Archivo de la categoría: Psicoterapia

Síntomas de ataque de ansiedad

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Hay que reconocer que algunos de nosotros nos venimos enfrentando a situaciones complicadas, difíciles muchas de ellas, que genera en nuestro cuerpo y mente sentimientos, dolores, sensaciones y conductas que no eran comunes para nosotros; entre ellas, ataques de pánico y ansiedad.

Si bien, cada caso es diferente, si hay algo en común ¡nos sentimos terrible cuando entramos en crisis!

Si esto nos está ocurriendo, es claro indicador que necesitamos ayuda, no estamos bien, sea psicoterapéutica o médica, debe quedar claro que solos no podemos hacerle frente.

¡Que siempre estemos bien!

Si necesitas ayuda, estamos para escucharte, para servirte.

¿Hablamos?

Lic. Katherinne Roncal Soto
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Cel.: +51 998 810 240

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Diferencias entre tristeza y depresión

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Estamos viendo que la tensión y preocupación están más presentes en nuestros hogares y eso, lógicamente, nos cambia, nos confunde, ¿Qué es lo que estoy haciendo? ¿Qué estoy sintiendo? ¿Esto es normal? ¿Estoy mal? En fin…

Para todo, casi, hay una respuesta y, lógicamente, una solución. 

Si eres consciente que necesitas ayuda, que sólo no puedes procurarte bienestar emocional, no dudes en contactarnos.

¡Que siempre estemos bien!

Lic. Katherinne Roncal Soto
C.Ps.P.: 15026

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¿Es el psicólogo(a) tu amigo(a)?

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Las personas solemos preocuparnos ante la aparición de dificultades y, cuando eso ocurre, naturalmente buscamos sentirnos mejor, y para ello, muchas veces recurrimos a nuestros amigos para que nos escuchen, aconsejen y, en algunos casos, nos ayuden a tomar decisiones. Definitivamente el conversar con ellos, en esos momentos de dificultad, nos reconforta y, muy probablemente, nos saca de ese momento difícil de tensión y/o preocupación. Pero en base a ello, podríamos decir que ¿recurrir a un amigo es igual que obtener apoyo psicológico?, ¿crees que tu amigo puede hacer de psicólogo? ¿Y el psicólogo de amigo? Pues no.

“Voy al psicólogo porque es como hablar con un amigo”

Como explicamos líneas arriba, contar con el apoyo de los amigos y, también, la familia es muy importante para llevar una vida equilibrada y feliz. Aunque sabemos bien que muchas veces no tenemos esa facilidad y, de tenerla, esto no necesariamente nos garantiza que aquello que nos perturba, que nos impide ser enteramente felices, pueda, de ser posible, ser atendido y “solucionado”.

Siento decirles que confesar un problema a un amigo jamás será lo mismo que conversarlo con un psicoterapeuta. ¿Por qué? ¿Cuál es la diferencia?

  1. Debemos tener en claro que los psicólogos somos profesionales del comportamiento humano, con formación en el desarrollo y búsqueda del bienestar, en muchos casos, con años de experiencia. Los psicoterapeutas sabemos adaptarnos a la situación y necesidad de cada paciente, aportándole lo que realmente pueda precisar, aunque él mismo no lo sepa. Sin embargo, un amigo no deja de ser eso, un amigo, donde en muchas ocasiones de manera inconsciente, lo que consigue es dirigirlo hacia una situación peor, ¿no les ha pasado alguna vez?
  2. Un buen psicoterapeuta conoce de metodología, posee habilidad para localizar todo tipo de información del paciente, tanto verbal como no verbal. El adquirir mayor información relevante, permite formular de manera clara y exacta estrategias de real ayuda al paciente.
  3. Por ejemplo,debes haber notado que la mayor parte de las personas, normalmente escuchamos pensando en responder a lo que nos están diciendo en ese momento; incluso, es muy común en conversaciones con amigos las interrupciones con opiniones de antemano, que te impiden poder expresar lo que sientes. En el caso de los psicólogos esto no ocurre, ya que hemos desarrollado gran capacidad para la escucha activa, sabiendo el momento indicado para interrumpir al interlocutor. Los psicólogos, en este caso los psicoterapeutas, sabemos identificar las emociones durante el diálogo, para trabajarlas junto al paciente.
  4. Los psicoterapeutas tenemos la experiencia necesaria para provocar en la persona meditación y autoreflexión, y así pueda comenzar a descubrir (en caso de que no lo haya hecho aún), el posible problema, la raíz del mismo o mejora que presenta.
  5. Trabajar con un psicoterapeuta enseña al paciente a ver las cosas desde otros puntos de vista, ayudándote a crecer como persona. Es ahí donde surge un abanico de posibilidades para afrontar el motivo de terapia, a la vez que aumenta el número de herramientas para hacer frente a las dificultades que te llevaron, en primera instancia, a recurrir al profesional.
  6. Durante la conversación con un amigo, hay momentos en los que él es incapaz de decirte directamente algo que sabe que puede no agradarte; intentará siempre “quedar bien”. En el caso del psicólogo, esta situación no va a darse, ya que seguramente te revelará aquello que un amigo no se ha atrevido a decirte, te guste o no.
  7. Las personas tenemos opiniones y perspectivas particulares de cada situación o hecho que se nos plantea. Si le cuentas a un amigo una situación determinada, este podrá darte su opinión muy particular, subjetiva y sesgada, basada en sus propios valores, opiniones e historia de vida. Sin embargo, desde la visión de un psicoterapeuta las cosas son diferentes, siempre te mostrará una opinión objetiva, no relacionada a su subjetividad por su “amistad” contigo.
  8. Hay que tomar en cuenta que, inicialmente, tratar un problema con un psicólogo puede ser más dificultoso, por aquello de tratarse de un desconocido para ti; pero también es cierto que tendrás la certeza de que lo conversado siempre gozará de absoluta confidencialidad. En el caso de un amigo, esa certeza nunca la tendremos por completo, pues al no tratarse de un secreto profesional corres el riesgo de que pueda enterarse otra persona. De suceder esto, la situación claramente empeoraría, generando mayor ansiedad, tristeza y demás emociones desagradables en la persona que busca ayuda.
  9. Cuando acudes a terapia, lo haces con la plena seguridad que en ella te sentirás seguro para expresarte con total libertad, sin miedo a ser juzgadoen función a tus pensamientos y/o necesidades. Esto estaría llevando, incluso, que el proceso psicoterapéutico se enriquezca y, lógicamente, tú seas el máximo beneficiado.
  10. Durante las sesiones, los psicoterapeutas establecemos términos claros: acudir a terapia en una fecha concreta semanal, diaria, quincenal, etcétera, donde sabes que tendrás tu momento para expresar todo aquello que te preocupe. Esto te llevará a darte cuenta que en la vida, todo es un proceso, que hay situaciones que no sólo tienen su momento, sino también un tiempo determinado y acelerarlas, puede ser perjudicial. Un amigo es una persona mucho más activa dentro de tu vida; acudirás a él ante problemas que requieren de una ayuda inmediata, lo cual ya sabemos que no suele suceder en el plano real y, en algunos casos, podría ser perjudicial.

Con estas diferencias, quiero dejar en claro que cada persona en nuestra vida tiene un rol fundamental y que estos no pueden mezclarse, pues no se harían nada bien. Los amigos están con nosotros para compartir la vida y, en algunos casos, brindar soporte; pero no necesariamente (en realidad no) para ayudarte a solucionar los dilemas particulares por los que todos pasamos.

Entendido esto, ¡zapatero a tu zapato!

Si notas que necesitas apoyo profesional, en Yanapay te lo podemos brindar. Comunícate con nosotros y pondremos a tu disposición a nuestro equipo de expertos.

¡Que siempre estemos bien!

Lic. Katherinne Roncal Soto
C.Ps.P.: 15026

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Salud mental en los niños y adolescentes.

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Muchos de nosotros creemos entender a qué nos referimos cuando hablamos de salud mental, de hecho, la mayoría tenemos una idea general de ella, que va a en función a nuestras creencias, historia de vida y entorno; pero honestamente, las ideas generales no nos llevan a entender realmente el significado de salud mental y todo lo que implica. Entonces, ¿qué es salud mental?

La salud mental incluye una amplia gama de actividades que van a impactar directamente sobre nuestro bienestar mental, que incluyen la prevención de trastornos mentales y el tratamiento de los mismos; así como buscar estilos de vida que nos lleven a sentirnos plenos y felices.

Ahora, en la infancia y/o adolescencia, la salud mental implica alcanzar los indicadores esperados de desarrollo y de orden emocional, el aprendizaje de habilidades sociales y maneras adecuadas de enfrentar los problemas que puedan presentarse. Los niños que son mentalmente sanos tienen calidad de vida y pueden desempeñarse bien en el hogar, la escuela y su comunidad.

Por otro lado, lo que ha ocurrido este último año, el que los chicos hayan tenido que dejar de lado sus rutinas, hayan dejado de compartir con sus pares y demás adultos, y vivir probablemente, con cierto temor hacia algo que no pueden entender del todo; es probable que haya desencadenado en ellos pensamientos y sentimientos que seguramente afectaron su salud mental. Con esto no quiero decir que se hayan disparado los trastornos mentales en ellos (en su gran mayoría, no), pero si partimos del hecho que la falta de salud mental está altamente relacionada con situaciones que generan eventos y sensaciones que no llevan a la felicidad; y si estas se prolongan por cierto tiempo, pues … definitivamente el confinamiento afectó la salud mental de nuestros chicos. ¿En qué medida? Pues esa es una respuesta que sólo nosotros sabemos.

 ¿Qué son los trastornos mentales infantiles?

Son cambios serios en el performance de los niños, en su manera habitual de relacionarse, aprender y manejar emociones, causando angustia y problemas en el día a día. A veces muchos niños tienen temores, preocupaciones o problemas de comportamiento; cuando los síntomas son persistentes o extremos, causando infelicidad en los niños, así como serios problemas en la casa, el colegio, los amigos el entorno en general, puede que reciban el diagnóstico de trastorno mental.

Los trastornos mentales son afecciones crónicas, es decir que duran mucho tiempo y que, a menudo, nunca desaparecen por completo. Con un diagnóstico y tratamiento temprano, los niños con trastornos mentales pueden llevar una vida esperable y sin dificultades.

 ¿Qué características muestran los niños con trastornos mentales?

Estas características pueden ser muy variadas, van cambiando con el tiempo y están en función a la etapa de desarrollo en la que se encuentre el niño o adolescente. Con los adolescentes puede hacer un poco más complejo de analizar el caso, de “ver”, pues sabemos que en este periodo es esperable que los chicos puedan tener conductas erráticas o inestables porque, naturalmente atraviesan una etapa de cierto desajuste emocional. Es aquí donde la presencia del profesional externo es vital.
Por lo general, incluyen dificultades en la manera de jugar, aprender, hablar y actuar; así como la manera en que plasman sus emociones.

Cabe señalar que muchos de estos trastornos suelen presentarse a la llegada de la adolescencia (debido a los cambios hormonales propios de esta etapa), pero también algunos hacen su aparición en la infancia; incluso podría ser durante los primeros años.

Aquí compartimos una pequeña lista de algunas características, pero OJO, leyendo y memorizando esta lista no quiere decir que  nos convertimos en “expertos en diagnóstico de salud mental infanto- juvenil”, NO; pero si quizá nos puede dar un poco más de pautas de “qué ver” en nuestros hijos.

  • Tristeza persistente por dos o más semanas.
  • Poco o nulo interés por las interacciones sociales. Se pueden iniciar incluso, para luego  dejarlas sin motivo aparente.
  • Herirse a sí mismo o hablar de hacerlo.
  • Hablar de muerte o suicidio.
  • Arrebatos o irritabilidad extrema. Que quede claro, la diferencia entre una pataleta y cuándo la conducta es marcadamente oposicionista o disruptiva.
  • Comportamiento fuera de control que puede ser perjudicial para los propios niños.
  • Cambios drásticos de humor, comportamiento o personalidad. OJO, no confundir con el juego imaginativo de los niños, esta característica debe ser observada en distintos contextos, ninguno de ellos de tipo lúdico.
  • Cambios en los hábitos alimenticios. Pérdida de peso.
  • Dificultad para dormir, les cuesta conciliar el sueño, no lo logra o presenta pesadillas recurrentes.
  • Frecuentes dolores de cabeza o de estómago.
  • Dificultad para concentrarse y cumplir con los requerimientos escolares. Desencadenan cambios en el rendimiento académico.
  • En tiempos donde la asistencia al colegio es masiva, evitan o buscan faltar a la escuela.

Nuevamente hacemos hincapié en que el diagnóstico lo hace únicamente un profesional certificado, en este caso, los psicólogos clínicos podemos ver indicadores claros de la presencia de algún trastorno de este orden, los cuales serán ratificados por el psiquiatra pediátrico y/o neuro pediatra, de ser el caso. El diagnóstico se hace a menudo durante los primeros años escolares y, a veces antes, de acuerdo a la severidad del caso. Sin embargo, es posible que algunos niños no sean diagnosticados, o reciban una valoración psicológica incorrecta, lo cual valgan verdades es bastante frecuente. Esto no sólo somete a los niños a sufrimiento innecesario, sino también a la familia, a todo el entorno de desarrollo del niño y, penosamente, recrudece el pronóstico.

¿Cuáles son algunos de estos trastornos?

Lastimosamente, la lista de trastornos mentales que aparecen durante la niñez y/o adolescencia no es corta. De acuerdo a la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM V), en base al cual se establecen los criterios de diagnóstico, se aprecian algunos de ellos:

  • Ansiedad.
  • Depresión.
  • Trastornos del neurodesarrollo.
  • Trastornos del ánimo.
  • Trastornos relacionados con factores de estrés.
  • Trastornos del control de impulsos y conductas disruptivas.
  • Trastorno oposicionista desafiante.
  • Trastornos neurocognitivos.
  • Trastorno obsesivo-compulsivo
  • Etcétera.

Detenernos en cada trastorno, más allá de convertir a este post en interminable, correríamos el riesgo de no abordar cada tema con la seriedad del caso; es por ello que hablaremos de estos trastornos de manera individual en próximas entregas.

¿Se pueden tratar estos trastornos?

Claro que sí, estos pueden ser tratados y controlados. Muchas veces es necesario el uso de psicofármacos y, de manera paralela, psicoterapia, tanto para el niño como para la familia, pues estos últimos tienen que aprender a convivir con un niño o adolescente con ciertas necesidades y requerimientos particulares. Insisto que es vital la participación de la familia en el proceso de intervención, de igual manera, los demás adultos que se encuentren cercanos al paciente, como maestros, terapeutas, etcétera,  tienen que formar parte de este proceso.

Es importantísimo recalcar que el diagnóstico temprano, así como servicios adecuados para los niños y sus familias, pueden lograr un cambio positivo en la vida de los menores con trastornos mentales, así como en su entorno.

De notar en tu niño y/o adolescente alguna conducta o manera de reaccionar que te llame la atención, o sea considera muy diferente a las reacciones de chicos de su misma edad y grado, es necesario buscar la ayuda profesional, pues como ya lo comentamos antes, el no acceder a intervención adecuada, no sólo genera infelicidad y sufrimiento en el niño y la familia; sino también atenta al bienestar que, por ley, todo menor debe acceder.

Recomendaciones para fomentar la salud mental en niños y/o adolescentes.

Tomando en cuenta que siempre será infinitamente mejor prevenir que lamentar, aquí les comparto una lista de actividades y recomendaciones para hacer con nuestros hijos y así, tratar de evitar dolor y padecimiento a futuro; pero también es necesario saber que en algunos casos, la aparición de algunos trastornos será casi inminente.

En estos casos, hay que tener claro que la severidad de cada caso, estará en función a las características particulares de cada uno, lo que incluye la salud mental de la familia, o algún padre en particular. Además, es real también que hay entornos que enferman, como también los hay aquellos que sanan y palían posibles dificultades. 

  • Establece vínculos sólidos con tus hijos desde muy pequeños, juega con ellos, léeles cuentos, canta canciones, etcétera. Realiza actividades que sean divertidas y les permita compartir. Esto hará que se sientan amados y aceptados.
  • Reconoce cuando tu hijo, indistintamente la edad que tenga, haya hecho una buena acción, diciéndole lo orgulloso que te sientes de él o ella.
  • Intenta eliminar el uso de cualquier medio electrónico durante la hora de comida o momento de compartir. Es importante que aprenda a valorar desde pequeños que esos espacios de participación con los padres, como por ejemplo la hora de la comida, son para hablar y sentirse a gusto con la familia. Con esto conseguimos que desarrollen sentido de pertenencia.
  • Limita el tiempo de acceso a electrónicos, por ejemplo en la habitación. La televisión no es niñera; además hay muchas investigaciones que han demostrado el impacto negativo que tienen las pantallas en algunos procesos mentales, incluso en el sueño, el cual tiene que ser el adecuado y reparador para la edad del niño.
  • Compartir con chicos de su misma edad, siempre supervisados por un adulto.
  • Escucha a tu hijo o hija y razona con él o ella; pero claro, dando explicaciones que sabemos que están listos para entender. A veces a los pequeños les damos grandes explicaciones de situaciones que no están aún capacitados para interiorizar, y terminamos “mareándolos” con tantas palabras, llevándolos a mostrar frustración (y nosotros también).
  • Ayúdalo a sentirse bien acerca de sí mismo, es necesario prestar atención a lo que dice, piensa y siente. En función a ello, no sólo será más sencillo regular su conducta, sino también sus emociones, como la felicidad, tristeza, enojo, etcétera. En el caso del enojo, enséñale a canalizar estos sentimientos sin comportamientos destructivos, como romper juguetes o pegarle a alguien.
  • Esfuérzate por ser ejemplo. Evita tener discusiones y reacciones que no quieras que tus hijos copien. Sé consciente que hay un tiempo para hablar o argumentar entre adultos y, sobre todo, no lo hagas enfrente de ellos, o hables de ellos, esto herirá sus sentimientos.
  • Asegúrale un ambiente escolar positivo y seguro. La noción de autoridad, reglas de convivencia y regulación de conducta aprendidas en casa, se verán también plasmadas en el ambiente escolar. Por lo general, cuando en casa estas no han sido instauradas adecuadamente, es muy probable que ocurra lo mismo en el aula.
  • Ayudarlos a que desarrollen habilidades sociales, que aprendan a solucionar problemas y conflictos. En la medida que se sientan exitosos en estas áreas, no sólo se sentirán más seguros de sí, sino también, reforzarán aún más comportamientos positivos y buscarán repetirlos.
  • Fomentar la salud física, la cual respalda una buena salud mental. Establecer hábitos alimenticios saludables, hacer ejercicio regularmente y marcar pautas de descanso adecuadas, protegen a los niños contra el estrés de las situaciones difíciles. El ejercicio también ayuda a reducir algunas emociones negativas.

Lic. Katherinne Roncal Soto
C.Ps.P.: 15026

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Manejo del Duelo en tiempos de pandemia.

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Este tema, sobre todo en tiempos como estos, resulta complejo y doloroso, pues nos hace recordar que todavía no podemos sentirnos seguros, ya que aún no tenemos garantizada la vida, la salud ni el bienestar en general. Además, hemos estado expuestos últimamente a tantos momentos dolorosos de pérdidas que nos desarticulan y, la verdad, no sabemos cómo reaccionar.

Primero tenemos que aclarar qué es duelo. Solemos pensar que duelo es la pérdida de un ser amado, cuando en realidad, el concepto va mucho más allá. Se refiere a la pérdida, ¿de qué? De TODO, que nos genera dolor, rabia, miedo, soledad, desesperanza, perdiendo muchas veces la capacidad de tomar decisiones, y demás sentimientos que consideramos negativos.

Entonces, definimos Duelo, como el proceso psicológico que atravesamos a lo largo de la vida, así como diversas pérdidas que sufrimos en ella. Puede ser, efectivamente, que se refiera al fallecimiento de miembros de nuestra familia, el alejamiento de la pareja, el ya no contar con nuestros seres queridos como era antes, discusiones con amigos que generen reales alejamientos. También pueden ser  otro tipo de pérdidas, como podría ser el trabajo, la salud que se pierde, el dinero y, por lo tanto, nuestro estilo de vida, beneficios de algún tipo, y un largo etcétera.

Lo peor que podemos hacer es resignarnos ante el dolor (eso es como si nos dejáramos morir), hay que reasignar esa pena y transformarla en combustible que ayude a continuar. Cargar con el sentimiento de la pérdida es algo así como cargar en la espalda un saco de carbón, pesa , hace heridas al contacto, hasta que nos damos cuenta que ese carbón podemos usarlo como combustible, que si lo quemamos, puedo avanzar más rápido que sólo llevarlo en la espalda.

Es cierto que, a veces nos invade la idea “Por qué a mí que soy bueno, y a él no que es tan malo”. Hay que entender que las cosas no nos pasan porque sean premios o castigos en la vida, todos somos mortales, todos somos propensos a morir, porque así es la biología. Lo mismo con las otras pérdidas que comentamos líneas arriba, donde tenemos muy pocas cosas seguras. Tenemos que ser conscientes que nuestra vida puede cambiar en un minuto, por eso, lo mejor que podemos hacer es cuidarnos y, si nos enfrentamos a un cambio radical, a una pérdida, lo mejor por hacer es no culpar a nadie, pues nadie buscó esa situación de manera deliberada; debe quedar claro que la vida no se empeña en hacernos daño, son sólo hechos fortuitos y, a veces, desafortunados.

Por otro lado, la pérdida o el dolor ante el duelo nos genera estrés, y las personas no reaccionamos de la misma manera ante el estrés; por ello, no podemos decir que existe una única manera de manejar este dolor. A pesar de ello, se establecieron estas  5 etapas:

  1. Negación. Es cuando tratamos de “amortiguar el golpe” y negamos el impacto que ha tenido la pérdida en nosotros. Aquí, mientras más lejos estemos de la realidad y de entender la pérdida como tal, más tiempo nos tomará entender el dolor emocional causado por la pérdida.
  2. Ira. En esta etapa aparecen la rabia y el resentimiento, pasamos la mayor parte de nuestro tiempo buscando responsables o culpables. También, durante este tiempo, entendemos que la pérdida es irreversible, lo cual genera más dolor. Esa rabia solemos proyectarla, no solo con nosotros mismos, sino en nuestro entorno.
  3. Negociación. Aquí tratamos de estar en control de lo que pasa, a veces fantaseamos que podemos evitar el suceso, como cuando se le pide a Dios que nos ayude, o hacemos promesas para que el duelo no se dé. Esta etapa es corta porque no encaja con la realidad, y puede darse antes que el duelo ocurra en verdad.
  4. Depresión. Nos invade la tristeza y sensación de vacío, no hablamos de depresión clínica (el trastorno de salud mental), pero sí de no manejar la situación de manera adecuada. Podría llevarnos a presentar crisis existencial: “para qué me quedo aquí, sola(o) si ya no está”. Aquí lo difícil no sólo aceptar la ausencia, sino también entender que la vida que nos queda por recorrer está definida por esa ausencia. Es normal que nos aislemos más, que nos sintamos cansados, que pensemos que no podemos salir de ese estado de tristeza y melancolía.
    Esta etapa suele durar más tiempo, es la que nos impacta más, pues nos toca lidiar con la realidad. A veces, el dolor nos bloquea y no nos permite entender lo que ocurre, o ver el mundo como realmente es. Es la etapa más peligrosa.
  5. Aceptación. Se acepta la pérdida, la ausencia del ser querido, o de eso importante que ya no está con nosotros. Si bien la tristeza se mantiene porque el recuerdo de los episodios tristes no desaparecen, al recordar lo ocurrido ya no genera dolor. Al principio, si bien nos sentimos más aliviados y ya no presentamos sentimientos intensos, tampoco sentimos felicidad ni tranquilidad; esa va llegando de manera paulatina, hasta regresar a la “normalidad”. Aprendemos a convivir con el dolor, sin que genere mayor dolor.

Cabe señalar que no todos tenemos que pasar necesariamente por estas etapas, ni tampoco en ese orden específico, pero al menos debemos llegar a la última de ellas. Se espera que el duelo se termine de superar en aproximadamente un año, es decir, que transitemos por las etapas que sean necesarias en ese lapso de tiempo.

Muchos de nosotros nos hemos enfrentado a la pérdida de un ser querido, el cual no hemos tenido la oportunidad de despedirlo de la manera que seguramente hubiésemos deseado; es más, en muchos casos, no pudimos, siquiera, dar el último adiós. Eso complica más el proceso de duelo, se torna más doloroso e, incluso, podría volverse traumático y/o patológico. Podría originar que nos estanquemos en alguna de las etapas que mencionamos antes, por ejemplo en negación y nos bloquee por completo, haciendo que no podamos seguir la vida como siempre, que no consigamos integrarnos a nuestra vida pasada.

¿Cómo ayudarnos ante un duelo complicado?

  • Es necesario que dejemos fluir las emociones que nos embargan, no “hacernos los valientes”. Es normal sufrir, es normal que duela muchísimo y que sintamos que se nos parte el alma. Tenemos que permitirnos “estar mal”, aflorando las emociones dolorosas.
  • Es importante hablar de lo que sentimos (las palabras son mágicas, siempre), puede ser con personas cercanas, con algunos miembros de la familia, con alguien de nuestra confianza y que sabemos que nos brindará soporte emocional.
  • También nos ayuda “compartir” con el fallecido, desde abrazar su foto, usar su ropa, su perfume, etcétera, es una manera de sentirnos cerca y lidiar con el dolor. Eso podemos hacerlo mientras nos preparamos y aprendemos a vivir con la ausencia de la persona.
  • Una opción, sobre todo ahora que esta situación de la covid 19 no nos ha permitido despedirnos de la manera que quisiéramos y necesitamos, es hacer una carta de despedida. Puede ser en un momento y espacio privado, donde nos permitimos mostrar nuestro dolor, algo así como si tuviésemos una cita con esa persona, y ahí le decimos todo lo que nos sale del corazón, aquello que hubiésemos querido decirle como despedida. Seguramente una sola carta será insuficiente, se podrá hacer las que sean necesarias.
  • También se pueden hacer cartas como quien narra la historia que tuviste con esa persona, lo que compartieron, lo que sentían el uno por el otro, la historia de vida en común. Esto ayudará, no sólo para que afloren todas las emociones que podríamos tener guardadas, sino también para que se ejercite la memoria. Hay que tener en cuenta que la memoria es la herramienta que nos ayudará a que nuestros seres queridos siempre se “mantengan” en nuestro recuerdo, con nosotros.
  • Algunas personas, cuando se sienten tristes, tratan de alejarse, incluso de no recibir apoyo de otros, esa es la peor decisión, pues es como si nosotros mismos escogiéremos enfrentar el peor momento de nuestras vidas, solos, por nuestra cuenta. Es necesario recibir el cuidado, cariño y afecto de los demás, alguien que nos brinde la opción de conversar, pero no sólo para hablar de lo doloroso, sino también de cosas positivas, incluso permitirnos reír, de darse el caso.
  • Ayudaría también que, en casa podamos darle un último adiós, esto además de brindarnos paz, también nos ayuda a sentirnos tranquilos de estar haciendo algo que, seguramente, alegraría a esa persona que ya no está.  Desde prender una vela, incienso, tocarle una canción, prepararle la comida que más le gustaba, leerle algo, etcétera.
  • Con este tema del duelo, a veces pensamos que ya no hay salida, que estamos perdidos y no tenemos opción de sentirnos bien. Ojo que, aunque a veces no lo parezca, siempre hay salida, hay luz al final del túnel, pues llega un momento donde el dolor se vuelve entendible, manejable, consiguiendo vivir con esa pena sin que nos genere más dolor emocional.
  • Es cierto también que por más que nos esforcemos, el dolor no cesa, llevándonos a sentir desesperación y desamparo. Es en esos casos, es necesario buscar ayuda psicológica profesional, pues en ocasiones, por más que lo intentemos, nuestro esfuerzo no es suficiente. Si este pesar no se atiende de manera adecuada, puede generar en nosotros desde trastornos de ansiedad, depresión, estrés post traumático, somatizaciones, pérdida del sentido de la vida, hipersensibilidad, irritabilidad, trastornos de la alimentación, adicciones y un sinfín de problemas.

    Recordemos que cuidar nuestra salud mental, no sólo nos permite continuar “en la carrera”, sino vivir bien.

    Lic. Katherinne Roncal Soto
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Problemas en la pareja ¿Todo se acabó?

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Hasta cierto punto, es esperable que todas las parejas tengan conflictos,  y eso no es malo, pues los problemas de pareja son algo normal e inevitable. Estos problemas exigen de cada uno lo mejor de sí para poder seguir adelante.

Estos se originan del simple hecho de que toda pareja está conformada por dos personas que, a pesar de tener cosas en común, en esencia son diferentes (puntos de vista, pasado, modos de ser, actitudes, etcétera); si bien estas diferencias forman parte de la riqueza de una pareja, también son fuente directa de ellas mismas. Es así que toda pareja vive el reto de saber convivir con estos aspectos contrarios, sin acabar menospreciando o descalificando el mundo del otro. Este reto forma parte, también, de lo que entendemos por “amor”; es decir, amar a alguien implica ser capaces de convivir con las diferencias, sin tener la necesidad de imponer un punto vista, o desvalorizar a la pareja. También es necesario subrayar que, el bienestar de una pareja depende de saber manejar adecuadamente los retos que suponen el ser distintos, así como los problemas que surgen de la convivencia.

¿Es la incompatibilidad causa de los conflictos de pareja?

Las diferencias de cada uno en una relación de pareja no significan incompatibilidad, por el contrario, la incompatibilidad en una pareja es más bien la incapacidad o indisposición de uno, o de ambos, para asimilar y saber convivir con las diferencias del otro. El reto de toda pareja es hacer coexistir la diferencia de dos modos de vivir necesariamente diferentes. Lograr esto no es nada sencillo, generando muchas veces problemas en la pareja. No se trata de que una pareja no tenga conflictos, se trata por un lado de que estos conflictos no se salgan de control, y amenacen con romper la relación; y por otro lado, aprender y crecer de manera personal como de a dos. A esto nos referimos cuando afirmamos que los conflictos de pareja no son del todo malo.

Podríamos decir que existen problemas de pareja que son necesarios, y problemas de pareja  innecesarios. Los problemas de pareja necesarios tienen que ver con las dificultades que surgen naturalmente del reto de aprender a convivir con los modos de ser diferentes, y los problemas de pareja innecesarios se referirían a incapacidades, indisposiciones, impotencia de uno o de ambos, para lidiar adecuadamente con este reto. Los conflictos de pareja innecesarios, entonces, tienen que ver con un mal manejo de las diferencias presentes, necesariamente, dentro de una relación.

Los problemas de pareja confrontan a cada uno con sus propios demonios.

Por otro lado, los conflictos dentro de la unión también están ligados con aspectos “negativos”, con “imperfecciones” dentro de la relación, o quizá heridas abiertas, problemas no resueltos que se vienen arrastrando desde la infancia. Esto, evidentemente, vuelve considerablemente complejo y difícil el reto del que hablábamos, de lograr una convivencia plena de los modos de ser diferentes dentro de una relación.

Justamente, uno de los factores por los cuales los conflictos de pareja pueden complicarse y generar crisis, están relacionados a nuestras características y/o problemas individuales no resueltos, anteriores a la relación, que incluso es probable que vengamos arrastrando de nuestra propia infancia, de nuestro pasado. Es por este motivo que las dificultades en una relación de pareja pueden ser complejas e intensas, pues confrontan a cada uno en la relación, a sus “propios demonios”, porque hace salir a flote problemas no resueltos que, de otra manera (fuera de una relación de intimidad y de confianza) no saldrían.

¿Cuáles suelen ser los motivos de discusión dentro de la pareja?

Pueden ser muchas y variadas las razones por las que las parejas discuten o tienen dificultades. Entre ellas:

  • Celos, desconfianza.
  • Manejo del dinero o problemas económicos.
  • Trabajo, problemas para conseguirlo o trabajo en exceso que genera estrés.
  • Enfermedades (físicas o mentales).
  • Repartición de tareas.
  • Infidelidad.
  • La familia, dificultad de poner límites a la familia extensa (suegros, hermanos, etc.).
  • Falta de deseo sexual u otros problemas sexuales.
  • Eventos traumáticos.
  • Sentimiento de no ser comprendido.
  • Dificultad en tolerar las características poco armónicas del otro.
  • Sentimiento de dar más de lo que se recibe.
  • Sentimiento de ser desplazado o no ser tomado en cuenta, de que la relación no es prioridad para la contraparte.
  • Comunicación inadecuada.

Los problemas de pareja permiten crecer y fortalecer tus debilidades.

Como ya lo vimos líneas arriba, si un miembro de la pareja (o ambos) mantiene (n) “heridas abiertas del pasado”, es más que probable que genere conflictos en la relación. Por ejemplo, si María arrastra problemas no resueltos de su infancia, donde sus padres no le dieron la atención y el afecto que necesitó de pequeña, es muy probable que esa atención que no tuvo de niña, ahora demande en su pareja Juan (probablemente con el mismo ímpetu como si fuese niña otra vez), llevándola, seguramente, a tratar de controlar e invadir el espacio personal de Juan, haciendo que él le reclame constantemente lo “intensa” que puede ser e, incluso, lo sofocante que puede llegar a comportarse en algunas circunstancias. Es así, que en la medida que maría no haya resuelto este dolor del pasado de manera adecuada, entenderá el deseo de  su pareja Juan por tener su espacio y su privacidad, como muestras de desamor y desatención, pues ella buscará ser siempre el centro de atención de Juan, cuando sabemos que eso no es correcto. Las discusiones provenientes de este conflicto, probablemente, revivirán las heridas abiertas que María trae, llevándola a hacer preguntas constantes y querer controlar a Juan día a día. A su vez, esta conducta activará en Juan el deseo de “protegerse”, es decir, distanciarse, pues sentiría que su espacio vital se ve amenazado.

Esta dinámica está presente, en mayor o menor medida, en todas las relaciones de pareja importantes. Lo que sucede es que existe una especie de “reciprocidad” entre las debilidades de cada uno en una relación; es decir, que las personas no solo se atraen por aspectos positivos, como la belleza, la inteligencia, etcétera; sino también se atraen debido a aspectos negativos. Los problemas no resueltos, por ejemplo, forman parte de las razones por las que dos personas se atraen y se unen. Esto tiene que incluirse en la concepción que tenemos del amor, pues no es contrario al mismo.

Que la relación de pareja confronte a cada uno con sus debilidades o problemas no resueltos y, de esta forma, les exija atenderlos y superarlos, solo puede ser algo conveniente, pues es únicamente por amor que una relación de pareja exige a ambos a crecer y fortalecer sus debilidades. En la medida que se logre esto, se habrá conseguido no sólo superar ese dolor propio de pasado, sino también haber superado la crisis de pareja,y acercarnos a a la tan esquiva felicidad.

Lic. Katherinne Roncal Soto
C.Ps.P.: 15026

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Depresión en niños y adolescentes

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La depresión es un trastorno de la salud mental, que puede quitarle la alegría a la vida de un niño y adolescente. Si bien, mayoritariamente hacía su aparición en la adolescencia, actualmente vemos que lo hace desde edades más tempranas, cada vez hay más niños diagnosticados con trastornos depresivos.

Primero es importante diferenciar la tristeza de la depresión. La tristeza es una emoción universal, todos la hemos experimentado y nos ayuda, muchas veces, a adaptarnos a diferentes situaciones, por lo tanto es pasajera. En cambio, la depresión es una alteración grave del estado de ánimo, diferente a la tristeza y, por lo tanto, requiere tratamiento específico; a diferencia de la tristeza, la depresión no es pasajera.

La depresión en niños puede ser severa y de larga duración, impactando directamente en todos los aspectos de la vida diaria, desde el rendimiento escolar, vida familiar, relaciones con amigos, etcétera.

A nivel de estadísticas, la incidencia de la depresión es del 5% en niños menores de 12 años, sin haber mayor diferenciación entre niños o niñas. No obstante, muchos niños no reciben el tratamiento que necesitan, en parte porque puede ser difícil distinguir entre depresión y un cambio normal de estado de ánimo o, también, por confundirse con otras psicopatologías.

Síntomas de depresión en niños

Estos pueden variar según la personalidad del niño y etapa de desarrollo en la que se encuentra; a pesar de ello, los síntomas más recurrentes son:

  1. Irritabilidad o tristeza constante.
  2. Pérdida de interés o de placer (anhedonia). Pasan menos tiempo en actividades que antes les producían felicidad o placer. A veces presentan aislamiento social producto de esta falta de disfrute.

Otros síntomas habituales:

  • Cambios en el apetito y el peso (pérdida o ganancia).
  • Cambios en el patrón de sueño (dificultades para dormir o sueño excesivo).
  • Cambios psicomotores (dificultad para mantenerse quieto o marcada lentitud en las respuestas y movimientos).
  • Pensamientos de inutilidad o culpa.
  • Fatiga, pérdida de energía.
  • Dificultades para concentrarse (por ejemplo, se puede observar una bajada brusca del rendimiento académico, distracción constante o “mala memoria”).
  • Pensamientos de muerte, intento de suicidio.

La depresión en adolescentes, puede ser más usual, alcanzando una frecuencia del 10% al 12%, incluso; sobre todo más en chicas que en chicos.

Síntomas de depresión en adolescentes

Entre los síntomas más frecuentes, se encuentran

  1. Tristeza.
  2. Inquietud y/ tensión excesiva por asuntos que antes no representaban preocupación.
  3. Irritabilidad y suspicacia, llevando los conflictos al plano personal.
  4. Anhedonia (poca capacidad de disfrute).
  5. Afectación en todos los procesos cognitivos, como la atención, concentración, memoria, velocidad de procesamiento de ideas, comprensión, etc. Esto afecta directamente sobre el rendimiento académico.

Estas características conmocionan la vida de los adolescentes, llevándolos muchas veces a aislarse, a no querer disfrutar de la compañía de amigos, a tener problemas con el sueño (sea porque les cuesta conciliarlo o duermen mucho más que antes) y alteración en el apetito (comen muy poco o presentan necesidad de hacerlo a cada momento). En estos dos últimos casos, hay que tener en cuenta que durante la adolescencia, es esperable una mayor necesidad de ingesta de alimentos, como también hipersomnia (periodos de somnolencia durante el día, indistintamente hayan descansado por la noche).

La depresión, tanto en niños como adolescentes, puede variar de leve a grave. Un niño o joven que se siente un poco decaído la mayor parte del tiempo por un año o más tiempo, podría presentar una forma más leve de depresión llamada distimia; en cambio, en su forma más grave, a nivel de sintomatología podría indicar depresión mayor, desencadenando la pérdida de la esperanza y las ganas de vivir. Cabe mencionar que la depresión es la primera causa de suicidio, y el suicidio, es la tercera causa de muerte en niños y adolescentes, por detrás de los accidentes y el cáncer.

En tal medida, los padres debemos estar muy pendientes de nuestros hijos, tanto de su conducta, su sentir, pensar y desempeño en general, indistintamente la edad que tenga. Aquello que podríamos considerar “pasajero” podría convertirse en un trastorno que ubicaría la salud mental de nuestros hijos en grave riesgo.

Hay que tomar en cuenta que muchos de estos síntomas descritos, no son exclusivos de la depresión, también son característicos de otros tipos de dificultades o trastornos. Es por ello que los llamados a hacer un diagnóstico real y certero somos los psicólogos, como también los médicos psiquiatras, siendo estos últimos los encargados de recomendar el tratamiento psicofarmacológico correspondiente.

Para finalizar, es importante saber que, estemos frente a un diagnóstico de depresión leve o mayor, este debe tener el correcto tratamiento, es decir, que el niño o adolescente lleve un proceso psicoterapéutico, a la par del tratamiento médico. De no ser así, la probabilidad de mejora sería mucho menor, poniendo en peligro la salud del niño o adolescente.

Lic. Katherinne Roncal Soto
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Señales para detectar que nuestro hijo adolescente necesita ayuda psicológica

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Este tema, lo advierto desde ya, será un poco más denso, no sólo por la información que se va a compartir, sino porque el hablar de salud mental propiamente, y cómo esta podría estar viéndose afectada en nuestros seres amados, en este caso, nuestros hijos adolescentes, es tremendo. Dentro de este panorama, la búsqueda de intervención a veces resulta complicada, pues cuesta aceptar una posible realidad que, quizá, nosotros hemos desatendido, o no hemos notado, pero no le dimos la importancia suficiente, pues, como ya dijimos, es duro asumir este tipo de situaciones.

El mundo de nuestros adolescentes pasa por altibajos emocionales todo el tiempo, sea por los cambios hormonales que se dan, por las nuevas vivencias que experimentan y les generan sensaciones y sentimientos nuevos, así como por las necesidades de orden social que aparecen, y antes no eran importantes para ellos. Justamente, ante la aparición de problemas y dificultades, son varios los adolescentes que recurren a sus amigos por encima del núcleo familiar pues, penosamente, tienden a confiar más en ellos que en sus padres, haciendo que la probabilidad de encontrar “salida” a ese problema que los aqueja sea difícil, incluso, más que la dificultad en sí misma.

Este exceso de confianza en sus pares, por encima de la familia, suele ocurrir cuando los adolescentes sienten a sus padres como figuras poco cercanas, sea emocionalmente hablando (cuando no se está al tanto de lo que le apena, lo que le asusta, cuando no se tiene idea de los gustos y pareceres, etcétera), o físicamente (por ejemplo cuando los padres están todo el día en el trabajo o no pueden darse el momento para compartir con ellos). Este escenario lleva a sentir a los adolescentes que los padres desatienden sus necesidades emocionales, de la manera que ellos realmente necesitan, aunque los padres discrepen con esa idea y piensen que si suplen sus necesidades en general, que piensen que sí lo hacen. Hay que recordar que las dificultades se abordan en relación a la percepción de dificultad de los adolescentes, no en función a las percepciones de los adultos.

Por otro lado, esto no quiere decir que el apoyo de los compañeros sea enteramente negativo en el mundo adolescente, es importantísimo para ciertos temas, pero cuando aparecen algunas dificultades mayores, que ellos no pueden afrontar, la presencia de los padres es necesaria, sobre todo si empiezan a aparecer características “extrañas” o poco usuales, que podrían significar la presencia de “algo más”.

En tal medida, es vital, entender que estos cambios no se dan de manera repentina, suelen ser progresivos, es por ello que los padres debemos estar pendientes de los cambios, tanto anímicos como conductuales en nuestros jóvenes.

Existen varios trastornos que pueden hacer aparición en esta etapa de desarrollo, que pueden afectar a nuestros adolescentes, como la depresión, ansiedad, trastorno bipolar, esquizofrenia, trastorno límite de personalidad, trastorno de estrés post traumático, trastorno por déficit de atención y otros más. De ser el caso, estos interfieren de manera directa en la vida diaria de nuestros adolescentes y, por supuesto, en la de la familia.

Hay que tomar en cuenta que los adolescentes si notan este malestar en ellos, se dan cuenta que son “diferentes”, y con el afán de sentirse mejor, de “encajar” y parecerse a sus compañeros, muchos de ellos buscan solucionar estos conflictos, “auto medicándose”. En este caso, la auto medicación no se da, precisamente de la manera que lo entendemos, sino se refiere al uso de drogas (legales o ilegales) o conductas totalmente desajustadas y alejadas de la familia, con el fin de olvidarse de esos problemas.

Esta situación puede ser bastante difícil, es por ello que aquí veremos algunas maneras de saber si nuestro adolescente puede necesitar tratamiento en salud mental:

  1. Cambios de humor.
    ¿Cómo podemos estar seguros que un conjunto de cambios de humor pueden indicar alguna enfermedad mental? Sencillo, los papás conocemos mejor que nadie a nuestros hijos, al menos eso se espera. Esto nos asegura que la presencia de cualquier cambio de humor en ellos será detectado a tiempo.
  2. Cambios en el comportamiento.
    La conducta de nuestros adolescentes cambia en la medida que ellos crecen, pero si tu hija o hijo está presentando características totalmente diferentes a lo que conoces de ella o él, y no se relaciona con su crecimiento normal, hay que estar alertas. 
  3. Consecuencias en el colegio y entre amigos.
    En la actualidad, es complicado observar estos cambios, pues sabemos que ahora las relaciones entre compañeros como la asistencia al colegio de manera regular, está interrumpido. A pesar de ello, una enfermedad mental hace que los procesos de aprendizaje se vean afectados, impactando directamente sobre el rendimiento escolar, así como la capacidad para mantener relaciones satisfactorias con los compañeros. 
  4. Síntomas físicos.
    Muchas veces se aprecia una clara disminución de energía, cambios en los hábitos de alimentación y sueño, frecuentes dolores de estómago, de cabeza y espalda. También suele aparecer descuido del aspecto personal y poca higiene, pudiendo ser signos que indiquen algún tipo de problema. 
  5. Consumo de sustancias/conducta auto lesiva.
    Si encuentras algún indicador de drogas o de consumo de alcohol, autolesiones, un desorden alimenticio u otras formas de “escape”, el vínculo con la enfermedad mental puede ser directo. 
  6. Anhedonia.
    Se refiere a la pérdida de la capacidad de disfrute. Con mayor frecuencia los adolescentes comentan que se aburren todo el tiempo y que no disfrutan como antes de las actividades que, tiempo atrás, le eran placenteras, incluyen las actividades de ocio.
  7. Presentan trastornos del sueño. Los adolescentes con síntomas depresivos duermen mal, les cuesta conciliar el sueño o, por el contrario, pueden presentar hipersomnia, es decir, pasarse gran parte del día durmiendo, incluso más de 12 horas.

A pesar de lo preocupante que parezca, las estadísticas peruanas nos dicen que más del 70% de los adolescentes afectados por alguna enfermedad que afecte su salud mental, van a mejorar con el tratamiento adecuado, es decir tratamiento farmacológico y psicoterapia a la par. El problema radica en que el 80% de los adolescentes no reciben ayuda necesaria con respecto a su trastorno o, incluso, jamás reciben el correcto diagnóstico.

Lo peor de todo esto es que si estos trastornos no se tratan, existe una escalofriante altísima probabilidad, que derive en abuso de sustancias, fracaso escolar, bullying (aproximadamente el 30% sufren acoso, mientras que el 20% se convierten en acosadores), trastornos de la alimentación e incluso el suicidio.

Si ves alguno de estos síntomas en tu adolescente, primero, ¡No te asustes! pasa más a menudo de lo que podríamos pensar, segundo, busca ayuda urgentemente para tu hija o hijo. Con una adecuada evaluación, identificación e intervención, todas las enfermedades mentales pueden ser tratadas.

Lic. Katherinne Roncal Soto
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Mi hijo no puede/no quiere ver al psicólogo

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Supongamos que un niño, adolescente o joven estudiante presenta alguna dificultad. Por ejemplo, es desafiante con sus padres o maestros, es agresivo con sus amigos, compañeros o hermanos, su rendimiento académico es bajo, no quiere dormir en su cama, es irrespetuoso o muy celoso o está tomando la costumbre de tomar cosas que no son suyas o miente demasiado o es excesivamente tímido, entre tantas posibles problemáticas.

Llegado a cierto punto de malestar o preocupación, lo que los papás, acertadamente, suelen hacer es acudir con un profesional y consultar por la dificultad en busca de alguna solución. Muchas veces el profesional, al evaluar el caso, recomienda que este hijo vaya a psicoterapia.

Ahora pensemos, ¿qué pasaría si por A o B motivos no es posible que este hijo vaya a su terapia? Pongamos 3 ejemplos cortos:

1) Mi hijo de 18 años no quiere estudiar, no quiere trabajar y tampoco quiere ir al psicólogo. Ya vamos un año así. ¿Qué hacemos para atacar el problema?

2) Mi hija de 15 años se niega a continuar viendo a su terapeuta. Se niega tanto que literalmente hay que sacarla a rastras de la casa, a tal punto que su propia terapeuta ha declarado que ya es inviable el tratamiento con ella.

3) Mi hijo de 8 años ya no puede asistir a su terapia presencialmente debido a la emergencia sanitaria que dura varios meses y que tiene a los chicos sin salir de sus domicilios. El problema es que en nuestra casa no tenemos las facilidades para que siga su terapia por videoconferencia (cuestiones de espacio, de intimidad, de conexión, etcétera). ¿Qué hacemos? ¿Nuestro hijo se queda sin terapia?

Una alternativa

Felizmente no, no es necesario que tu hijo se quede sin ser atendido. Una de las alternativas para este tipo de situaciones es que el niño, adolescente o joven sea atendido a través de sus papás. Esto significa que, ante la imposibilidad de que el menor o el joven reciba la atención terapéutica directamente, sean sus papás los que entren en terapia, no para tratar sus asuntos personales, sino para tratar los asuntos de su relación con su hijo.

Podemos entender esta alternativa como una psicoterapia parental o una psicoterapia basada en la crianza. Los papás acuden a terapia para optimizar su relación y sus estilos y estrategias de crianza con el apoyo del profesional. Es a través de la intervención en la crianza de sus papás que se apunta a la mejora de la problemática del hijo, pudiéndose obtener los mismos resultados que con el trabajo directo con el niño o adolescente.

¿Por qué esto funciona?

Ya lo decía el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, “no existe tal cosa como un bebé”. No existe un bebé porque un bebé no puede existir sin su mamá (entiéndase, sus criadores), es un ser completamente dependiente que sin esas otras personas no puede sobrevivir. Un niño, un adolescente, un joven estudiante que depende aún de sus papás o apoderados, no se puede entender como una entidad autónoma. Su vida está entrelazada con las de aquellos de los que depende. Por eso, su salud psicológica también está determinada por esa relación, así como lo están otros aspectos de su vida, como su educación o su alimentación. Es por esta relación de dependencia que es posible que mediante el trabajo psicológico con los padres o apoderados se puedan alcanzar los mismos objetivos que con el trabajo directo con ese hijo, niño, adolescente o joven.

Un ejemplo

Pongamos un ejemplo muy esquemático y sencillo, solo para entender nuestro punto: tenemos una mamá separada que vive con sus dos hijos, uno de 2 años y uno de 5. El hijo de 5 años está muy alterado, irritable, no quiere dormir en su cama, exigiendo constantemente dormir con su mamá, y cuando duerme en su cuarto se está volviendo a orinar en el colchón. Además está muy agresivo con su hermano menor. La mamá está muy preocupada y no entiende qué le pasa a su niño. El psicólogo recomienda que este niño pase por una terapia psicológica, pero es imposible debido a su edad, a las condiciones de confinamiento por la pandemia, a los materiales o a la conexión.

Se decide que sea la mamá la que ingrese a una terapia telefónica u online centrada en la crianza de sus hijos. Ahí se ve que el hijo menor estaba durmiendo en el cuarto de la mamá, que, tal vez debido a la separación con el padre, no se hizo el cambio a su propia habitación tiempo atrás, como sí sucedió con el hijo mayor, desatando los celos y la sensación de exclusión en este niñito de 5 años, algo que esta mamá no se estaba dando cuenta. Entonces, la mamá y el terapeuta diseñan un proceso, una serie de acciones destinadas a subsanar esta situación, ordenando de la manera más conveniente el tema de los cuartos en la casa y estabilizando paso a paso la relación entre estos 3 miembros de la familia.

Para recordar

En conclusión, si tu hijo no puede (o no quiere) asistir a su terapia o a su psicólogo por alguna razón, y ves que dejar las cosas así sería perjudicial, tienes la alternativa de ser tú quien lo haga y, a través tuyo, permitas al profesional trabajar la problemática de tu hijo. Serías tú quien esté en terapia, no porque tú tengas “el problema”, sino porque estás buscando que a través tuyo, tu hijo logre resolver las dificultades que te hacen sentir preocupación.

 

Diego Fernández Castillo
Psicólogo – psicoterapeuta
Colegio de Psicólogos del Perú 19495
diego.fernandezc@pucp.edu.pe

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