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30

2014. Parque Kennedy. Vamos saliendo ya varios meses. El plan siempre es ver una película pero nunca terminamos entrando al cine. Ese día ella habla mucho sobre laceados (“¿brasileño o japonés?”) y yo para contrastar las cosas le cuento que mi cabello tiene una vida útil de 7 años, pues en mi estirpe la calvicie empieza con fuerza a los 30. Se ríe. Me dice que falta mucho. Sonrío. Es verdad, falta mucho.

2016. Reunión familiar. Es un cumpleaños especial para mi abuela y esta vez todo el mundo ha venido. Veo de nuevo a un primo lejano que siempre me cayó bien cuando yo era niño. Hablamos, recordamos viejos tiempos. Hay un punto en que me cuenta algo que no llego a captar bien, y me dice que “ya cuando tengas 30 años entenderás”. Me río; es cierto, si yo tengo 25 él ya está en 30 o 31. Le pregunto que qué se siente cargar con tres décadas, y me dice sonriendo que no me preocupe, que también me va a tocar.

2018. Bar Público. Es temprano, se puede hablar sin alzar la voz. Voy un par de chelas y me acerco a caja para comprar más cerveza. Aprovecho para pedir que pongan una canción —dame un poco de trago y me vuelvo levemente conchudo—. Vuelvo a la mesa, los demás están rajando de un tipo. Escucho algo y me desconecto un poco, esa historia ya me la han contado. El relato termina. “Y ese cojudo cuántos años tiene?”, pregunta uno. Yo, que lo conozco, respondo que 31, y después de un silencio infinito de dos segundos, alguien añade “ya está viejo ese huevón”.

2020. Consultorio. Le entrego al doctor el examen de rayos X que me pidió. Él observa y me dice que en efecto, mis articulaciones ya están un poco desgastadas. No es la primera vez que converso con este tipo, ya hace tiempo que por él uso zapatillas especiales, caliento 15 minutos antes de correr, evito cargar peso. Él termina de revisar los resultados y me dice que definitivamente debo suavizar mi rutina. Me pregunta mi edad. Yo respondo que 29. Y me dice que lógico, que ya a partir de ahora todo es cuesta abajo.

2021. Aviación, Angamos. Ya no falta nada. Contrariamente a mis pesimistas expectativas, aún tengo cabello. ¿Qué ha cambiado que ahora todo es distinto? Pienso en el fin del mundo (¿de mi mundo?), hago un recuento de lo que he hecho, de lo que he vivido. Viajo al pasado y extraigo algunos recuerdos. Estos que ahora son una antesala para expresar lo que siento.

Sigo caminando, en la ruta un señor vende espejos de cuerpo completo. Me acerco, me miro. Sí, es cierto, ya no soy el mismo. El señor me pregunta qué me preocupa. Sonrío y le agradezco. Y es ahí que entiendo que hoy he estado equivocado, errado por pensar hacia atrás todo el tiempo. Que la vida y las cosas que le darán sentido están también adelante. Que valorar la juventud no puede significar estar triste por perderla. Y que una nueva etapa también es una oportunidad para empezar de cero.

Disruption

Domingo 11 de abril de 2021. Despiertas y sabes que este día versará sobre un único tema. Te levantas a preparar el desayuno. Prendes la tele, quieres ir escuchando los noticieros matutinos.

Siempre tuviste claro que irías a votar. El covid es un peligro pero igual irás. Tu turno es a las 11:00; y mejor así, mejor temprano que tarde. Tratas de pasar el tiempo con una película en netflix. No la terminas. Pausas a cada rato para ver las últimas noticias en redes sociales. Hoy no es posible concentrarse.

Pero el tiempo avanza, siempre. Faltan 10 minutos para las 11:00 y ya tienes todo listo para salir. En la calle hace calor y todavía no te acostumbras al protector facial  —nunca lo harás— pero nada de eso te amilana. Hoy vas a votar.

Llegas al local. La cola es larga y la espera es incómoda. Te impacientas, quieres acabar con esto de una vez. Piensas que todo sería mejor si fueses de los apolíticos, pero bueno, qué le vamos a hacer.

Por fin tu turno. Entregas tu DNI y te dan la cédula. Llegas a la cámara secreta de votación y abres la cédula. Algo raro pasa. No está tu candidata. Tampoco encuentras a los otros candidatos. En el papel ves las caras de PPK, Toledo, Ollanta y el resto de tipos que participaron en otro tiempo.

Algo no está bien, piensas. Vas a la mesa y le dices al presidente que hay un error en la cédula. El presidente no tiene ganas de hablar y mucho menos de escuchar. Coge la cédula, la rompe y te da otra. Vuelves a la cámara secreta de votación.

Esta cédula es igual que la anterior.

Tienes miedo. No sabes qué hacer hasta que en la cola alguien pregunta cuánto tiempo más vas a estar pensando. Vas a la mesa y entregas la cédula doblada y sin haber marcado nada. Te entregan tu DNI, pero no es blanco, es azul. Te hunden un dedo en tinta morada y luego te dejan ir.

Sales y sientes vértigo. Todo se ve distinto. Para empezar nadie lleva mascarillas. Nadie tiene alcohol, la gente se junta como si no hubiese virus. En la tele de un restaurant escuchas decir que Castañeda en segunda vuelta le gana a todos, pero que eso hoy no le servirá de nada.

Sacas tu celular. Es tu celular, o mejor dicho, fue tu celular hace mucho tiempo. Sientes que la lucidez se te está yendo. No queda mucho tiempo. Por suerte ves una tienda de periódicos y buscas la fecha en El Comercio. Preguntas al vendedor si es el diario de hoy, y te dice que cómo no va a ser el de hoy.

Por fin entiendes. Esto es real, esto es verdadero. Hubo un error en la simulación, es 10 de abril de 2011 y tienes una oportunidad para hacer todo de nuevo.

Maturity

Segundo año de universitario. Mi vida era principalmente la PUCP pero no solo la PUCP. Tenía algunos amigos en la de Lima y al menos una vez al mes nos juntábamos a conversar y a perder el tiempo.

Recuerdo que eran las 7 p.m. de un jueves. Salíamos de jugar play por la rotonda de La Molina y cada uno tomó su camino. Yo paré en una bodega y compré una gaseosa retornable. Estaba en eso, tomando inca kola y pensando en tonterías cuando me tocaron el hombro.

Era J., un compañero del colegio. Compañero, no amigo. Y digo esto porque en realidad nos llevamos mal. Nunca lo pasé en el colegio, me parecía un imbécil y estoy seguro de que era recíproco. De cuando en cuando teníamos roces e incluso alguna vez nos mechamos (yo perdí pero sin roche, que es lo importante). Si estando en 5° de secundaria me lo cruzaba en la calle ni lo hubiera mirado. En fin, cojudeces de niños.

J. me saludó de forma adulta (“Chino qué tal, a los años”). Y yo, sorprendido, atiné a decir hola y todo bien. Tres segundos de incomodidad. Me preguntó si estudiaba en la ISIL —está cerca a la rotonda— pero le dije que no y que en la PUCP. Me dijo algo del estilo “la PUCP? chévere” y me habló de sus estudios. Estaba en la USIL, estudiando administración y pues había un par de cursos jodidos pero por lo demás todo bien.

Le dije que qué bacán y le pregunté por ciertos patas de la promo. Me habló de algunos de ellos y me dijo que muchos caían al cole en la Kermesse. “Cae este año webón, el año pasado fue un cague de risa”. Yo le dije que fácil, que podía ser.

Terminé mi gaseosa y devolví la botella a la bodega. J. me dijo que qué bacán cruzarnos y que no deberíamos perder el contacto. Me pidió mi número y se lo pasé, y en un atisbo de decencia yo también le pedí el suyo (“te timbro”, fue su respuesta). “Cuídate chino”, me dijo, y nos dimos un semi abrazo propio de dos amigos.

Ya en el micro, recuerdo que pensé “puta, ha madurado este webón”.

Y me pregunté si de mí podía decirse lo mismo.

Génesis

Acababa de entrar a quinto de secundaria y empecé a prepararme para postular a San Marcos. Terminaba clases en el colegio y salía rumbo a la academia Aduni. Llegaba, almorzaba y luego me estancaba junto con otros 40 tipos en un aula apretada hasta las 7 de la noche. Así de lunes a viernes y así en teoría iba a ser siempre hasta la fecha del examen de admisión.

Yo en ese entonces tomaba el tema con algo de seriedad. Escoger una carrera específica me daba igual porque pensaba que iba a ser novelista,* pero entrar a la universidad sí me parecía importante, pues era una suerte de continuación de la vida que ilusamente proyectaba. Participar en grupos de estudio de literatura (y de política), escribir artículos de crítica, ganar concursos universitarios. En fin, toda una gama de experiencias que exigían como requisito de entrada ser estudiante universitario.

Y en cuanto a qué universidad, podía ser cualquiera de las públicas. Un año antes, mi papá habló con un tío mío que tenía a dos hijos en la Ricardo Palma. “Es caro”, fue la conclusión de esa conversación. Ni modo, sería San Marcos. Yo, que crecí con amigos de barrio que postulaban a la Agraria, a la UNI o a la misma San Marcos, veía a esta última como una opción perfectamente natural.

Pasaron varios meses así, estudiando sin sobresaltos. Pero un día, mientras estaba en el micro rumbo a mi casa desde la academia, me llamó mi mamá. Recuerdo que estaba escuchando Nid de Diazepunk y que la pausé para contestar. Ella solo quería saber si ya estaba yendo a casa. No le di más vueltas a la llamada y volví a la música.

Llegué a mi casa. Usualmente comía solo, pues para mi llegada ya todos habían cenado. Ese día mi papá estaba sentado en la cocina y mi mamá le preguntaba sobre créditos y referencias. Dejé mis cosas y pasé a la cocina.

En esa reunión mi papá me dió el anuncio más importante hasta ahora en mi vida. Anunció la experiencia que me ha formado como persona, la que me ha dado los mejores años que he vivido, la que me ha abierto todas las puertas que he alcanzado y sin la cual no creo que sería el que soy hoy día.

En esa reunión mi papá dijo, “vamos a hacer un esfuerzo para que estudies en la católica”.

 

*Sobre este tema me remito a un post mío en facebook.
https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=1679585682142465&id=100002731472055

Revlon

A inicios de agosto de 2020, Revlon envió $ 7M a Citibank para que remita ese dinero a sus acreedores. El dinero se imputaría a los intereses por un syndicated term loan de 2016. Citi, sin embargo, cometió un pequeño desliz: no transfirió $ 7M, sino $ 893M. El total de la deuda, que vencía recién en 2023.

La reacción de los acreedores de Revlon fue, naturalmente, de sorpresa. El mundo es un lugar raro, pero es sabido que nadie paga completamente una deuda hoy cuando puede pagarla en 3 años sin que la suma cambie. “Revlon tendrá sus razones”, pensaron.

Al día siguiente, Citi informó del error a los acreedores y pidió amablemente que retornen el dinero. Los resultados fueron mixtos: de los $ 893M, $ 500M no fueron devueltos. Dado que las buenas maneras no funcionaban, Citi recurrió a las malas. El 17 de agosto de 2020 presentó una demanda e incluso obtuvo algunas temporary restraining orders para congelar el dinero transferido.

En Estados Unidos, la regla general es que si recibes dinero por error tienes el deber de devolverlo. Si por ejemplo un banco te transfiere $ 120k y te los gastas, enfrentas hasta responsabilidad penal (ver caso de Robert y Tiffany Williams de 2019). Sin embargo, hay una excepción: la “discharge-for-value defense”. En esencia, si el receptor tiene en efecto un crédito contra el que transfirió el dinero y no tenía conocimiento del error (actual notice) o no podía inferir que hubo error (constructive notice) al momento de la transferencia, puede quedarse con el dinero.

El mes pasado, y en primera instancia, el juez determinó que hubo error humano en la transferencia. Sin embargo, concluyó que los acreedores no podían inferir la existencia de tal error. Al contrario, pensar que hubo un error hubiese sido cosa de locos. Creer que “Citibank, one of the most sophisticated financial institutions in the world, had made a mistake that had never happened before, to the tune of nearly $1 billion — would have been borderline irrational.” Los acreedores ganaron (al menos por ahora).

¿Lo mejor del caso? En la sentencia el juez cita algunas conversaciones de los acreedores de Revlon después de que Citi les dijese que la transferencia fue por error. Básicamente, los acreedores están reventando de risa. Aquí una perla:

“How was work today honey? It was ok, except I accidentally sent $900mm out to people who weren’t supposed to have it”
(https://www.nysd.uscourts.gov/sites/default/files/2021-02/20cv6539%20Citibank%20Opinion.pdf)
(https://www.reuters.com/article/us-citigroup-revlon-lawsuit-idUSKBN2AG1TJ)

Postdata: ¿Cuál sería la respuesta en Perú? Una posición razonable sería considerar de entrada que Citi no pagó a favor de Revlon, sino en nombre de ella. Citi actuó en representación de Revlon, y por tanto se descarta cualquier figura de pago de tercero. Sobre esa base, aplicaría el artículo 180 del Código Civil y entonces los acreedores no estarían obligados a devolver el dinero.
Para Citi, la situación sería difícil. Si no hay pago de tercero, menos hay subrogación, y por lo tanto las garantías que tuvieron los acreedores de Revlon desaparecen. Citi tendría que recurrir al enriquecimiento sin causa.

Persuasión

Hace más de 100 años, en una célebre conferencia sobre la administración de justicia, Roscoe Pound advirtió que el fuerte carácter adversarial del sistema procesal anglosajón hacía ver al proceso como un “juego”. Este juego, entre otras cosas, desnaturalizaba el rol de los testigos y derivaba en “sensational cross-examinations” dirigidos a generar golpes de efecto.

El proceso civil americano como tal no ha sido trasplantado a países de tradición de civil law*. Sin embargo, su fuerza a nivel internacional es innegable. El caso del arbitraje internacional es ilustrativo: las underlying mechanics del proceso civil americano han prevalecido sobre las del proceso propio del civil law (Dezalay & Garth, Dealing in Virtue). Para el arbitraje, el carácter adversarial no es una preocupación. Si para Pound la consecuencia negativa era que la sociedad manejase una idea errada del sentido y fines del Derecho, en el arbitraje tal daño sería en la práctica inexistente pues todo se hace a puertas cerradas.

La situación es distinta para los ordenamientos nacionales. Latinoamérica no ha sido ajena al influjo del esquema adversarial americano. Esto ha traído el riesgo de aplicar un “estilo” de litigio que, si no es calibrado adecuadamente, desnaturaliza el deber que tiene el abogado para con la justicia. Bajo este estilo —malimportado y malentendido— el abogado retrocede más de 2500 años y asume el rol de los sofistas en la Atenas pleitista de la época clásica. La persuasión jurídica se vuelve el único norte; se busca aprender solo el razonamiento malo, ese que triunfa sobre el razonamiento correcto por medio de la injusticia (Aristófanes, Las nubes). Hay una sola misión: convencer al juzgador, by any means necessary.

Sin embargo, el proceso judicial cumple una función social. El resultado de un juicio tiene un impacto no solo en las partes, sino en la sociedad. El abogado, entonces, no puede llegar al extremo de adulterar los hechos. Y sí, podemos presentar el derecho aplicable desde el prisma que mejor nos convenga, pero sin llegar a mutilar las instituciones jurídicas.

Litigar, entonces, se debe ejercer con responsabilidad. El litigio no puede verse como un juego competitivo —que a fin de cuentas es un juego—. La persuasión en un juicio debe aprenderse de conformidad con los cánones éticos aplicables a tal contexto. Precisamente, los desarrollos del common law en este aspecto nos llevan distancia; nuestras reglas locales pueden enriquecerse mucho a la luz de nociones como el duty of candor toward the tribunal (ABA, Model Rules of Professional Conduct, R3.3).

La persuasión jurídica y las destrezas legales, aunque importantes, no lo son todo, mucho menos lo único. La preparación y el ejercicio de abogados litigantes ante cortes nacionales debe tener presente ello. Litigar empleando el Derecho no puede equipararse a elegir un arma para batirse a duelo.

*Habría que preguntarnos por qué utilizamos el idioma inglés para nombrar a una tradición que es virtualmente ajena al habla inglesa (Louisiana es quizá la única excepción relevante).

 

Rita*

Era practicante y un día cometí un error grave. El tema era de una abogada con la que yo casi no había trabajado antes, así que me puse un poco nervioso. Fui a su oficina y le confesé la situación y el error. Ella escuchó y me dijo que le dé un tiempo pues tenía que sacar algunas cosas primero.
Una hora después me llamó. Fui a su oficina preocupado pensando en la pésima primera impresión que le estaba dando. Me recibió bien, me dijo que me olvide de culpables y que íbamos a enfocarnos en solucionar el tema. Y no solo solucionar, íbamos a dejarlo todo impecable. Hizo un par de bromas para relajar el ambiente y luego me explicó a detalle el plan de accióny me despachó. Su voz era estricta, pero también era cálida y llena de buena vibra.
A Rita la conocí primero así, con ese escaso talento para desactivar problemas con buen ánimo y hacer que las cosas terminen incluso mejor de lo esperado. Terriblemente exigente, pero también increíblemente comprensiva.
Y tuve la suerte de no solo verla —admirarla— como jefa, sino también de tenerla como amiga. Rita me ayudó en distintos contextos y fue un apoyo como pocos. Sus consejos y sus cuadradas me han acompañado incluso mucho después de que dejamos de trabajar en el mismo estudio. Esas palabras que han contribuido a que hoy sea, fijo, un poco menos cojudo.
Rita, quiero recordarte por las conversaciones que tuvimos el año pasado. Cuando nos reíamos hablando de los viejos tiempos. Quiero agradecerte por la vez en que dijiste que debía ‘desacelerarme’, una lección que ha marcado mis cimientos. Y quiero decirte, aunque ya es tarde, que sí, que tú eres mi ídola.
*En memoria a Rita Sabroso, mujer, brillante abogada, excelente profesora y verdadera amiga.

Lima

Lima es una ciudad hermosa, pero también una ciudad de mierda. Una urbe que representa una gran fracción del Perú y que claramente no es solo las fotos postales de la Costa Verde.

Lima es Lince con sus telos y las flores entre Tomas Guido e Ignacio Merino. Es Miraflores, los gatos del Parque Kennedy y los locales de Berlín. Lima es Ate Vitarte con su ejército de mototaxis. Es Santa Anita y es en específico cualquiera galería del Óvalo Santa Anita. Es SJL y caminar cuesta arriba por Mangomarca. Es una calle o un barrio o una esquina de VMT, El Agustino o SJM que quizá no llegaremos a conocer pero que tienen muchísimo que ofrecer.

Lima es un nuevo celular en Las Malvinas y un libro viejo en Amazonas. Es bajarse en la estación Canaval y Moreyra agarrando fuerte la mochila o la cartera. Es ver el mar desde el Parque Nazca y pasear a gusto en Larco con Benavides.

Lima es un emoliente antes de tomar el micro, es sentarse en la calle con una jonca de chelas, es jugar una pichanga en una losa cualquiera, es la cabina de internet de barrio o exasperarte por el tráfico en la Javier Prado. Es entrar a un mercado y que te digan consulte casero sin compromiso. Lima es mirarte y preguntar si quieres comer pollo a la brasa, y enrumbar viendo el cielo abúlico.

Pero Lima también es tener miedo de un asalto o robo. Es ser peatón y desconfiar hasta de los semáforos rojos. Es vivir o ver o convalidar la informalidad. Es la mirada cansada del tipo sentado apoyando la cabeza en la ventana del metropolitano. Es todas y cada una de nuestras taras. Es nuestro fracaso y también nuestro hartazgo.

Pero Lima, en su corazón, es la esperanza de un futuro mejor de los cientos de miles que migran y migraron de todas las regiones en busca de mejores oportunidades. Es insistir, es luchar mientras el cielo y el desierto nos dejen volver a intentar de nuevo.

Costa Rica*

Fui a Costa Rica porque me invitaron. Una invitación a un evento académico, para ser preciso. Tuve la suerte de compartir en Lima un panel con un mexicano y le comenté que me parecía increíble ser ponente en el extranjero. Este colega —a quien considero mi amigo, pero no es cuestión de ir alardeando— tomó nota y poco después, gracias a sus buenos oficios, recibí la invitación. Acepté feliz.

Llegué a San José sintiéndome importante. Como si perteneciese al grupo de profesionales que mueven al mundo moviéndose por el mundo. Tenía 27 años y aunque sé desde siempre que el derecho no es mi pasión, pensaba que el oficio de abogado podía ser el medio hacia una vida próspera. Una ocupación que me abriese las puertas de ese círculo social al que pocos ingresan por mérito (es algo que por regla general se define desde el nacimiento).

Primer día del evento. Me toca participar. Me fue bastante bien, aunque esa es la regla general con los young practitioners. Los mayores pueden darse el gusto de ser enredados, repetitivos o aburridos. Los jóvenes no, hay toda una imagen que construir. Ahora, la realidad es que nadie va para escuchar las ponencias. La razón de ser del evento está en lo que sucede después del evento. El networking: conocer a aquellos que más adelante podrán darte una mano en tus proyectos a cambio de una tuya en los suyos. Nuestra suerte depende mucho de con quiénes estamos rodeados.

Empieza el after-event. Hay gente de toda América y estar aquí no es una experiencia que yo pueda repetir un día cualquiera. No es difícil presentarse. Tampoco entregar una tarjeta. Puede que sonreír se haga pesado después de un rato. Nada grave, es cuestión de acostumbrarse. Un chileno y yo hacemos buenas migas y nos colamos a un grupo de centroamericanos. Se habla de todo menos de Derecho. Ahí me entero sobre la belleza de Roatán, el terrible calor en Ciudad de Panamá y los últimos desatinos de Peña Nieto. No es una conversación aburrida. Igual, ese día todo termina relativamente temprano; pero un tico dice que mañana nos lleva a un bar por la razón o por la fuerza.

Segundo día del evento. Como dije, las ponencias son lo menos importante. Acaban aquellas y es hora de construir redes. Me encuentro conversando con el chileno de ayer y un colombiano. Les digo que estoy encantadísimo de compartir un brindis con ellos, que nosotros aquí somos los sureños y un par de tonterías más que solo son graciosas porque estamos con tragos encima. Mi amigo el mexicano —que definitivamente conoce a todo el mundo— nos ve y nos lleva con el resto de jóvenes extranjeros. Sucede lo mismo que el día previo. Un grupo de personas sofisticadas compartiendo y departiendo. Rinse and repeat.

En algún momento, entre risas y palabreo, veo mi reloj. Empiezo a calcular cuánto tiempo más durará todo esto. Los cambios de ánimo suceden rápido y es difícil notarlos —siendo sinceros, ¿cuántas veces paramos y nos decimos “ahora estoy ansioso/triste/enojado”?— pero esta vez sí me doy cuenta. El sutil salto de estar relajado a estar cansado. He mirado mi reloj por el simple hecho de que ya me quiero ir. No deseo escuchar más sobre lugares paradisíacos o restaurantes fantásticos o qué pasó hace un mes en Washington D.C. No sé cómo será para otros, pero esto no me parece sostenible. Porque, y de esto estoy seguro, todos fingimos, al menos un poco. Tenemos que aparentar ser más graciosos, inteligentes, experimentados e interesantes de lo que en verdad somos. Todo aquí brilla, el lugar, las cosas, las personas. Voy entendiendo qué es lo que me agota, es eso que aparenta ser impoluto. Este ambiente es demasiado perfecto, ¿quién ha dicho que todos aspiran a un mundo así? Pienso en la historia de una familia de banqueros. El abuelo, el padre, el hijo y el nieto dirigieron sucesivamente el imperio bancario. Hay algo que no cuadra, es imposible que los cuatro hayan elegido ser banqueros. Salvo quizá el abuelo, ninguno de ellos tuvo la oportunidad de preguntarse si quería ser artista o futbolista o cajero o camarero. Nunca se cuestionaron si fuera de las mansiones y los clubes había otra vida, una más simple, una más sencilla. Ahora, yo no soy especial o único o diferente en este tema —ni en cualquier otro tema—. Sé que el cuestionarnos dónde estamos y hacia dónde vamos es algo bastante común. Y precisamente porque es común es que me propongo conversar al respecto. Ese será mi objetivo. Preguntar a alguien si siente que este mundo es verdaderamente suyo, o si fue insertado sin posibilidad de recambio alguno.

El tiempo avanza lento pero avanza. El tico del día anterior toma la batuta y nos lleva a un bar para seguirla. Me siento como en un pelotón porque tuvimos que pedir cuatro ubers y tres de ellos llegaron casi al mismo tiempo. La llegada al bar desperdiga al grupo. Me cruzo con el chileno y me dice que debemos ubicar al colombiano, por esa cojudez de que somos los sureños. Le consulto si es la primera vez que lo invitan a una charla y me responde que sí. Le pregunto que qué siente al respecto, se pone serio y precisa que está bastante agradecido. No necesito más de 10 segundos para saber que me dará el discurso del modesto que ensalza los méritos de otros y subvalora los suyos. Con ese perfil de mierda la conversación sobre temas profundos siempre queda atascada. Mejor buscamos al colombiano. Lo encontramos en un grupo y mirando a un mexicano como si fuese la segunda venida de Jesucristo. El colombiano me empieza a caer mejor, evidenciar admiración hacia otro es propio de personas sinceras. Pero bueno, no debo perder el foco. Si fuese a hablar de todo lo que recuerdo de Costa Rica esta narración sería un barril sin fondo. Además, y esto por más evidente quiero resaltarlo, no soy bueno para escribir relatos. En fin, volvamos al centro. El mexicano culmina su historia y con ello el encantamiento sobre su tribuna. Yo cruzo palabras con un americano y un guatemalteco cada uno por separado. Me gasté bastante tiempo en cada caso tanteando, y no he encontrado apertura alguna para ponerme denso con la cháchara que llevo. En ambos casos hemos conversado de todo, pero no sobre nosotros.

Ahora estoy hablando con una costarricense. Me pregunta si tengo ascendencia asiática —ella, definitivamente, la tiene—, le digo que la respuesta corta es no pero que la respuesta larga es sí. Me dice que quiere escuchar la respuesta larga. Le cuento la historia de mi bisabuela materna (madre soltera, el tipo que la embarazó era chino) y ella dictamina que no es una historia larga. Yo acoto que, bien vista, tampoco es una historia divertida, solo que yo la pinto así. A estas alturas ya no me importa quedar como un raro, es tarde y estoy mucho más que picado. Pero ella se ríe. Empezamos a hablar de Costa Rica. Ya para ese momento solo quiero divagar y con gusto me enfrasco en una conversación sobre Cusco y el imperio inca. No mucho después las cosas terminan y llegan las despedidas.

Tercer día y cierre del evento. Nada destacable a relatar salvo que durante el intermedio empezó una lluvia que parecía infinita. Yo escuchaba a unos tipos hablar sobre los cambios en la práctica legal mexicana y de pronto las nubes soltaron su contenido y yo salí rumbo a mi cuarto —el evento es en el mismo hotel en el que casi todos los visitantes extranjeros nos hemos hospedado—. Me cambié de ropa y fui rápido a la calle para disfrutar del diluvio. En recepción me crucé con un nicaragüense que me miró sorprendido y que probablemente me hubiera interrumpido de no ser porque estaba en medio de una llamada, yo le sonreí y le indiqué la lluvia y siento que él entendió mi prisa y me devolvió la sonrisa. Ese debe ser el momento más sincero que he vivido en tierras centroamericanas.

Cuarto día. El evento ya terminó pero yo seguiré un par de días más en Costa Rica. Le escribo a la tica. Ayer almorzamos juntos y hoy el plan es tomar algo. El trayecto es memorable, vamos en su camioneta que tiene techo panorámico y tuve que hacer el esfuerzo de no parecer sorprendido por la vista. Llegamos a un bar bastante bonito y tranquilo. Me gustan los lugares así, no totalmente llenos y tampoco absolutamente vacíos pues entonces hay espacio para pensamientos siniestros.

Hablamos de nosotros. Ella es menor que yo pero ha vivido más que yo, al menos en cierto sentido. Ha viajado por todo el mundo, pero es casi fijo que yo, extranjero y todo, sé más sobre las zonas peligrosas de San José que ella —y mi conocimiento sobre la materia empieza y termina en una conversación de 20 minutos con un conductor de Uber hace un par de días—. Nunca he visto un musical en Broadway, pero sé cómo son los ojos de alguien que te pide dinero por caridad y está dispuesto a sacar un cuchillo en caso no quieras darlo.

Ya para este punto me siento en confianza con ella. Le pregunto si es esto lo que realmente queremos, o si vino preestablecido desde que nacimos. Yo soy así, torpe para hablar de las preocupaciones que llevo. Me mira como diciendo que contextualice mis ideas. Le explico que me refiero a la profesión, a nuestros caminos, a lo que seremos en 10 o 20 años. Me dice que entiende, y menciona algo sobre los proyectos personales. Yo de lo último que quiero hablar es de proyectos personales y me quedo callado. Ella sonríe y me pregunta qué debe hacer para que yo deje de ponerme “decadente”. La miro. Después de eso dejamos de hablar.

Quinto y último día. Mi vuelo sale al final de la tarde así que tengo tiempo para un último recorrido. La costarricense quiere unirse pero solo le da el tiempo para pasear un rato en la mañana. Mejor así, hoy quiero estar solo. Hay varios lugares que podría conocer pero elijo ninguno y voy al centro histórico de San José sin destino específico. Almuerzo en un local que más parece un galpón y cuando me traen una cerveza me pongo a pensar que prefiero mil veces un lugar así a un lujoso restaurant de local cuisine como los que he conocido estos últimos días. Quizá estoy mintiéndome y quiero creer —hacerme creer— que soy sencillo y que lo mío es vivir lo simple y lo conciso (Años más tarde entenderé que estoy mucho más aferrado a los privilegios de lo que creía pero ese es otro cuento. En todo caso, San José de Costa Rica es su semilla).

Llego al aeropuerto en un clima mucho más triste (¿o es que yo estoy triste?) que el del día en que aterricé. Adiós San José. No te llegué a conocer bien y es seguro que no volveré a estos lares al menos hasta mucho más adelante. Quizá vuelva con treinta y tantos o en plena crisis de los cuarenta buscando recuperar un poco de aquello que hoy siento que tengo pero que no puedo describir con acierto. Pero bueno, ya es tiempo. Abordo el avión.

Escala en Panamá de dos horas. Saco un bloc y un lapicero para no olvidar todo lo sucedido. Las últimas palabras que apunto son que debo seguir en esto. Y por esto, me refiero a expresar lo que siento.

*Este relato es pura ficción y no tiene nada destacable. La narración tampoco es coherente o completa; y, bien visto, seguro resulta hasta ridícula.

La fiesta de la insignificancia*

El presidente del Congreso confundió poder obtener algo con merecerlo. Cuando hay mucho en juego, el resultado de ese error es perderlo todo.

“¿Puedo llegar a ser Presidente?” No sabemos cuándo la pregunta pasó por la mente del presidente del Congreso. Pero la idea le gustó. La cúspide del poder. El Presidente (con P mayúscula) personifica a la Nación, así lo dice la Constitución; poquísimos han llevado tal honor.

La idea parece inverosímil. Sin embargo, el presidente del Congreso notó —o mejor, le hicieron notar— que bien vista, no resulta tan descabellada.

En circunstancias normales, el presidente del Congreso está lejos de la sucesión a la Presidencia. Si el Presidente es vacado, ahí están los vicepresidentes para reemplazarlo. Además, las elecciones presidenciales y congresales son simultáneas; el partido ganador de la presidencia también tendrá presencia en el Congreso. Una presencia más que suficiente para disuadir cualquier intentona de vacancia salvo casos graves.

Pero estas no son circunstancias normales. Sin bancada, sin vicepresidentes, Vizcarra caminaba al borde del precipicio. Un soplo fuerte —la cifra exacta es 87— y la banda presidencial pasaría a manos diferentes.

La operación se reduce a juntar votos. “Incapacidad moral” es una expresión abierta y ambigua, y puede intentar llenarse con acusaciones de corrupción. Dentro del Congreso, perro, pericote y gato coinciden: el presidente del Congreso debe asumir el gobierno. Extrañamente, otros agentes se alinean. Sectores empresariales, periodistas, opinólogos e incluso algunos funcionarios públicos apoyan —con su acción o silencio— la vacancia.

El presidente del Congreso observa la puesta en escena y cree que él está al frente de todo. Total, él va a ser Presidente. Él va a personificar la Nación.

Al segundo intento, la jugarreta resulta exitosa. Más aun, es engañosamente abrumadora: 105 de 130 congresistas votan a favor. El presidente del Congreso dirá después que incluso si la vacancia requiriese 4/5 del número de congresistas, igual ganaban.

La legitimidad, sin embargo, no se mide así. Formalmente, los votos pueden estar ahí. Materialmente, la vacancia hace agua por todos lados. No solo distorsiona hasta la más básica noción de “incapacidad moral”, sino que resulta irresponsable. Porque con una pandemia y a 5 meses de elecciones, solamente en el absurdo se puede justificar tal decisión.

La legitimidad no es un obstáculo al momento de negociar y obtener los votos. Es un problema que surge solo si la operación resulta exitosa. Y el presidente del Congreso no reflexionó en las consecuencias de su movida. Él solamente pensó en cómo llegar la meta.

Al presidente del Congreso se le escapa una sonrisa cuando concluye la votación y declara la vacancia. No obstante, la fiesta es efímera. La gente no está contenta, se planean marchas ese mismo día. El miedo aflora por primera vez en la cabeza del presidente del Congreso. La ceremonia de juramentación, inicialmente programada para el día siguiente a las 17:00 horas, es adelantada a las 10:00 horas.

La vida nos puede poner en lugares y situaciones excepcionales. Lo que no puede hacer es cambiar nuestros talentos. El presidente del Congreso empieza a tomar consciencia de sus limitaciones para afrontar los retos.

Nombrar directamente un gabinete parece imposible. Nadie parece dispuesto a aceptar. Un Presidente sin ministros no es un Presidente, es un ridículo. Es necesario tercerizar. Se toma contacto con un político experimentado que acepta ser primer ministro y ofrece encargarse de todo. Faltaba más, dice. El presidente del Congreso tiene demasiadas responsabilidades; el primer ministro está para aligerar la carga.

La insignificancia aflora. El presidente del Congreso no se da cuenta que su poder está siendo drenado. Al primer ministro le tomó 5 minutos tasar el carácter y aptitudes del presidente del Congreso. Al presidente del Congreso le tomaría meses captar la esencia de su primer ministro. El primer ministro es tan indispensable —su renuncia sería un escándalo— que el presidente del Congreso está a su merced. Desde ahora, y hasta que esto dure, las líneas y políticas del gobierno nacerán en la PCM.

El primer ministro no es el único que tiene condicionado al presidente del Congreso. Los congresistas tienen cuentas por cobrar. Porque la vacancia del Presidente no fue debido a convicciones internas. Vizcarra estorbaba, tenía que salir. El presidente del Congreso en cambio debe impulsar diversas agendas: la involución del marco educativo universitario, la liberación de un sujeto que se alzó en armas, el apoyo a mineros ilegales, etc. ¿Y si se niega? Bueno, bastará recordarle que el gabinete requiere el voto de confianza del Congreso.

El problema es que el presidente del Congreso no puede mover un dedo sin que la ciudadanía reaccione con marchas virulentas en todo el país. Mucho menos podría impulsar medidas como el desmantelamiento de la reforma educativa o la elección de los miembros del Tribunal Constitucional. El primer ministro le habla de muñeca política, de flexibilizar las promesas y de controlar tiempos.

Pero el tiempo pasa y es el descontrol lo que aumenta. No ha pasado ni una semana y la reacción ciudadana deriva en una situación insostenible. El rechazo de la población espanta a aquellos que animaron al presidente del Congreso en su aventura. Se queda solo.

En Palacio, el presidente del Congreso se mira al espejo. La banda presidencial está sobre él. Sin embargo, no personifica a la Nación. Nunca lo hizo, nunca lo hará. Si tuviera la lucidez suficiente, el presidente del Congreso entendería que su poder real es exiguo. Su autoridad es insignificante.

El presidente del Congreso llama al primer ministro y le dice que no piensa renunciar. El primer ministro le dice que hay que pensar en todo.

*El título es crédito exclusivo de Milan Kundera.