio de existencialismo moderno, sentimentalismo de siempre y esa otredad que tanto mal le hace al ser humano. Juega con nuestras emociones. Le permitimos hacerlo.

Comenzamos a media tarde: Michael Stone es un motivador profesional que, irónicamente, no puede estar más desmotivado. Vive una anodina realidad, en la que todas las personas parecen, literalmente, las mismas. De hecho, no puede evitar escuchar la misma voz en todos aquellos que se crucen en su camino. No solo es la misma voz, sino también, el mismo rostro. Michael decide viajar a Cincinnati para dar una charla y, a pesar de intentar lo contrario, las cosas en el hotel Fegoli resultan miserables. Eso, sin embargo, cambiará repentinamente cuando, en medio de la noche, Michael experimenta una especie de milagro. Una persona, una voz, que lo lleva a sentir genuina esperanza. Una muchacha que no tiene nada de parecido al resto. Michael, sorprendido por ella, decide invitarla a pasar la noche con ella. Tal encuentro, igual de afortunado que necesario, le da una oportunidad. Una buena excusa. Una Anomalisa.

Charlie Kaufman es capaz de entender al ser humano a cabalidad, aún en sus facetas más insípidas o bizarras. Aquí, hace de titiritero, manipulando los límites de lo “real” y lo arquetípico para hacerse las preguntas que le plazca sobre la naturaleza humana.  Y, esta vez, harto de los formatos convencionales, decide establecer una técnica revolucionaria, que pueda llevar sus historias imaginativas a límites poco tratados. Anomalisa es una cinta demasiada contemporánea, bastante relacionable y, después de todo, bastante simple como para no perdernos en detalles sin gracia. Aquí lo que interesa es la persona, sin importar cuan aburrida e insípida resulte.

La idea es sencilla: todos necesitamos a alguien. Una persona anómala, distinta, frágil, alguien que nos ayude a seguir adelante. En este mundo de mierda -tan cosmopolita y globalizado y, justo por eso, tan lleno de vacíos- es difícil resistir por nosotros mismos. Para esta fábula animada, el vacío proviene de las personas. Meticulosamente construido, el mundo de Kaufman y Johnson es cada vez más abrupto y distorsionado, jugando bien con esas metáforas que nos definen. Eso de “mismos personajes y misma voz” es la forma más abrupta para graficar la soledad constante que nos aqueja. Mismos rostros, mismas facciones, mismo todo. Esto es stop motion, esa técnica pausada y bella que consigue, a la larga, que cada movimiento, por más simplón, que resulte, cobre un peculiar significado. Es ahí donde entra la ironía, porque justamente, también la técnica animada dota al filme de una perspectiva mucho más humana.

Lo mejor de la cinta, de forma curiosa, es que no pasa nada. No hay la gran escena, gran conflicto o gran revelación en esta noche. Apenas existe algo concreto que nos podamos llevar a casa. Todo en Anomalisa se trata de las experiencias, y de cómo asimilamos su poderoso mensaje. Chico conoce chica, se aman y luego se separan.  Una sola anécdota que, de alguna manera, nos atrapa. Uno no entiende cómo, simplemente pasa. Y, cuando pasa, no puedes hacer otra cosa que dejarte llevar.

Quizás el responsable es el texto. El guion es, pues, Kaufman: texto oscuro, depresivo, ácido. Es otro personaje principal masculino con una vida destrozada, una crisis de mediana edad y por sobre todo, un fuerte vacío en el alma. Pero esta vez, Kaufman prefiere dejar la comedia absurda para centrarse en la nostalgia, la añoranza a algo que no existe. Michael quiere otra voz, una persona que se distancie del resto, aunque es probable que tal personaje no exista. Se nos plantea, entonces, extrañar lo falso e irreal, mantener una melancolía aspiracional, una decepción por no alcanzar el anhelo definitivo. Así, uno entiende cómo es que los humanos se aferran a las ilusiones y cómo, ante todo, es posible usar tales ilusiones para tener una existencia plena. Lo interesante es que, a diferencia de otros textos de Kaufman, este guion no apuesta por diálogos neuróticos y complejos, sino por intercambios comunes, escenas cotidianas, aquello que vendrían en una noche cualquiera. Aquí, realismo mágico: espacios cotidianos, escarchados por algo extraordinario, en este caso, una voz. Entonces, los diálogos que componen esta noche, sin ser memorables por sí mismos, funcionan como pequeñas piezas de humanidad, componiendo una sinfonía dulce y atractiva.

Para que ese efecto funcione, claramente necesita un punto de arranque, en este caso, la única voz femenina. Sea por la razón que sea, sea porque nos manipulan para creerlo o por talento propio, Jennifer Jason Leigh subyuga. Su Lisa es un personaje honesto, con tanto corazón, que a todos enamora: capaz de conquistar a cualquiera con esa voz “bendecida”, espontánea, entretenida. No solo es la voz: Lisa es, finalmente, un arquetipo de mujer, o de persona, que es necesario en estos tiempos de desconexión y cinismo: alguien que duda, alguien inseguro y con humildad, alguien que quiere creer en la bondad de las personas. Pero, volviendo a la voz, es fácil darse cuenta cómo, en numerosos contextos, la dulce voz de Lisa es salvadora en la medida en que las otras no lo son. He ahí Tom Noonan, que sabe hacer de su trabajo auditivo, un recuerdo monótono y anodino, que nos deja con una noción anodina y triste.

Igual, nada de eso resulta lo más memorable en Anomalisa. Nos quedamos, de todas formas, con las escenas de a dos en la habitación doble, sobre todo, una escena de sentimentalismo sutil y bien hecho: Lisa y Michael hablan sobre su música preferida. Ella le cuenta sobre su pasión por Cyndi Lauper, en especial con Girl Just Wanna Have Fun. Él le pide que la cante. El momento es dulce, de esa dulzura que solo proviene de la vergüenza, de la necesidad de volverse más cercano al otro, de vencer la timidez y aprovechar el histrionismo, al menos una vez. Ella canta de forma sutil, con una voz torpe, peor adorable. La canta en inglés y en italiano. Michael lo mira de buena forma. Nosotros también. Ahí están las dos almas solitarias, perdidas en un cuarto de hotel. Es normal el llanto, la risa; a fin de cuentas, estamos ante la vida misma.

La lección principal se nos mantiene clara: si esta chica tan ordinaria fue capaz de lo extraordinario, si ha brindado esperanzas al desesperanzado, entonces, a pesar de toda la mierda, algo vale la pena. Por más que, al final, el idilio se difumine. A Michael le regresa la realidad: rutina, trabajo, familia. Voces anodinas. Caras idénticas. Los cuentos de Charlie Kaufman no son de los finales más felices, pero, de alguna manera, nos dejan con suficiente felicidad, o un atisbo de ella, para seguir creyendo. Atesoraremos a Anomalisa, buscando que su efecto sea eterno.

 

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