Reflejo

Tarde, casi noche, de un domingo cualquiera. Caímos a Piazza de Caminos del Inca. El pretexto fue que ya mucha Linterna y además había una promoción con alitas infinitas que me parecía atractiva. Nos sentamos y empezamos a hablar de la carta, de las pizzas. El mesero se acercó a tomar la orden y yo dije “a lo que vinimos” y ella me miró como si estuviese chiflado pero luego sonrió así que sentí que todo bien.

Siempre he pensado que después de pedir los platos es regla general observar a detalle a los demás clientes. Solo había otros dos, ambos no tendrían más de 35 años, la mujer era guapa y con facciones serias y el tipo tenía la mirada de a quien todo le resulta indiferente. Notamos que no comían, solo hablaban. Ella me susurró que ese par estaba discutiendo y yo iba a comentar algo al respecto pero preferí cambiar de tema y hablar sobre la decoración de ahí dentro.

Llegan las alitas. Son malas y dije que sorry por el lenguaje pero que eran una buena mierda. Ella respondió que ahora todo tiene sentido, que es fácil ofrecer alitas ilimitadas si el comensal nunca va a pasar de una porción. Recuerdo que después de eso seguí comiendo un poco más y ella me preguntó por qué seguía comiendo y le dije que yo tampoco entiendo. Nos empezamos a reír y en eso estábamos cuando empezó el cambio. Suena el chirrido brusco de una silla moviéndose. En la otra mesa ocupada la mujer está de pie y le va diciendo algo al tipo mientras agarra su bolso. Él también se levanta pero se mantiene callado. La mujer sale, el tipo se limita a observarla y luego vuelve a tomar asiento. Lo último que veo antes de retornar a mi plato es que un mesero hace entrar al vigilante y le susurra algo.

Ella me mira. Le digo que voy a interrumpir mi análisis culinario para abordar temas de mayor relevancia. Se alegra, a ambos nos gusta rajar. Invento una historia sobre qué derivó en esa pelea y en eso nos distraemos. Llega la pizza, está bastante bien, para qué.

El tipo de la otra mesa nos empieza a observar. Nosotros intentamos seguir en lo nuestro, hace rato que dejamos de hablar de él y su lío, así que no hay necesidad de disimular o cambiar de tema. Pide su cuenta; por fin, pienso, que se vaya y deje de estar mirándonos. Se levanta, pero en vez de salir viene hacia nuestra mesa. Paramos de conversar. El tipo nos saluda y con voz entrecortada pregunta si puede acompañarnos un momento. Me toma unos segundos responder pero le digo que nos disculpe, que estamos ocupados. El tipo dice que descuide, que entiende. Veo un rostro hundido, rendido. Puedo jurar que es un imbécil y que él sabe que es un imbécil, pero para cambiar le falta la voluntad suficiente. Desde ese día y sin razón válida alguna sé que si existen personas así entonces esa es la mirada que llevan cuando la arruinan. El tipo se dispone a irse y entonces le pregunto si me permite un consejo. Claro, responde. Le digo que siempre es bueno evaluar si el problema es uno mismo, y que si esa es la sospecha pues mejor caminar y no detenerse hasta tener una respuesta en limpio. Él me agradece y yo le sonrío y le digo que de nada y que se cuide.

Ya con el tipo fuera hago un par de comentarios sueltos pero ella solo me mira. Le pregunto si todo bien. Me responde que lo que hice ha sido un poco irresponsable, que ese hombre pudo ser un loco o un drogado y que no sabemos qué es capaz de hacer un estúpido si está ofuscado. Es cierto eso, reconozco, pero desde un inicio le dejé en claro que no podía sentarse con nosotros, y si le di un consejo fue para que se vaya tranquilo. Ella sostiene que solo debí decirle que por favor nos deje comer y no darle cuerda. Y además que nadie pidió mis consejos.

Pienso que no ha sido tan grave pero mejor quedarme en silencio. No quiero otra discusión más sobre cómo yo no tomo en serio las cosas. Intento cambiar de tema pero ella me pregunta si ya nos vamos. No hemos terminado de comer pero atino a decir que sí, claro.

Llegamos a su casa. Detesto las despedidas incómodas así que le pido disculpas por lo sucedido. Me dice que bueno, que ya está hecho y baja del carro antes que pueda acercarme. Quiero decir algo más pero me quedo viéndola mientras ingresa a su edificio.

Vuelvo a Piazza. Miro el local. Sitio de mierda, pienso. Pero no es el lugar el problema, tampoco el tipo, eso recién lo voy entendiendo. Veo al vigilante y me gana la curiosidad. Le pregunto por el tipo. Me señala un auto, me dice que lo dejó y se fue caminando.

Yo también hago lo mismo.

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