Blank

La primera vez yo no pasaba de los 13 años. Estaba con mis amigos de barrio haciendo hora y alguien dijo miren quién viene, es el gallo. Quién carajo será el gallo, pensé, pero igual que los demás me acerqué a recibirlo. Al verme me saludó como al resto y mientras íbamos a jugar fútbol me preguntó si seguía yendo a jugar Super Nintendo y si recordaba cuando fuimos a comprar cachitos de manjar hasta el otro lado de la carretera central.

Entendí que el gallo vivió en el barrio hasta un par de años antes. Yo hacía un terrible esfuerzo por identificar ese rostro, esas maneras, esa voz pero mi mente no arrojaba nada. Al final supuse que quizá lo conocí cuando era más chiquillo —la referencia a Super Nintendo reforzaba esto— y que por alguna razón su persona no quedó grabada en mi memoria. No le di más importancia al tema.

La segunda vez fue hace 7 años. Caí a una reunión de gente que conocí en la universidad. Estaba abriendo una cerveza cuando sentí un toque en el hombro. Al voltear vi a un tipo que me dijo chino a los años y acto seguido me dio un abrazo. Mi sorpresa fue evidente porque bromeando dijo que quedé en shock. Traté de guardar la compostura y comenzamos a hablar.

De esa conversación saque, además de su nombre, diversos datos importantes. Él había estudiado comunicaciones, necesariamente lo conocí en estudios generales —primer año de la universidad—, teníamos amigos en común y nuestro vínculo pareció haber consistido en almorzar algunas veces y conversar sobre fútbol europeo. No llevamos ningún curso en común, tampoco al parecer tuvimos alguna rutina usual, simplemente nos cruzábamos y perdíamos juntos el tiempo. El punto es que no fuimos mejores amigos ni mucho menos, pero definitivamente nos llevamos bien. Por eso me saludó de muy buena manera, y por eso mismo es que yo debería haberlo identificado. Al día siguiente me puse a averiguar todo lo que pudiese de él. Sus redes sociales y el sistema de la universidad daban fe de que todo lo que dijo era cierto. Este tipo existió y en verdad estudiamos juntos.

Quedé afectado. Lo del gallo podía explicarse como parte de todo aquello de la infancia que no recordamos. Esto era distinto. No había explicación razonable para esta suerte de olvido selectivo. Estuve tentado de llamar a mi psiquiatra pero la idea de tomar más pastillas me desagradaba. Decidí que esto lo tenía que resolver yo mismo. Me contacté de nuevo con él, quedamos para almorzar juntos.

En el almuerzo me dediqué enteramente a intentar recordarlo. Le dejé hablar largo y tenido. Buscaba alguna referencia, algún dato, una chispa que me permitiese decir ya recuerdo, claro, qué cojudo; y así encontrar un registro mental entero de este tipo. Pero nada de lo que dijo evocaba mis recuerdos. Yo sí ubicaba los lugares, los tiempos y las personas que mencionaba, pero no a él. Para mí todo lo que contó en verdad sucedió, solo que sin su presencia. De ese día lo único que pude confirmar es que él no era una alucinación, estaba ahí, el mozo le habló. Él existía, eso era irrefutable.

Sé cómo lidiar bien con la desesperación, por razones que no vienen al caso tengo experiencia en afrontar episodios de crisis. La clave, al menos para mí, es aceptar, aceptarse. Mis falencias, mis sufrimientos, son parte de mí mismo. Se trata de aprender a convivir con nuestros demonios, sobre esa base uno puede tomar acciones concretas para el problema específico. Así que después de varios días me tranquilicé y acepté las cosas como eran. Es cierto, no recordaba a ese tipo, pero eso no era obstáculo hacia adelante. Entendí que podía hacer mi vida sin pensar en él, porque total no es parte de mi presente, porque no tengo que verlo. Y si no lo veo, y dado que tampoco lo recuerdo, pues es como si no existiese; esa fue mi conclusión y con eso cerré el tema.

Luego de eso mi vida hasta ayer siguió sin sobresaltos.

Hoy mientras caminaba en la mañana una chica me llamó por mi nombre y se acercó a mí con una gran sonrisa. Me saludó y preguntó qué había sido de mi vida. Conversamos un rato, me propuso hacer algo en la noche. Me preguntó si yo tenía el número de siempre, como no supe que responder sonrió y dijo que lo suponía, y que me escribiría. Horas después quedamos en cenar en mi departamento.

En la cena hemos hablado sobre diversos episodios que no pueden ser inventados pero de los que no tengo ninguna reminiscencia. Por ella me entero sobre mi presencia en conciertos de bandas que no ubico, en museos que nunca he visitado, en anécdotas de las que no había escuchado. Es prácticamente una vida. Pero esta vida, esta otra vida, ¿es mía? He estado ahí, he hecho eso, he vivido aquello, pero no lo recuerdo. Mi tranquilidad empieza a tambalearse. Le pido que me muestre una foto nuestra, cualquiera. Me mira incómoda, me dice que las borró todas. No sé qué hacer, le digo que está bien, que no hay problema. Me pregunta si puede preguntarme algo. Le respondo que sí y entonces me mira con tristeza y me cuestiona por qué falló lo de nosotros.

Me quedo en silencio, ella me toma la mano, me dice que no tengo que responder ahora. La miro, le digo que no me siento bien, que me prepararé un té. Voy a la cocina mientras siento un derrumbe por dentro. Trato de mantener la calma, me asusta mucho la dimensión de este tema pero sé que será peor si intento rechazarlo, negarlo. Tengo que admitir que tengo esto, que sufro esto. Ahora que acepto que es parte de mí puedo buscar medidas específicas para mejorar mi situación. Al final quizá no sea tan malo, creo que incluso le acabo de encontrar un lado bueno.

Cojo un cuchillo y mientras me acerco a ella pienso que si tengo suerte mañana no recordaré nada de esto.

 

El Tiburón

Viernes de verano. Angamos con Tomás Marsano bulle de gente. Personas que entran y salen de Real Plaza, taxis recogiendo y dejando pasajeros, ambulantes que venden dulces, anticuchos, hamburguesas. Todo acompañado por el constante toque del claxon, el rap de los jaladores de buses, la promoción de arepas bajo la simple fórmula de repetir la palabra arepa varias veces.

El Tiburón, sin embargo, es una burbuja. Pese a que estamos en una mesa al aire libre todo se oye distante. Dentro de sus linderos hay una sensación de paz, de calma. Aquí las cosas van a un ritmo distinto, como si estuviésemos en otro tiempo. Pedimos un par de cervezas, el dependiente nos trae la carta y uno de mis amigos la revisa aunque sé que es por gusto. Las botellas llegan y otro les empieza a sacar las etiquetas. Con los vasos llenos yo digo salud pese a que sé que por darme la contra nunca hay brindis. Y conversamos, que para eso estamos.

Aparece por fin el que siempre llega tarde. Se sienta y observa con gracia el local, inspecciona la mesa, las sillas. Entonces pregunta por qué seguimos viniendo a este cuchitril para hacer hora. Y yo me rio para no responderle, confesarle, que este es uno de los lugares en que más cómodo me siento.

Delirio

Los que mandan no sólo se detienen ante lo que nosotros
llamamos absurdos, sino que se sirven de ellos para
entorpercer la consciencia y aniquilar la razón.

Cuando la candidata vio los resultados del conteo rápido se sintió aturdida, pero el shock fue interrumpido por su esposo, quien le empezó a hablar del voto extranjero y a recordarle las cifras en boca de urna. Ella se limitó a escucharlo, a él y a los demás. Luego recobró el liderazgo. Pidió silencio. Pidió hablar con la encuestadora a cargo del conteo rápido.

Un día antes a la candidata le explicaron que el resultado sería una moneda al aire. Habían revisado hasta el agotamiento las encuestas y sus estudios privados y la conclusión era la misma: tablas. Sí, las cifras la ubicaban a ella arriba, pero la distancia era ínfima. Y sí, su tendencia al alza era real, pero eso no daba garantía alguna por la intensidad del antivoto. Ahora, con los resultados del conteo rápido, es necesario entender. Cuando el gerente de la encuestadora se pone al habla ella va al grano: qué significa esto en posibilidades. La respuesta llega con rodeos y eufemismos, pero la conclusión es clara, el método del conteo rápido es muy certero, y en todas las experiencias previas este había casi coincidido con el resultado final. Aun cuando la diferencia es mínima, las posibilidades de éxito son muy bajas.

La candidata no termina de reconocer la situación. Va a la cama pensando en la diferencia mínima. Mínima. Ya tiene experiencia al respecto. Evoca la sorpresa, la frustración, el dolor de hace cinco años, y recuerda que todo lo que estaba fuera de su control conspiró para perjudicarla, que ella no perdió, que a ella la hicieron perder.

Antes de quedar dormida decide que esa vivencia no será en vano.

El día después de la elección es duro para la candidata. Temprano, ve cómo cada avance del conteo oficial reduce la brecha a su favor frente al oponente, y ve después cómo es desplazada al segundo lugar. La perspectiva es funesta, los votos pendientes por procesar son de zonas en las que el candidato ha arrasado.

Pero ella no está dispuesta a ceder. La diferencia es mínima, repite y repite. Debe haber alguna solución. El 2016 quiso un recuento que no pidió porque la ley no lo contemplaba y porque todo el apoyo estratégico —medios, gremio empresarial, otras tiendas políticas— se esfumó tan pronto supieron que otro era el ganador. Pero esta vez es diferente, lo percibe. El resultado tiene desesperado a medio país.

La candidata convoca una reunión previa a la conferencia de prensa que dará—es imperativo salir y decir algo—. En ese contexto se le informa que los mejores abogados se organizan para evaluar la viabilidad de impugnar votos que no convienen, que los medios se rehúsan a hablar de un candidato ganador, que analistas “independientes” deslizan duda sobre la fiabilidad de los resultados. Su candidato a vicepresidente, sin embargo, es pesimista. La distancia de votos es en realidad grande, indica. ¿Vamos a eliminar casi cien mil votos? No es viable, habría que impugnar un número alto de mesas en máximo tres días y eso sin contar que es obvio que no van a ganar todos los casos. Es necesario aceptar, dice. A la candidata le choca esa lectura. Le pide a su vicepresidente que se limite a dar soluciones. Desde ese día nadie volverá a repetir frente a ella términos como aceptar o reconocer.

La conferencia sale terrible. La candidata ve la grabación y reconoce su rostro de derrota. Enfurece al verse así, ella que es fuerte, que ha logrado tantas cosas, que ha sorteado tantos obstáculos. Un fiel cuadro —uno que demostró ser capaz de inmolarse en su nombre— le dice en confianza que hay que creer, morir antes de dudar. Ella no suele dar la razón a otros, pero le dice que está de acuerdo, y que ella dará el ejemplo.

Esa noche la candidata comienza el quiebre con la realidad. Porque para sostener que ella ganó es necesario ignorar hechos, pasar por alto datos. Se trata de inventar una realidad paralela. Inventarla y meter a todo un país en ella. Para eso el primer paso es creer, solo creyéndose la historia es que podrá venderla a otros. En ese momento la candidata empieza a descartar elementos objetivos y a reemplazarlos por juicios insólitos. La conclusión es bastante simple: le están robando la elección, hubo un plan fraudulento de los enemigos —¿el comunismo? ¿el terrorismo? ¿el expresidente a quien vacó?— que debe ser descubierto y denunciado.

En teoría no debería ser fácil asimilar una posición sobre los hechos tan distorsionada. La candidata sin embargo lo hace con cierta rapidez. Y la razón principal es el miedo. Es una huida hacia adelante. Ella sabe que o será presidenta o será presa. Creer que es la verdadera ganadora le permite evitar la idea de ella encarcelada. Perseguir la esperanza de victoria para escapar de la desesperación.

El día dos después de la elección es crucial. La candidata reúne a su círculo y les explica lo que harán para ganar. Son varios los frentes. El principal es el procesal. Es necesario impugnar todas las actas posibles, seguramente el contrincante hizo fraude en el interior del país, las actas demostrarán ello: datos que no coinciden, firmas falsas, etc. La diferencia de votos es minúscula —el vicepresidente se queda callado—, impugnar mil actas implica atacar alrededor de 300 mil votos. Se le informa que las firmas de abogados ya están trabajando a ritmo frenético. Ok, dice ella, siguiente punto, la presión social. Es necesario crear un eslogan para todo lo que viene. Su asesor de publicidad ya ha pensado en eso, propone dos: respeta mi voto y no al comunismo. La candidata aprueba, construirán la campaña sobre esas bases, y dice campaña porque, repite a su círculo, las elecciones no han terminado. Se prepara un programa de eventos, marchas, conferencias. Asimismo, la candidata toma contacto con ese asesor que fue la mano derecha de su padre, y le pide gestiones para acercarse al jurado electoral.

Después de esa fecha comienzan las malas noticias. Se presentan muy pocas impugnaciones dentro de plazo. Los abogados que teóricamente son la crema y nada caen por el ridículo de presentar las apelaciones fuera del horario de atención. Se abre un frente adicional consistente en lograr que se acepten esos pedidos. Por otro lado las gestiones para llegar a los magistrados son difíciles y luego se arruinan porque uno de los involucrados ventiló todo el plan, e incluso sacó a la luz al asesor de su padre. El golpe es terrible, la población empieza a incrementar su rechazo contra la candidata.

Y lo peor de todo es que no se puede probar el fraude. La candidata no entiende qué pasa, por qué no pueden encontrar la evidencia. El fraude existe, se dice a sí misma, existe por lo que es cuestión de rastrearlo. ¿Qué está fallando, entonces? Enfurece, la culpa es de los incompetentes abogados que tiene y de lo hábil que fue el enemigo. El fraude existe, se repite, el fraude existe.

La situación se torna crítica. El jurado electoral sortea los obstáculos dejados por uno de sus integrantes —el único al que la candidata pudo “convencer”— y tramita implacablemente las apelaciones: todas son desestimadas. En unos días terminarán con las impugnaciones y procederán a proclamar al ganador de las elecciones. La proclamación, así lo percibe la mayoría, es el hito final de este suplicio.

Pero todavía se puede, piensa ella. La proclamación de resultados no es el fin. Al contrario, puede ser el punto de quiebre que genere la victoria. Ese día la mitad del país debe salir a protestar, ese día los medios deben reportar el estallido social, ese día el congreso debe proponer una investigación de los resultados y un procedimiento contra los jueces del jurado electoral, ese día los empresarios, los políticos, los aliados del extranjero, las personas influyentes deben copar todas las planas y dejar en claro que se consolida un fraude contra la voluntad popular.

En ese delirio la candidata no nota el derrumbe de su narrativa. No ve que los medios han empezado a pasar la página, no ve que los empresarios ya no la llaman, no ve que cada vez es más costoso y difícil juntar gente para sus mítines, no ve que sus vicepresidentes han desaparecido, no ve que su esposo está evaluando cómo salir del país, no ve que hace días que sus aliados ya no hablan de la candidata como ganadora, sino de la necesidad de nuevas elecciones —en las que ella, después de todo esto, no tiene posibilidades—.

Ella sigue en su mundo.

Hay una última posibilidad, piensa. Algo a lo que la candidata le ha dado vueltas por varios días, una sobre la que vaciló hasta que casi revocan su libertad y la vuelven a mandar a prisión preventiva. Algo que ha trabajado solo con su padre. Una propuesta irresistible a la persona indicada, y aunque el destinatario aún no ha aceptado, ya ha sido tanteado y su silencio puede considerarse prometedor. Toma la decisión. Se hacen las coordinaciones, y después, desde un teléfono encriptado, la candidata se dispone a contactar a quien puede marcar su destino, el único que importa.

Para cuando el Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas contesta, la candidata ya no tiene dudas, el fuego es necesario.

—General, según la Constitución, nadie debe obediencia a un gobierno usurpador.

Reflejo

Tarde, casi noche, de un domingo cualquiera. Caímos a Piazza de Caminos del Inca. El pretexto fue que ya mucha Linterna y además había una promoción con alitas infinitas que me parecía atractiva. Nos sentamos y empezamos a hablar de la carta, de las pizzas. El mesero se acercó a tomar la orden y yo dije “a lo que vinimos” y ella me miró como si estuviese chiflado pero luego sonrió así que sentí que todo bien.

Siempre he pensado que después de pedir los platos es regla general observar a detalle a los demás clientes. Solo había otros dos, ambos no tendrían más de 35 años, la mujer era guapa y con facciones serias y el tipo tenía la mirada de a quien todo le resulta indiferente. Notamos que no comían, solo hablaban. Ella me susurró que ese par estaba discutiendo y yo iba a comentar algo al respecto pero preferí cambiar de tema y hablar sobre la decoración de ahí dentro.

Llegan las alitas. Son malas y dije que sorry por el lenguaje pero que eran una buena mierda. Ella respondió que ahora todo tiene sentido, que es fácil ofrecer alitas ilimitadas si el comensal nunca va a pasar de una porción. Recuerdo que después de eso seguí comiendo un poco más y ella me preguntó por qué seguía comiendo y le dije que yo tampoco entiendo. Nos empezamos a reír y en eso estábamos cuando empezó el cambio. Suena el chirrido brusco de una silla moviéndose. En la otra mesa ocupada la mujer está de pie y le va diciendo algo al tipo mientras agarra su bolso. Él también se levanta pero se mantiene callado. La mujer sale, el tipo se limita a observarla y luego vuelve a tomar asiento. Lo último que veo antes de retornar a mi plato es que un mesero hace entrar al vigilante y le susurra algo.

Ella me mira. Le digo que voy a interrumpir mi análisis culinario para abordar temas de mayor relevancia. Se alegra, a ambos nos gusta rajar. Invento una historia sobre qué derivó en esa pelea y en eso nos distraemos. Llega la pizza, está bastante bien, para qué.

El tipo de la otra mesa nos empieza a observar. Nosotros intentamos seguir en lo nuestro, hace rato que dejamos de hablar de él y su lío, así que no hay necesidad de disimular o cambiar de tema. Pide su cuenta; por fin, pienso, que se vaya y deje de estar mirándonos. Se levanta, pero en vez de salir viene hacia nuestra mesa. Paramos de conversar. El tipo nos saluda y con voz entrecortada pregunta si puede acompañarnos un momento. Me toma unos segundos responder pero le digo que nos disculpe, que estamos ocupados. El tipo dice que descuide, que entiende. Veo un rostro hundido, rendido. Puedo jurar que es un imbécil y que él sabe que es un imbécil, pero para cambiar le falta la voluntad suficiente. Desde ese día y sin razón válida alguna sé que si existen personas así entonces esa es la mirada que llevan cuando la arruinan. El tipo se dispone a irse y entonces le pregunto si me permite un consejo. Claro, responde. Le digo que siempre es bueno evaluar si el problema es uno mismo, y que si esa es la sospecha pues mejor caminar y no detenerse hasta tener una respuesta en limpio. Él me agradece y yo le sonrío y le digo que de nada y que se cuide.

Ya con el tipo fuera hago un par de comentarios sueltos pero ella solo me mira. Le pregunto si todo bien. Me responde que lo que hice ha sido un poco irresponsable, que ese hombre pudo ser un loco o un drogado y que no sabemos qué es capaz de hacer un estúpido si está ofuscado. Es cierto eso, reconozco, pero desde un inicio le dejé en claro que no podía sentarse con nosotros, y si le di un consejo fue para que se vaya tranquilo. Ella sostiene que solo debí decirle que por favor nos deje comer y no darle cuerda. Y además que nadie pidió mis consejos.

Pienso que no ha sido tan grave pero mejor quedarme en silencio. No quiero otra discusión más sobre cómo yo no tomo en serio las cosas. Intento cambiar de tema pero ella me pregunta si ya nos vamos. No hemos terminado de comer pero atino a decir que sí, claro.

Llegamos a su casa. Detesto las despedidas incómodas así que le pido disculpas por lo sucedido. Me dice que bueno, que ya está hecho y baja del carro antes que pueda acercarme. Quiero decir algo más pero me quedo viéndola mientras ingresa a su edificio.

Vuelvo a Piazza. Miro el local. Sitio de mierda, pienso. Pero no es el lugar el problema, tampoco el tipo, eso recién lo voy entendiendo. Veo al vigilante y me gana la curiosidad. Le pregunto por el tipo. Me señala un auto, me dice que lo dejó y se fue caminando.

Yo también hago lo mismo.

Trámite

¿Tienes el número?
El procurador mira alrededor como dudando de si hablar. El abogado hace una seña de aprobación.
—30 puntos doctor. Pero dice que no se va a exponer, lo va a sacar por nulidad.
El abogado le menta la madre al juez.
Siempre con sus huevadas ese cojudo. Ya, no te aparezcas más por ahí, hazte extrañar.
El procurador asiente. Se retira. El abogado toma su celular.
—Jorge, cómo estás compadre. Sí sí, todo bien. Ya tengo la cifra, pero o cerramos ahorita o nos cierran y lo encierran a tu jefe. Escúchame, son 80 palos o nada hermano, es que se paltean porque su caso es rochoso pues. Déjame que te explico…
Cinco minutos después el abogado cuelga. Sonríe.

Cotejo

Junio de 2019. Acababa de renunciar al estudio de abogados y mi única ocupación pasó a ser jefe de prácticas de un par de cursos en la Católica. Recuerdo que estaba en EEGGLL ya a pocos minutos de empezar clase cuando recibí una llamada. Era una asociada del estudio, me pide que por favor la ayude con un caso que yo veía, que tiene que presentar varias cosas para ayer y que no le da la vida para meterse de lleno. Le digo que justo entro a clase y que podríamos hablar en un par de horitas. Su voz está llena de estrés pero me dice que ok que no hay problema y que gracias.

Cuelgo. Un alumno me saluda, tiene una consulta. Profe solo quiero saber si tendrá listas las notas para el lunes. Le digo que de todas maneras. Pienso en mi horario, me sobra la vida para corregir y poner esas notas. Pienso en esa otra vida, en la que tenía, y aunque no puedo decir si una es mejor que la otra, esta es definitivamente más tranquila.

 

Litigación y estadística

La jurisprudencia es Big Data. Una inmensa fuente de información que puede ser procesada por programas estadísticos. Un abogado litigante que maneje un banco jurisprudencial de datos podrá hacer análisis más acertados y tendrá una ventaja competitiva frente a los demás.

“¿Es probable que me anulen el laudo arbitral?”, pregunta el cliente con preocupación. Quizá fue a arbitraje —lo convencieron de ir a arbitraje— para evitar a las cortes judiciales; y sin embargo ahora es parte demandada en un proceso judicial de anulación de laudo. El diagnóstico legal, naturalmente, consiste en evaluar el caso concreto; ver si la posición del cliente es sólida o no.

Pero no debería detenerse ahí.

¿Quién es el juez ponente que resolverá la demanda? El dato no es trivial. Un abogado experimentado puede trabajar con una muestra de casos, muestra que proviene de su experiencia. Esto le permite dar un perfil —más o menos confiable— del juez que tiene al frente (ej. “es un juez conservador”).

El procesamiento de jurisprudencia como Big Data lleva el análisis al siguiente nivel. Un programa como SPSS Statistics permite evaluar un universo completo de información. De un banco de miles de sentencias —todas las sentencias de una materia—, el programa identifica los cientos de casos resueltos por un juez determinado, depura y filtra los casos similares al que uno está llevando, y luego diferencia entre demandas exitosas y demandas desestimadas.

El programa arroja sus resultados: el juez X, como ponente, ha estimado demandas de anulación de laudo sustentadas en la causal h] de anulación el 25% de sus casos. El programa también proporciona otro dato importante: el promedio general de anulación de todos los jueces es de 10% para dicha causal. X, en realidad, no es un juez conservador. Al contrario, es uno de los jueces más “peligrosos” para todo aquel que quiera defender la validez del laudo.

Dato mata relato. El programa entrega información objetiva. Esto no es una especulación, es pura y dura realidad. El cliente, por cierto, puede dar buen uso a esta información. La contraparte propone pagar lo ordenado por el laudo pero descontándole intereses y una penalidad. El cliente que inicialmente no hubiera aceptado, decide hacerlo.

Pero ese no es el único uso para una base de datos de jurisprudencia. Si el juez X va a ser ponente el caso, un programa estadístico puede identificar todas y cada una de las sentencias emitidas por X como ponente. La defensa legal del cliente podrá recurrir a lo que ese mismo juez dijo en casos anteriores. Persuadirlo utilizando su propia voz: sus sentencias previas. ¿A quién le gustaría ir contra su propia palabra? En el campo de las autoridades bibliográficas más allá de su impacto real en el resultado del litigio, para un juez no habrá autoridad legal más difícil de refutar que él mismo.

Y esto es solo un inicio, pues hay muchas herramientas propias del análisis estadístico que todavía no se han explorado y aplicado en el ámbito del litigio. Procesar Big Data permitirá agotar todos los medios posibles en la defensa del cliente.

Este panorama puede parecer lejano, pero ya está aquí. Pronto más y más abogados litigantes estarán familiarizados con programas estadísticos y procesamiento de bancos de datos. La tecnología avanza, y aunque un poco a destiempo y quizá de mala gana el litigio se verá arrastrado por ella.

Recolección

Retrocedamos en el tiempo. Volvamos un momento al punto en que elegimos la carrera que estudiamos —para aquellos que tuvimos el privilegio de estudiar una—. ¿Qué pasaba por nuestras mentes? ¿Cuán consciente fue esa decisión? ¿Cuántas veces vacilamos y ya en facultad nos preguntamos si esta era la decisión correcta?

Quizá un factor a considerar es cómo abordas esas interrogantes. Es diferente cuando alguien te pone esas preguntas y te pide que las respondas. Es una toma de conciencia que definitivamente esclarece y ayuda al pensamiento.

Y precisamente hace poco he podido leer las respuestas de alumnos y alumnas que han ingresado a la Facultad de Derecho y fueron confrontados con una pregunta: ¿por qué elegiste esta carrera? Aquí algunos fragmentos de tales respuestas (en cursivas).*

La justicia social siempre ha estado en mi vida, desde mi niñez sobre todo por casos de violencia dentro de mi familia, no solamente física sino por la estructura machista de la familia donde se obligaba a mi madre a hacer cosas que tenía que cumplir solamente por ser la mujer de la casa. En un ambiente hostil, por intuición sabía que las cosas no estaban bien porque veía prepotencia por una parte y sufrimiento por otra, y siempre iba a intervenir para que no se sigan cometiendo los abusos.

Fuerte. Es claro que nuestras familias y lo que vivimos en ellas tienen un rol determinante en la elección de un oficio o profesión; pero aquí la decisión surge debido a una situación de violencia que claramente afectaría a cualquiera. Quizá lo meritorio es que aquí la respuesta no es asimilar —y después replicar— la violencia, sino enfrentarse a ella.

Porque puedo asegurar con firmeza que tanto la corrupción, como el olvido y la represión son las cosas que más odio.

¿Qué puede marcar a una persona para decir que odia la corrupción? Solo vivencias directas, cuando ves cómo esta altera tu vida, tu familia. Tal vez un evento como la lesión irreparable de un familiar a manos de un irresponsable que nunca asumió la condena que merecía conforme a justicia. Una elusión gracias a corrupción, un expediente judicial que quedó en el olvido, y la represión contra los familiares del afectado; de ahí el odio, y la búsqueda de erradicar esto a futuro estudiando Derecho.

Si no conozco a profundidad ninguna carrera, ¿puedo realmente saber si me gusta alguna?

En cierto modo, es una locura pedirle a una persona de 16-17 años que elija una carrera. ¿Cómo a esa edad uno puede definir de manera acertada si lo mejor es Derecho o Ingeniería o Arquitectura o Economía? Y en esa línea, ¿cómo saber si la materia X te gusta sin haberla experimentado en profundidad? Al final apostamos un poco a ciegas, confiamos en nuestra intuición y en lo que percibimos como bueno.

Desde pequeña, me propuse estudiar la carrera “perfecta” pero en ese tiempo no sabía que no existía la perfección.

Hay un golpe de realidad enlazado al derrumbe de nuestras idealizaciones, a aceptar que la vida no va a ser como en nuestros sueños. Que no hay cosas perfectas, que todo tiene un lado que no es bueno. Esto también aplica a la profesión que elegimos.

Buscar un nombre en la gran Lima; sueño bastante alto pero sé que el camino comienza hoy y con pasos pequeños.

Estudiar una carrera en Lima puede representar un mundo entero para muchas personas que viven en otras regiones. Mudarse, estudiar aquí, conocer nuevas cosas, personas, proyectos. Ahora, más allá de eso, hacerse un nombre en Lima implica un sueño: trascender. Destacar, llegar lejos. Y sí, es bueno tener ambiciones, siempre que no se vuelvan obsesiones.

Todos llegamos siempre, creo yo, a un punto en el cual cuestionamos lo que hacemos, por qué lo hacemos y hacia dónde esperamos llegar haciendo todo eso.

Me parece difícil que haya alguien que durante toda una carrera universitaria no haya dudado ni una sola vez sobre lo que está haciendo. Es al contrario, deben ser muchas veces las que nos detuvimos/detenemos a pensar si esto es lo mejor o lo correcto o lo que realmente se quiere. Son esas dudas las que nos hacen pisar tierra, aceptarse a uno mismo y crecer.

Son innegables las dudas, que incluso tengo hasta el día de hoy, respecto al éxito y desempeño que pueda llegar a tener.

¿Somos lo suficientemente buenos? ¿Llegaremos lejos? Porque no basta la afición o el gusto por algo, hay que tener cierta aptitud, cierto talento. Elegir una carrera, definir nuestro futuro, incluye el miedo de no estar a la altura de lo que escogemos.

Yo quiero crecer en el trabajo, tener las mismas oportunidades, que mis elecciones de mi vida personal no sean un impedimento para mi crecimiento laboral y que se deje de poner la responsabilidad de la vida de familia y cuidado de los hijos a la mujer puesto que el hombre tiene la misma responsabilidad que la mujer.

La igualdad en cuestiones de género es un tema ineludible y que aparece —con justicia— en diversos ámbitos y contextos. Este no es la excepción. Es importante recordar que la sociedad está claramente desequilibrada en diversos sentidos, y el trato entre hombres y mujeres es uno de ellos. Aceptar eso y poner todo de nuestro lado para cambiarlo es un imperativo. En concreto para este tema, la posibilidad de alcanzar un sueño profesional debe ser la misma seas hombre o mujer; cualquier otra cosa no debe ser aceptada.

Y bueno, me gustaría cerrar esto con un fragmento de otro testimonio, un poco alejado del tema abordado, pero que no puedo evitar citar, pues es una frase que hace reflexionar sobre lo que llevamos dentro.

Hay que aprovechar eso [conversar], hay que saberlo aprovechar. Decir bueno, a ver, por qué no hablamos de las cosas que nos duelen”.**

 

* He pedido autorización a cada una de las personas que estoy citando en esta sección.
**Testimonio consignado en María Eugenia Gastiazoro, Construcción de la identidad profesional y de género en la administración de justicia Argentina, 9 Via Iuris 11, 25 (2010).

Cordura*

Reunión para un posible caso. Mi presencia es más simbólica que necesaria pues hay varias cosas que definir antes de evaluar un posible proceso. Bueno, busquemos el lado positivo. Cojo un lapicero y me pongo a escribir palabras sueltas para relajar el pensamiento.

Tengo igual un oído activo en la reunión —no sería gracioso que me pregunten algo y yo esté divagando—. Uno de los asistentes toma la palabra para decir que otro es un “máster”, pero luego continua y dice que es “más terco que […]”. Me pareció gracioso y sonrío un poco; no será una broma como para llorar de risa, mas cosas así dejan buena vibra.

Pero la idea se queda en mi cabeza. Y se me queda porque máster/más terco es un juego llano de palabras que tímidamente se acerca a un ritual lúdico más complejo: los textos bifrontes. No soy experto pero en esencia es un texto que suena igual pero arroja diversos sentidos al cambiar el orden de las sílabas. Va ejemplo:

El mar y no tu telar.
El mar y no el ejido, el mar y no su eco.

Que también puede leerse como:

El marino tutelar.
El marino elegido, el marino sueco.

Estoy reflexionando sobre el marino sueco y en máster/más terco mientras un abogado habla sobre estrategias y plazos. Para ser sincero, hace días que estoy pensando en textos bifrontes, tengo presente a Darío Lancini, un venezolano que, parece, devocionó su vida a ciertos juegos del lenguaje, incluyendo a los bifrónticos.

Pero pensar en Lancini también es una advertencia. No parece ser juicioso seguir la posta de un tipo que, posiblemente, quedó descolocado por dedicarse tanto tiempo a juegos del lenguaje. La percepción, la cosmovisión se corrompen. El juego pasa a ser el centro. ¿Cómo construir con total libertad si estás enfocado en que el texto no solo tenga por sí mismo sentido, sino que también lo tenga en relación al juego al que se ve sometido?

Pero Darío Lancini es Darío Lancini y Gino Rivas es Gino Rivas. Yo solo soy un aficionado, un tipo que sonríe mientras escribe pero que nada espera de ni reclama a la literatura. En teoría el mayor riesgo en mi caso es frustrarme un rato y luego dejarlo de lado. Además, esta reunión tiene para al menos una hora más así que por qué no ocuparnos en algo para pasar el tiempo.

Máster/más terco es jodidamente complicado. Después de un rato encuentro un inicio prometedor, una posible puerta:

Más terco, menta
Máster, comenta

Pero el costo ha sido alto, por lo menos he quemado 20 minutos para aumentar unas pocas sílabas. La (mi) lentitud me exaspera pero también me obsesiona. Tengo muchas ideas y  posibles continuaciones y en eso estoy pero de la nada la reunión también termina así que es hora de las despedidas.

Me despido mientras en mi mente cruzan frases como sientoquemos (siento que hemos / sien toquemos). Salgo de todo, que el mundo espere un rato, necesito, necesito, terminar esto.

Ahora que estoy libre de distracciones decido empezar de cero. Máster / Másterco es un buen punto de partida pero por qué no buscar otros. Recuerdo uno que leí hace tiempo:

Azulado es el mar.
A su lado es el cielo.

Elijo a ese. Es cuestión de apoyarme en “comenta” —por las puras no gasté 20 minutos de mi vida en descubrir (?) tal conjunción de letras— y seguir construyendo.

Comenta se vuelve cometa (Azulado cometa/ A su lado come ta[…]) y mi día se vuelve un infierno. No puedo dejar esto hasta tener algo completo. No almuerzo, las lentejas que cociné pueden seguir viviendo. Estoy mal (Azulado cometa, mal / A su lado come tamal) pero eso por ahora es lo de menos.

Salgo a caminar. Parque, carro, niño, poste, botica, avenida solo sirven en función a su utilidad para el juego. Todo pasa a someterse al juego. El universo entero se reduce a esto.  ¿Qué tiene esto que es tan obsesivo? Pienso en tetris, en acomodar las piezas, en que todo coincida, en que haya un orden, pero también un bisentido, pues uno no es suficiente. No puede ser suficiente.

El sol indica que ya han pasado varias horas. Tengo claro que esto no es sostenible. Pienso en dejarlo ahí, pero me asusta dejarlo inacabado. ¿Cómo voy a dormir pensando en esto? Debo ponerle fin sin reparo. Hago un esfuerzo y logro tener algo completado.

Azulado cometa, mala sien, toquemos todo lo grado.
A su lado come tamal, asiento que hemos todo logrado.

Cojo el texto, lo veo. Es aceptable, sí. Puede continuarse, sí. Pero mejor no verlo de nuevo. Escribir, para mi, nunca había sido sufrimiento. En todo caso, ha sido refugio para atesorar las cosas buenas y lidiar mejor con las cosas malas. Pero hoy entiendo que hay que tener cuidado al jugar con las palabras. Quizá si la mayoría juega en una ruleta igual no sienta ganas de ir al día siguiente, pero hay un 1% que queda condenado a esas apuestas sin remedio. Quiero decir más pero ya no debo decir más. Todo lo grado podría perfeccionarse, y continuarse, pero antes de darle más alas a esa idea mejor exterminarla sin miramientos. Y que este sea un testimonio de que al menos una vez jugué con fuego.

*Este texto puede pecar de ridículo y artificial. Pido disculpas por ello.

 

30

2014. Parque Kennedy. Vamos saliendo ya varios meses. El plan siempre es ver una película pero nunca terminamos entrando al cine. Ese día ella habla mucho sobre laceados (“¿brasileño o japonés?”) y yo para contrastar las cosas le cuento que mi cabello tiene una vida útil de 7 años, pues en mi estirpe la calvicie empieza con fuerza a los 30. Se ríe. Me dice que falta mucho. Sonrío. Es verdad, falta mucho.

2016. Reunión familiar. Es un cumpleaños especial para mi abuela y esta vez todo el mundo ha venido. Veo de nuevo a un primo lejano que siempre me cayó bien cuando yo era niño. Hablamos, recordamos viejos tiempos. Hay un punto en que me cuenta algo que no llego a captar bien, y me dice que “ya cuando tengas 30 años entenderás”. Me río; es cierto, si yo tengo 25 él ya está en 30 o 31. Le pregunto que qué se siente cargar con tres décadas, y me dice sonriendo que no me preocupe, que también me va a tocar.

2018. Bar Público. Es temprano, se puede hablar sin alzar la voz. Voy un par de chelas y me acerco a caja para comprar más cerveza. Aprovecho para pedir que pongan una canción —dame un poco de trago y me vuelvo levemente conchudo—. Vuelvo a la mesa, los demás están rajando de un tipo. Escucho algo y me desconecto un poco, esa historia ya me la han contado. El relato termina. “Y ese cojudo cuántos años tiene?”, pregunta uno. Yo, que lo conozco, respondo que 31, y después de un silencio infinito de dos segundos, alguien añade “ya está viejo ese huevón”.

2020. Consultorio. Le entrego al doctor el examen de rayos X que me pidió. Él observa y me dice que en efecto, mis articulaciones ya están un poco desgastadas. No es la primera vez que converso con este tipo, ya hace tiempo que por él uso zapatillas especiales, caliento 15 minutos antes de correr, evito cargar peso. Él termina de revisar los resultados y me dice que definitivamente debo suavizar mi rutina. Me pregunta mi edad. Yo respondo que 29. Y me dice que lógico, que ya a partir de ahora todo es cuesta abajo.

2021. Aviación, Angamos. Ya no falta nada. Contrariamente a mis pesimistas expectativas, aún tengo cabello. ¿Qué ha cambiado que ahora todo es distinto? Pienso en el fin del mundo (¿de mi mundo?), hago un recuento de lo que he hecho, de lo que he vivido. Viajo al pasado y extraigo algunos recuerdos. Estos que ahora son una antesala para expresar lo que siento.

Sigo caminando, en la ruta un señor vende espejos de cuerpo completo. Me acerco, me miro. Sí, es cierto, ya no soy el mismo. El señor me pregunta qué me preocupa. Sonrío y le agradezco. Y es ahí que entiendo que hoy he estado equivocado, errado por pensar hacia atrás todo el tiempo. Que la vida y las cosas que le darán sentido están también adelante. Que valorar la juventud no puede significar estar triste por perderla. Y que una nueva etapa también es una oportunidad para empezar de cero.