La descentralización en marcha

Tú tienes que estar de todas maneras, sentenció con dureza María Elena, una de las diligentes secretarias de Juan Manuel Guillén. Se refería a la reunión que iba a realizarse en el Gobierno Regional con al Secretaría Nacional de Descentralización. El motivo: evaluar en qué va este proceso trascendental para el Estado peruano.

Aunque, a mi parecer, la reunión era demasiado temprano (2:30 p.m.), la mayoría de convocados estaba allí presente: el presidente del GRA, el vicepresidente de Madre de Dios; autoridades regionales y locales y miembros de la sociedad civil, además de los llegados de la Secretaria de Descentralización y los ejecutivos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que desde el 2002, año que el proceso de relanza, ha venido apoyandolo decididamente.

Justamente ese apoyo se ha traducido, entre otros, con investigaciones por demás sugerentes. Por ejemplo ya viene circulando Poder y Cambio en las regiones, la décimo quinta entrega que hace la PNUD dentro de la Serie Desarrollo Humano que publica en asociación con el IEP. Este número ha sido coordinado por el gran Julio Cotler; por tanto, su sola mención garantiza un material de primera.

Para muestra, sólo quiero compartir una breve parte que trata, precisamente de Arequipa, pero todo el contenido lo pueden bajar cliqueando aquí.

2.3. La política institucional: El liderazgo de Guillén como factor de institucionalización en un escenario desestabilizadorComparada con otras, Arequipa es una sociedad muy politizada, en la que al mismo tiempo los partidos han ido perdiendo progresivamente influencia. Sin embargo, este distanciamiento parece obedecer a razones más inmediatas como la evaluación de la gestión de Vera Ballón perteneciente al Partido Aprista Peruano, anterior presidente regional.

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El peso de las tradiciones institucionales arequipeñas hace que no tenga cabida la imagen del outsider que emerge por fuera del sistema político y consigue imponerse. Desde un punto de vista convencional, puede interpretarse en esta última línea la ubicación en la que se encuentra Juan Manuel Guillén, en tanto pareciera que los límites de su organización son los límites de su liderazgo. Su trayectoria, al igual que el estilo de su desempeño, lo apartan de esta primera caracterización. Ha sido por años una personalidad política y social, su alejamiento de los partidos políticos responde probablemente más a la debilidad de éstos, a la falta de incentivos para integrar una de estas organizaciones que a una prédica antipolítica del actual presidente regional.

Su capacidad de convocatoria tampoco se explica por no seguir reglas formales, o por reclamar una vigencia que se legitime desde una posición marginal e impugnadora. Su gestión se orienta a la reconstrucción de instituciones políticas y de la sociedad civil; cumple tareas de mediación pero no en el modo de quien articula provisionalmente actores diversos en una coyuntura crítica o en una campaña electoral. Lo que hace es un ejercicio político tradicional de toma de decisiones, pero se asegura que estas tengan un consenso sustantivo, se apoya en un competente personal técnico y administrativo que le otorga seguridades, pero en buena medida los recluta una vez advertida la disposición de ellos para dialogar con los distintos actores que gravitan en el espacio regional.

Durante los años noventa, en medio de un régimen autoritario, el titular del Ejecutivo buscaba establecer vínculos directos con grupos de población y, a diferencia del clientelismo tradicional, no procuraba articularlos. Un conjunto de autoridades beneficiadas por mayores recursos en el corto plazo facilitaban adhesiones al régimen. El control de los medios de comunicación destinado a los sectores populares y las campañas de desprestigio ejercidas contra los líderes políticos mantuvieron por muchos años el cuestionamiento al régimen fuera de la opinión pública.

El pueblo de Arequipa ha tenido a lo largo de su historia reiteradas expresiones de rebeldía con relación al Ejecutivo, sobre todo si éste manifestaba tendencias centralistas. En el período reciente, salvo en la provincia de Camaná, no ha llegado a existir un núcleo político fujimorista relevante. Es precisamente en la ciudad de Arequipa que Fujimori recibe en 1997 la primera manifestación pública y explícita de rechazo durante la inauguración oficial del estadio de la Universidad Nacional San Agustín (UNSA). Juan Manuel Guillén fue el rector de la UNSA que logró la construcción del estadio universitario sin apoyo del gobierno central. No es de extrañar que se convirtiera en un símbolo de la rebeldía arequipeña.

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Juan Manuel Guillén es elegido en 1998 alcalde provincial de Arequipa y como se advertirá en el capítulo dedicado a los conflictos políticos, es desde esa calidad que lidera el movimiento en contra de las privatizaciones de las empresas EGASA y EGESUR, situación que lo volvería luego una figura política de relevancia regional y nacional. El liderazgo de Guillén ha permitido que en situaciones de alta conflictividad, como el llamado Arequipazo del año 2002, se encontraron salidas negociadas por canales con un mínimo de institucionalidad. Su aparente radicalismo, o en todo caso su capacidad para identificarse y representar la sensibilidad popular, ha servido como elemento de contención de alternativas más violentas o por fuera del sistema democrático. Ha construido esta imagen a través de una práctica dialogante y a la vez de contundencia en sus decisiones finales. Mantiene una buena relación con las organizaciones y dirigentes del Frente Amplio Cívico de Arequipa (FACA) a la vez que tiene una comunicación fluida y muy respetuosa con los representantes de la Cámara de Comercio de Arequipa, que agrupa a las principales empresas de la región.

La única excepción parece ser con quienes en su discurso y forma de actuar parecen no apostar por un juego institucional sistémico. Guillén parece ser consciente de las diferencias sociales y económicas en Arequipa y ha generado un discurso y una práctica integradoras. Desde su aparición asumiendo la dirección del Arequipazo en sus momentos decisivos, ha logrado que diversos sectores sociales tengan una identificación con él. La fractura entre arequipeños tradicionales y los migrantes o hijos de migrantes, más clara desde 1960, ha sido enfrentada por él a través de un imaginario integrador.

Hasta ahora se ha vuelto una ventaja para Guillén la inexistencia de otros liderazgos, ya sean individuales o colectivos. Los partidos políticos nacionales con presencia en el departamento no tienen mayor influencia en el devenir de la política local y muchos de ellos son mirados por la población como ajenos a su realidad, en parte por la incapacidad o la poca disposición de presentar alternativas claras y viables acerca de los problemas que afectan al departamento. Esta especie de «vaciamiento» de contenido en lo propositivo de los partidos alcanza a las organizaciones sociales, que tampoco llegan a plantear una verdadera oposición a la gestión actual.

La influencia de Guillén ha sobrepasado las fronteras de su departamento y llega a Moquegua y Tacna. Esta suerte de mercado macro regional es fundamental en lo que se entiende como perspectiva para el desarrollo de Arequipa y una manera de hacer contrapeso al centralismo limeño. Conviene recordar que en la ciudad de Arequipa ganó el Si, cuando se planteó el referéndum de integración de departamentos (2005), hecho que reviste más fuerza porque fue el único sitio en el que esta iniciativa tuvo un voto afirmativo. Lo contradictorio es que Guillén se

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vuelve un regionalista sin un movimiento regional ya que no hay ninguna expresión orgánica que le dé soporte a esta influencia personal. En efecto, el actual presidente regional no ha construido un espacio político de actuación en la vida pública que responda a las lógicas convencionales o clásicas de hacer política. Esto le permite un nivel de discrecionalidad mayor ya que sus allegados entienden que su propia existencia política depende de la cercanía al líder, reduciendo los espacios de crítica, discrepancia o fiscalización de la gestión. Guillén hace entonces en la dinámica establecida un juego en el que oscila entre la eficacia y el cálculo instrumental de corto plazo, decide qué tipo de proyectos debe emprenderse y a la vez el acercamiento o no a determinadas demandas locales. Su empatía con la población y la buena relación con las organizaciones sociales le permiten contar con márgenes de previsión de eventuales conflictos sociales, interviene a veces antes que se precipiten probables desenlaces extremos, controlando la situación. Esta capacidad de ser puente entre actores tradicionalmente contrapuestos o sin mayor comunicación, o entre el gobierno y la población, le da un capital político que por lo pronto parece intransferible generando trabas para un reemplazo ordenado del poder en Arequipa.

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