El colapso de Arequipa

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Admitámoslo: Arequipa, nuestra ciudad, ha colapsado desde el punto de vista urbano. Lo vemos, vivimos y sufrimos todos los días: congestión vehicular, desorganización urbana, invasiones por doquier, caos generalizado en las llamadas “horas puntas”, etc. Si a eso se le suma la improvisación, falta de criterio o una mínima política comunicativa de nuestras autoridades ediles al hacer sus “obras”, y también nuestras tradiciones religiosas (procesiones) y también las políticas (las ritualísticas “marchas populares”), entonces tenemos una ciudad que por momentos es invivible.

La modernidad maquillada de los malls o grandes centros comerciales, inaugurados desde el 2010, trajeron para Arequipa no sólo marcas, luces y vitrinas que nos trasladaba al 9 de julio de Buenos Aires, a Broadway de Nueva York, o a la Gran Vía de Madrid, sino también generó una sensación de innovación y progreso que nos hizo sentir que ya estábamos en el primer mundo. Sin embargo, a los pocos días de funcionamiento, estos malls nos refregaron el colapso en que se encuentra nuestra ciudad; es más, pareciera que más que ponerla en vitrina, estos grandes centros comerciales la agudizaron más.

¿Cómo es que hemos llegado a esta situación? ¿En qué momento la conventual y románica Arequipa se convirtió en este desmadre que es hoy? De seguro que los arquitectos y urbanistas tendrán una mejor respuesta, pero desde las ciencias sociales sabemos que situaciones como esa no ocurren de un día a otro, sino que son procesos. Desde esa óptica, debemos asumir que el diseño colonial de Arequipa de hace cuatro siglos, poco varió cuando en el ya entrado el siglo XX tuvo que rediseñarse para enfrentar su modernización que se produciría con su sueño industrial y urbano, gran aspiración de la Arequipa de los cuarenta. Ese pobre rediseño colapsó con el fenómeno del “desborde popular”, como lo llamó Matos Mar; es decir, la oleada migratoria del campo a la ciudad que ocurrió en todo el país y del cual Arequipa no estuvo ajena.

De ese momento al actual, la historia es ya conocida: autoridades, principalmente ediles, sin visión de futuro y menos con criterios urbanos; políticos y/o líderes traficantes de votos por terrenos o propiedades vía invasiones; masas populares o “nuevos arequipeños” protestando y reclamando por mejores condiciones de vida, pero populistamente; es decir, servicio gratuito. Todo este coctel ha devenido en lo que señalamos líneas arriba: el colapso de la ciudad.

Dicho colapso recién empieza a manifestarse y parece que se agudizará, pues según el último censo del INEI, en Arequipa ciudad, está concentrada el 93% de toda la población regional. Es decir, desde hace veinte años viene dándose un proceso migratorio interno imparable, que convierte a Arequipa en un caso único a nivel nacional, ya que está haciendo que sea una ciudad eminentemente urbana. Si le añadimos el componente minero, en términos económicos eso la hace mucho más atractiva para las inversiones que se vienen dando sistemáticamente y que ha desembocado en lo que he llamado “la nueva revolución de Arequipa”.

Dicha “revolución” es comercial y rentista, llegando al extremo que hoy una casa o un terreno, si lo hubiera, tiene precios estratosféricos. Somos pues, parte del boom inmobiliario y de la frenética carrera de la construcción. Está bien que eso suceda, lo malo es que es una carrera solitaria, notándose cada vez más la gran ausencia del gobierno, tanto local como regional.

En otras palabras, como nunca, el capital está haciendo su tarea para modernizar nuestra ciudad. Quien ha dejado de hacerla son nuestras autoridades políticas. Entonces, somos espectadores del desencuentro o falta de diálogo entre las dos lógicas de desarrollo que viene experimentando Arequipa: mientras el capital ha llegado con su halo de contemporaneidad, propia del siglo XXI, nuestras autoridades políticas siguen con el estilo cuarentero y, lo que es peor, atravesado por los males de la miopía, ignorancia y corrupción en sus gestiones. En otras palabras, nuestras autoridades políticas tienen en gran parte la responsabilidad del actual colapso de la ciudad.

Urge pues, un remedio inmediato que tiene que ver con el rediseño de la ciudad que responda a los retos que le ha planteado la lógica del capital: una Arequipa inserta en el mundo de la globalidad comercial que reclama mejores vías, un mínimo de orden y con servicios básicos también mínimamente satisfechos para una población que seguirá creciendo seducidos, justamente, por esa modernidad y oportunidades para una mejor calidad de vida. Pero a la vez, ese rediseño tiene que saber conjugarse con nuestra rica historia y tradición que nos ha convertido en Patrimonio Cultural del Mundo. Ese el reto de nuestras autoridades políticas, que debieran saber consensuar esfuerzos con el capital, empresas, universidades y sociedad civil para lograr lo que está pendiente luego de la revolución comercial y rentista que está viviendo Arequipa: la revolución del desarrollo social.

Obviamente, el reto no lo asumirán las actuales autoridades. Han demostrado en demasía mucha incompetencia, y si quieren hacerlo, ya es muy tarde porque dentro de poco estarán “de salida”. En ese sentido, hay que pensar en el próximo periodo, o mejor dicho en los próximos periodos, pues sacar del colapso a nuestra ciudad requerirá varios años, siendo el 2015 el año en que hay que empezar a sentar las bases para concretar las obras que están allí, durmiendo u oxidándose por la incapacidad dirigencial de hoy: Puente Chilina, Sistema Integrado de Transporte, etc.

Urge pues, ir pensando en cómo ponemos en agenda pública el tema de rediseño citadino de Arequipa; es decir, cómo hacemos que la gente de a pié empodere ese tema para que en las próxima elecciones no se deje embaucar por candidatos que volverán con sus discursos cuarenteros o sesenteros. Poner en los sillones ediles y regionales a esos políticos significará alargar la agonía de nuestra ciudad. Y creemos que Arequipa no se lo merece.

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