Archivo por meses: septiembre 2010

La tentación del fracaso

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¿Es posible desear algo intensamente y, al mismo tiempo, complotar contra uno mismo para no lograr lo deseado?. Al fracasar podemos distribuir culpas: que el karma, que el clima, que la genética, que el infierno es el otro. Podemos llorar y lamentarnos y apelar a la conmiseración del respetable que, en la mayoría de los casos, alienta al que va perdiendo: “pobrecito” claman, ” no es justo” insisten, “tanto nadar para morir en la playa”.

Después de todo perder es una experiencia que iguala. Al ganar es cuando nos elevamos de entre la multitud. Y allí comienza el trabajo duro. Al ganar, al obtener lo que se desea estamos obligados a probar que, luego de tantos intentos y lucha, somos capaces de cumplir lo prometido, de llevar adelante la tarea, de comportarnos a la altura de las circunstancias.

Sobrellevar el éxito requiere de voluntad, energía, perseverancia, de una gran autoestima. ¿Y que pasa cuando es una mujer la que tiene que lidiar con la ambición y el deseo de éxito?. Un hombre es, por naturaleza, ambicioso. Es lo que se espera de él. En cambio, una mujer ambiciosa, suscita recelos y prevención.

Ser capaz de ganar sin morir en el intento puede resultar una tarea atemorizante. ¿Será que el temor a ganar es más apabullante que el de perder?

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¿Decir siempre la verdad?

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En el spot el padre dice al niño: “Horrible tu gol, hijo. Yo creo que lo tuyo es el ajedrez”. Resulta evidente: el hombre ama más a la verdad que a su retoño. Duela a quien le duela y caiga quien caiga. La honestidad como valor máximo, asumiendo las consecuencias de decir lo que se piensa, sin enmascarar la realidad por temor o conveniencia. ¿No es acaso esta una virtud deseable?. Sin embargo, el spot ha sido duramente criticado por presentar una presunta situación de abuso infantil. Es posible, los niños deben tener el derecho inalienable de creer que el mundo es un lugar amable y los padres tienen la obligación de preservarles esa ilusión lo más que puedan.

Pero volvamos a la anécdota retratada en el spot. ¿Sería este caballero capaz de decirle lo mismo a su jefe, por ejemplo?, ¿sería capaz de asumir las consecuencias de ejercer ese amor sin límites por el ejercicio de la verdad? Imaginemos que un día nos despertamos sin la capacidad de mentir, que durante 24 horas solo diremos y oiremos la verdad y nada más que la verdad. ¿Sobreviviría el mundo a tal cataclismo? ¿Lo haría yo? ¿Y tú?. Sigue leyendo