Archivo por meses: octubre 2010

Indiferencia

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Una discusión en el metro de Roma. Un joven gamberro golpea en la cabeza a una mujer y ella queda allí tirada. Un hecho cotidiano de violencia callejera. Lo verdaderamente notable viene después: personas apuradas pasan junto a ella sin siquiera mirarla: una señora mayor con la bolsa de la compra, dos apuradas estudiantes, ejecutivos celular en mano y hasta un inspector de seguridad. Pasan los minutos y ninguna reacción. Ni siquiera una mirada al pasar. Al fin, alguien se detiene, pide ayuda, llama la atención de un par de guardias que rondaban no lejos de allí. Maricica Hahaianu muere tres días después luego de ser declarada en coma.

En Lima, hace mucho tiempo, una niña pasea con su madre por el centro. De pronto unos policías municipales se acercan a una mujer que vende baratijas junto a dos niños. Con el afán de desalojarla toman las pocas cosas y a los niños y se arma un gran revuelo. Algunos paseantes se detienen a mirar la escena sin decir palabra. De repente la mujer paseante hala a la niña de un brazo y a gran velocidad se acerca a los hombres. Increpándoles con melodramáticos argumentos: “¡abusivos! ¡Sí es una madre!”, insiste en que dejen en paz a la vendedora. Los hombres con paciencia inesperada le explican que se violan normas de ornato municipal, que eso no se puede permitir. Pero la mujer arremete con más fuerza y con un argumento incontrovertible “Hijito, ¿es que acaso no tienes madre?”. La gente, que hasta el momento se había mantenido indiferente, ahora toma partido por la mujer. El vocerío se hace más y más grande. Los pobres hombres no tienen más remedio que dejar ir a la mujer y a su mercancía.

La indiferencia puede ser tentadora. Es cómoda, segura. Siempre será más fácil alejarse. La ira puede convertirse en otra cosa y hasta el odio puede ser oportunidad para el cambio pero la indiferencia es la nada, la ausencia de respuesta, el vacío. Eli Wesel, un sobreviviente del holocausto lo explico de manera precisa: es mejor un Dios injusto que uno indiferente

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Lo que el corazón desea

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Euripides escribió Medea en el año 431 antes de Cristo. Un texto de 2400 años. Es la historia de una traición y de una venganza. Es acerca de promesas incumplidas, de corazones rotos, furia desatada. El abismo del corazón humano abierto de par en par.

Todos los protagonistas tienen buenas y convincentes razones para hacer lo que hacen: el derecho inalienable a la felicidad personal, la justicia de la venganza, la protección feroz de lo que se ama. Lo primero que viene a la mente al ver a estos personajes representados en escena es la verificación de lo poco que ha cambiado el corazón humano. A pesar de los cambios tecnológicos, las guerras y desastres varios, el corazón humano se mantiene inalterable en su condición de cazador solitario. A pesar de toda la filosofía y las religiones y las maravillas del arte y los viajes interplanetarios y las redes sociales el corazón desea lo que el corazón desea y no hay razón que se interponga. Y Euripides sabía algo más: que no hay nada más peligroso (y poderoso) que una mujer con un plan.

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