Archivo por meses: enero 2011

Las líneas que marcamos

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Un día aparece una caja en la puerta de tu casa. Dentro de la caja un artefacto sencillo con un gran botón rojo en la parte superior. También viene una nota: “Recibirá una visita a las 5 de la tarde”. A la hora exacta llega el visitante misterioso. El mismo te informa, con toda seriedad, que al apretar el botón del artefacto te será entregada una cuantiosa suma de dinero (deja volar tu imaginación). Para demostrar la seriedad de sus intenciones, muestra un montón de billetes que lleva, vistosamente, en un maletín. Un detalle adicional: al apretar el botón alguien, en alguna parte, morirá. Ningún conocido, nadie familiar. Solo alguien en alguna parte. Te asegura, además, que nada se sabrá acerca de la operación ni del dinero entregado. Es la trama de una película. La misma resulta fallida. La premisa, en cambio, resulta intrigante. Me recuerda esas preguntas que vienen en los cuestionarios que se hace a gente famosa: “Si pudiera cometer un delito sin ser juzgado ¿cuál sería?” .La mayoría responde, cándidamente y para la platea, que robaría libros o cosas semejantes. Consulto el tema con un amigo quien tiene fama de incorruptible. Primero me insiste en que no existe tal condición. Que todo somos falibles, que todos podemos ser tentados, que todos podemos fallar a lo grande. En resumen, que dadas circunstancias singulares, todos podríamos apretar ese botón rojo. Me precisa que es una cuestión de estándares. Líneas que marcamos y decidimos no atravesar. Líneas marcadas en concreto y no solo en arena.

 

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Lo impredecible

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Se planea el viaje con la debida antelación. Se consulta con diversas fuentes de información. Se verifica la existencia de los fondos necesarios, se consulta las tasas de interés y la vigencia de las tarjetas de crédito. Se contrata los servicios de un proveedor de absoluta seriedad (esto se sabe porque se verifican las referencias). La vigencia de los documentos de identidad también esta acreditada. Se hacen las maletas, se asegura uno de tener lo necesario: una chaqueta abrigadora que combine con el resto del guardarropa, los zapatos de los materiales y los colores adecuados, los accesorios que combinen con la chaqueta y los zapatos. Y así. Se llama al taxi de agencia (por lo de la seguridad, claro). Se parte feliz ante la proximidad de la aventura. Aventura hiper programada, claro esta (ya no estamos para otros trotes). Lo que no se sabe es que lo impredecible nos espera a la vuelta de la esquina. Vuelos que se pierden, cambios en la programación de los servicios, presupuestos desbordados. Buses carcochas que deben ser tomados al filo de la medianoche: alta probabilidad de asalto en carretera. Llegada casi al borde de la hora límite. Ataque de nervios inminente. Pero, finalmente, se llega y el destino supera las expectativas o uno se convence a sí mismo de ello. Y olvida que ha tenido que viajar por aire, tierra y mar para llegar. Como la vida misma, digamos

 

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