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ANTORCHAS EN LA NOCHE

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Siempre me han gustado las películas de terror. Frankenstein y el Hombre Lobo son mis criaturas favoritas. Ambos sufrían su condición de diferentes y estaban condenados a la soledad, un sino trágico los marcaba. A diferencia de Drácula quien parecía disfrutar su condición de criatura de la noche, siempre acompañado de adoradores y haciendo gala de sus habilidades asesinas.

En cambio, mis ídolos eran distintos e incomprendidos. Los aldeanos no les entendían, les temían. Eran diferentes y por tanto peligrosos. Debían ser perseguidos con antorchas en medio de la noche y, de ser posible, debían ser aniquilados en nombre de la paz y el orden.

En ese universo paralelo que son las redes sociales, la persecución con antorchas es deporte popular. Sí la opinión manifestada es controversial, impopular, minoritaria pues prepárate para correr. La intolerancia reina. El insulto y la descalificación son las armas preferidas. ¿Discusión de ideas? ¿Debate de propuestas?, innecesarios ejercicios retóricos. Fundamentalismo por todos lados.

Asesinatos absurdos por razones ideológicas y/o religiosas. La consigna de exterminar al que piensa diferente.
Intenta pensar en esto antes de encender tu próxima antorcha.

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MULTITAREA

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Consulto información sobre el producto de mi interés. La vendedora está ocupada empaquetando algunos artículos. Ella no se detiene, continua empaquetando, no me mira, ni siquiera levanta la cabeza. Repite, con un tono de voz casi robótico, las bondades del producto. Yo me siento ignorada.Demasiado ocupada para ser amable

Robert M. Sapolsky, profesor de la Universidad de Stanford, sostiene que experimentar frecuentes interacciones sociales carentes de cortesía genera estrés. El mismo afecta el sistema inmune y promueve la aparición de problemas de salud tales como: enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes y úlceras.

La joven vendedora no parece estar consciente de su descortesía. Ni de los efectos de la misma en mí.

Las bondades del “estado multitarea”.

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CONECTADOS

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La mayoría de nosotros somos conscientes del efecto directo que ejercemos en nuestros amigos y en nuestra familia. Dependiendo de nuestras acciones pueden ser felices o desgraciados, sanos o enfermos, hasta ricos o pobres. Pero rara vez nos paramos a pensar que cuanto creemos, sentimos, hacemos o decimos puede llegar más allá de las personas a quienes conocemos. A la inversa, nuestros amigos y nuestra familia son conductos por los que nos pueden llegar las influencias de cientos o de miles de personas. En una especie de reacción social en cadena., podemos vernos profundamente afectados por hechos de los que no somos testigos y en los que intervienen personas a quienes no conocemos. Es como si pudiéramos sentir el pulso del mundo social que nos rodea y responder a sus persistentes ritmos. Como parte de una red social, nos trascendemos, para bien o para mal, y nos convertimos en parte de algo mucho mayor. Estamos conectados.

El hecho de que estemos conectados tiene consecuencias radicales para nuestra concepción del ser humano. Las redes sociales tienen valor precisamente porque nos pueden ayudar a conseguir lo que no seríamos capaces de conseguir por nosotros mismos. (…) Pero los efectos de las redes sociales no siempre son positivos. La depresión, la obesidad, las enfermedades de transmisión sexual, el pánico financiero, la violencia e incluso el suicidio también se difunden. Porque resulta que las redes sociales tienden a magnificar los frutos de todo lo que plantamos en ellas.

En parte por este motivo, las redes sociales son creativas y lo que crean no pertenece a ningún individuo y lo comparten todos sus miembros. Una red es como un bloque comunal: todos nos beneficiamos de él, pero todos hemos de asegurarnos de que siga estando sano y sea productivo. Esto significa que las redes sociales requieren cuidados: por parte de los individuos, de los grupos, y de las instituciones. Aunque las redes sociales son fundamentalmente y singularmente humanas, amén de omnipresentes, no debemos dar su existencia por garantizada.

Si eres más feliz o más rico o estás más sano que otros, puede que ello tenga que ver con el lugar que ocupas en la red, por mucho que no puedas discernir bien cuál es. Y puede también que tenga mucho que ver con la estructura global de la red, aunque no podamos controlarla.

Los poderosos efectos de las redes sociales sobre las conductas individuales y sus resultados sugieren que el ser humano no tiene un control completo de sus decisiones. La influencia que unos tienen sobre otros en las redes sociales, por tanto suscita algunas cuestiones morales. Nuestra conexión con otras personas afecta nuestro libre albedrío.

(…) Si queremos comprender el funcionamiento de la sociedad, necesitamos llenar los vínculos perdidos entre los individuos. Necesitamos comprender de qué forma las interconexiones y las interacciones entre las personas dan a pie a aspectos totalmente nuevos de la experiencia humana que no están presentes en el individuo. Si no comprendemos las redes sociales, no existe ninguna esperanza de que comprendamos completamente cómo somos y cómo es el mundo que habitamos.

En CHRISTAKIS, NICOLAS A. Y FOWLER, JAMES H.
2010 “Conectados”, Editorial Taurus Pensamiento, pp. 43 – 45. Sigue leyendo

DIFERENTE Y MEJOR

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Amelia es encantadora, educada, amable y considerada. Solidaria con los compañeros de trabajo, siempre buscando los puntos de conciliación. Es un gusto trabajar con ella. Hace unos días durante un momento de café conversabamos sobre la violencia y como nos afecta en la vida cotidiana. En los gestos, en las medias palabras y en lo que no nos permitimos expresar pero sentimos; esas pequeñas o grandes contradicciones con las que traicionamos nuestros intentos por ser (o al menos parecer) coherentes. “Lo que más detesto, es ese maltrato verbal” me decía. “Es terrible como alguna gente trata a las personas del servicio doméstico, por ejemplo. Y es peor considerando que los patrones son tan cholos como los del servicio.” Me quedé perpleja, ella prosiguió con total naturalidad: “Todavía una persona de diferente raza se puede entender ¿pero un cholo choleando a otro cholo? Incomprensible ¿no te parece?” Amelia se considera a sí misma de otra raza, diferente y, sospecho que en el fondo, superior. Amelia no maltrataría a una persona por el solo hecho de ser o parecer chola. Eso le parecería racismo.

 

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Tres niños

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Tres niños han muerto intoxicados luego de consumir alimentos que el estado les provee. Desde Lima, a años luz del pequeño hospital donde una docena de niños se recupera, la solemne funcionaria declara que la culpa recae en las señoras encargadas de cocinar el alimento. Claro, pobres que no siguieron las reglas elementales de higiene. No sé si esto lo declara antes o después de bailar alegremente en un evento público. Acto seguido, otro solemne funcionario (aunque de menor rango) se hace presente en el lugar de los acontecimientos. Con voz compungida, ceño adusto y algunos billetes en mano, ofrece a los deudos esos billetes como señal de solidaridad. No una autocrítica, una promesa de investigación o al menos un abrazo: solo los billetes. ¿A qué aritmética habrá recurrido? ¿Cómo habrá realizado el cálculo para llegar al monto exacto de S/. 150 soles por niño muerto?. El funcionario de menor rango ha sido cesado raudamente. Ahora me pregunto: ¿Cómo será perder un hijo en esas circunstancias? ¿Cómo será que alguien te ofrezca dinero para aplacar ese dolor?.

 

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Diferente

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Cuesta mucho aceptar lo diferente. Lo diferente asusta, repele, incomoda. Remueve temores que no nos atrevemos a confesar. Esquivos monstruos agazapados en las esquinas oscuras de nuestro interior. Ese temor nos impide arriesgarnos a conocer, a tratar de entender. A otros y a nosotros mismo. Es más fácil colocar vistosos letreros en las cosas y personas y así darles el visto bueno o, por el contrario, condenarlos al exilio de lo diferente, lo inconveniente. Se observa y juzga desde una pequeña torre vigía investida de normalidad. Pero ¿qué pasaría si todas aquellas peculiaridades que escondemos a otros fuesen, de pronto, visibles para todos?. ¿Sí todas esas filias y fobias que no compartimos y que escapan a toda carrera de lo habitual y esperado, salieran a tomar el sol?. Imagino el caos, la anarquía.Tal vez sea por eso que se nos complica la tan ansiada y, a la vez, temida intimidad: por que de cerca, nadie es normal. Sigue leyendo

Un tesoro en el garaje

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Una pequeña casa en una pequeña villa en el sur de Francia. Un tesoro guardado en el garaje. Pierre Le Guennec lo tuvo allí durante 40 años, empaquetado en plástico junto a viejas herramientas y cachivaches familiares. 271 obras inéditas de Picasso. Su valor en mercado: 80 millones de euros. Su valor artístico: incalculable para los entendidos.

La historia de cómo obtuvo esas maravillas es confusa: Alega que en 1973,  Jackeline Roque, la última esposa de Picasso, se las obsequio junto con papeles viejos en una caja de cartón. Que había conocido a la familia por sus constantes visitas para realizar labores de fontanería. Que las guardo pensando que no tendrían gran valor. Los mismos administradores del legado han declarado la autenticidad de las obras: pertenecen al período que va de 1900 a 1930. También han iniciado procesos legales para recuperarlas.

La razón que alega Le Guennec para sacar a la luz pública el deslumbrante legado es simple: temía morir sin saber el valor real de aquellos dibujos que siempre le parecieron incomprensibles y, tal vez, la posibilidad de dejar algún dinero a sus hijos. La opinión pública esta dividida: para unos no es más que un pillo que escondió bienes robados, esperando pacientemente la prescripción de los delitos. Para otros, es el fontanero más afortunado del mundo. En todo caso, imagino lo que sería tener un tesoro escondido durante cuatro décadas, sin decírselo a nadie. La posibilidad de disfrutar del placer de poseer algo maravilloso y único en absoluta soledad. Difícil de imaginar en tiempos de exhibicionismo como prueba de existencia. Recuerdo ahora lo que un amigo me dijo alguna vez: la felicidad perfecta sería tener mucho dinero y que nadie lo supiese.

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Defectuosos

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La niña nació con síndrome de Down. También con diversas y serias complicaciones de salud. Sus padres más que tristes se sientes estafados. No estafados por la vida o algún ser superior sino por los médicos que realizaron los procedimientos de fertilización in vitro. “Yo pagué por lo mejor” sostiene el padre, ¿cómo se sentiría si le dieran un producto defectuoso?, añade. Amenaza con millonarias demandas. Pobre niña, no solo la aquejan diversos males físicos sino que sus padres la consideran, al parecer, una mala inversión. Pobres padres, creían poder concebir al hijo soñado: perfecto, hermoso, saludable y solo les tocó una niña frágil y necesitada. Felizmente, para ellos, ya no tienen que apelar a la fortaleza del espíritu ni al amor paternal, infinito en sus afectos. Felizmente para ellos, existe el Código de Protección del Consumidor.

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La importancia de lo cotidiano

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Una pareja de amigos me comenta un incidente funesto: un energúmeno propinó una golpiza a un conocido suyo. Se presume homofobia. Mis amigos están indignados, poseídos por una ira santa. Despotrican contra el agresor, lo llenan de improperios, claman por justicia.

Como son hijos de estos tiempos su primera acción ha sido apuntarse en la página de facebook creada para canalizar la ira ciudadana. Los comentarios van desde la condena solidaria hasta el llamado a la búsqueda y captura. Lo curioso es que muchas veces he escuchado a estos mismos amigos bromear entre ellos y con otros haciendo referencia a la condición homosexual como una deficiencia, sinónimo de debilidad e inclusive como una aberración de la naturaleza. A veces, cuando escucho alguno de esos comentarios pretendidamente jocosos imagino lo incómodo y excluído que debe sentirse uno al ser caricaturizado de esa manera. Es cierto, no es lo mismo hacer un chiste malo y reírse de él que golpear a otro por simple odio. Pero ¿no es ese ejercicio de ridiculización una forma de homofobia? Más sutil y cotidiana pero homofobia al fin. Son esos actos cotidianos, al parecer anodinos, los que expresan el verdadero sentido que le otorgo a las cosas de este mundo. Pero resulta complicado, extenuante hacerme cargo de mis opiniones, de mis reales filias y fobias. Es más sencillo ser solidario vía Facebook

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Indiferencia

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Una discusión en el metro de Roma. Un joven gamberro golpea en la cabeza a una mujer y ella queda allí tirada. Un hecho cotidiano de violencia callejera. Lo verdaderamente notable viene después: personas apuradas pasan junto a ella sin siquiera mirarla: una señora mayor con la bolsa de la compra, dos apuradas estudiantes, ejecutivos celular en mano y hasta un inspector de seguridad. Pasan los minutos y ninguna reacción. Ni siquiera una mirada al pasar. Al fin, alguien se detiene, pide ayuda, llama la atención de un par de guardias que rondaban no lejos de allí. Maricica Hahaianu muere tres días después luego de ser declarada en coma.

En Lima, hace mucho tiempo, una niña pasea con su madre por el centro. De pronto unos policías municipales se acercan a una mujer que vende baratijas junto a dos niños. Con el afán de desalojarla toman las pocas cosas y a los niños y se arma un gran revuelo. Algunos paseantes se detienen a mirar la escena sin decir palabra. De repente la mujer paseante hala a la niña de un brazo y a gran velocidad se acerca a los hombres. Increpándoles con melodramáticos argumentos: “¡abusivos! ¡Sí es una madre!”, insiste en que dejen en paz a la vendedora. Los hombres con paciencia inesperada le explican que se violan normas de ornato municipal, que eso no se puede permitir. Pero la mujer arremete con más fuerza y con un argumento incontrovertible “Hijito, ¿es que acaso no tienes madre?”. La gente, que hasta el momento se había mantenido indiferente, ahora toma partido por la mujer. El vocerío se hace más y más grande. Los pobres hombres no tienen más remedio que dejar ir a la mujer y a su mercancía.

La indiferencia puede ser tentadora. Es cómoda, segura. Siempre será más fácil alejarse. La ira puede convertirse en otra cosa y hasta el odio puede ser oportunidad para el cambio pero la indiferencia es la nada, la ausencia de respuesta, el vacío. Eli Wesel, un sobreviviente del holocausto lo explico de manera precisa: es mejor un Dios injusto que uno indiferente

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