Sociólogos galardonados

Como sabemos los sociólogos, nuestra ciencia está de plácemes, pues a principios de año el Premios Príncipe de Asturias, en el área de Comunicación y Humanidades recayó en dos sociólogos notables. Me refiero a Alain Touraine y Zygmunt Bauman; es decir, a través de este doble galardón lo que se reconoce (por lo menos así lo quiero entender), es que la nuestra, la sociología, es la ciencia que sigue marcando las pautas para entender nuestra sociedad, cada vez más compleja o fascinante, según como se la viva o sienta.

Comparto con ustedes los discursos que ofrecieron ambo sociólogos en la ceremonia de la premiación, ocurrida el 22 de octubre pasado.

Discurso pronunicado por Zygmunt Bauman.- Alteza Real, Sr. Presidente de la Fundación Príncipe de Asturias, damas y caballeros: Hay muchas razones para estar inmensamente agradecido por la distinción que me han concedido, pero tal vez la más importante de ellas es que hayan considerado mi obra dentro de las humanidades y como una aportación relevante para la comunicación humana. Toda mi vida he intentado hacer sociología del modo en que mis dos profesores de Varsovia, Stanislaw Ossowski y Julian Hochfeld, me enseñaron hace ya sesenta años. Y lo que me enseñaron fue a tratar la sociología como una disciplina de las humanidades, cuyo único, noble y magnífico propósito es el de posibilitar y facilitar el conocimiento humano y el diálogo constante entre humanos.

Y esto me lleva a otra de las razones cruciales de mi alegría y mi gratitud: el reconocimiento que han otorgado a mi trabajo proviene de España, la tierra de Miguel de Cervantes Saavedra, autor de la novela más grande jamás escrita, pero también, a través de esa novela, padre fundador de las humanidades. Cervantes fue el primero en conseguir lo que todos los que trabajamos en las humanidades intentamos con desigual acierto y dentro de nuestras limitadas posibilidades. Tal como lo expresó otro novelista, Milan Kundera, Cervantes envió a Don Quijote a hacer pedazos los velos hechos con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan el mundo que habitamos y que intentamos comprender. Pero estamos destinados a luchar en vano mientras el velo no se alce o se desgarre. Don Quijote no fue conquistador, fue conquistado. Pero en su derrota, tal como nos enseñó Cervantes, demostró que «la única cosa que nos queda frente a esa ineludible derrota que se llama vida es intentar comprenderla». Eso fue el gran descubrimiento sin parangón de Miguel de Cervantes; una vez hecho, jamás se puede olvidar. Todos los que trabajamos en las humanidades seguimos el camino abierto por ese descubrimiento. Estamos aquí gracias a Cervantes.

Hacer pedazos el velo, comprender la vida… ¿Qué significa esto? Nosotros, humanos, preferiríamos habitar un mundo ordenado, limpio y transparente donde el bien y el mal, la belleza y la fealdad, la verdad y la mentira estén nítidamente separados entre sí y donde jamás se entremezclen, para poder estar seguros de cómo son las cosas, hacia dónde ir y cómo proceder. Soñamos con un mundo donde las valoraciones puedan hacerse y las decisiones puedan tomarse sin la ardua tarea de intentar comprender. De este sueño nuestro nacen las ideologías, esos densos velos que hacen que miremos sin llegar a ver. Es a esta inclinación incapacitadora nuestra a la que Étienne de la Boétie denominó «servidumbre voluntaria». Y fue el camino de salida que nos aleja de esa servidumbre el que Cervantes abrió para que pudiésemos seguirlo, presentando el mundo en toda su desnuda, incómoda, pero liberadora realidad: la realidad de una multitud de significados y una irremediable escasez de verdades absolutas. Es en dicho mundo, en un mundo donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados a comunicar y de ese modo, a vivir el uno con y para el otro.

Esa es la tarea en la cual las humanidades intentan ayudar a nuestros conciudadanos; al menos, es lo que deberían estar intentando, si desean permanecer fieles al legado de Miguel de Cervantes Saavedra. Y por eso estoy tan inmensamente agradecido, Alteza y Sr. Presidente, por distinguir mi trabajo como una contribución a las humanidades y a la comunicación humana.

Alain Touraine.- Majestad, Altezas, Excmas. Autoridades, Señoras y señores: Permítanme, antes de todo, agradecer muy profunda y sinceramente a la Fundación Príncipe de Asturias por haberme elegido conjuntamente con el profesor Zygmunt Bauman como laureado del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y pedirle que transmita mi agradecimiento a todos aquellos y aquellas que han participado en el proceso de selección de los galardonados y en la organización de esta ceremonia.

Aún más, quisiera aprovechar esta oportunidad para manifestar aquí mi admiración por la cultura hispánica, por el español como idioma que intento respetar, y reconocer mi deuda con ella tanto en España como en Hispanoamérica, donde he pasado varios años de mi vida, en Chile primero, después en casi todos los países y, más recientemente, con una mención especial, en México.

La verdad es que me identifico fuertemente con el mundo latino. Italia, España e Hispanoamérica, Portugal y Brasil, sin olvidar por supuesto Francia. En esta parte del mundo, al lado de las creaciones y de los conflictos que han caracterizado la modernización occidental, se mantuvieron fuerzas de producción, de dominación que existieron en los aspectos más dinámicos del mundo moderno. Por eso, el pensamiento social en estos países se hizo más político que económico y dio más de una vez lugar para movimientos revolucionarios más que para transformaciones negociadas. Pero hoy, cuando el futuro de todos los europeos se hace más incierto, es necesario que, sin renunciar al trabajo crítico, que es una parte vital de las Ciencias Sociales, nos comprometamos con la misma pasión a defender y ampliar lo mejor que hayamos ofrecido al mundo, la pasión de la razón y el respeto de los derechos universales de todos los seres humanos y en primer lugar de todos aquellos y aquellas a quienes le fueron negados estos derechos.

La tradición cristiana, el espíritu de la Ilustración y los grandes movimientos de liberación en la vida privada como en la vida pública se han unido, por encima de sus conflictos entre sí, para defender este universalismo. En un mundo policéntrico y móvil, nuestro futuro depende, en gran medida, de nuestra capacidad de combinar la defensa de la pluralidad de las culturas con el universalismo de los derechos fundamentales políticos, sociales y culturales.

Por eso agradezco profundamente a Su Majestad, Sus Altezas, al Presidente de la Fundación y a todos por haberme dado esta oportunidad de presentar aquí durante esta magnífica ceremonia una de mis mayores razones de trabajar y de vivir.

Gracias.

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