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CREATIVIDAD: UN ASUNTO PERSONAL

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Siempre desee ser una persona creativa. Precisaré lo que he considerado como una persona creativa: Alguien brillante con la habilidad de trasladar a la realidad las imágenes que habitan en su privilegiado cerebro. Que puede elegir las palabras y formas correctas, modelarlas a la perfección para generar poderosas reacciones emocionales. O personas que pueden encontrar soluciones simples y elegantes a problemas complejos, sin mucho esfuerzo. Personas conectadas, de maneras misteriosas, a la música de las esferas y capacitadas para crear arte, formas hermosas y/o soluciones ingeniosas.

Así, la respuesta a la pregunta de si me considero una persona creativa sería un resonante no.

Y la respuesta es no porque nunca me ha sido fácil proponer soluciones a los variados problemas que nos presenta la existencia. Yo debo investigar, leer, preguntar (y preguntar otra vez), comparar fuentes, revisar y pensar y pensar otra vez. Y nunca se tiene la certeza de tener la respuesta correcta. Algunas respuestas (la mayoría) son siempre imperfectas, siempre están en construcción. Es como lo decreta el pasaje bíblico: “Y comerás el pan con el sudor de tu frente…”,  debo lidiar con mis limitaciones para lograr generar soluciones que pretenden ser creativas.

Esta incapacidad de acceder a soluciones brillantes gracias a la inspiración y la inteligencia sin la necesidad de realizar un esfuerzo hercúleo es lo que me ha llevado a tratar de entender que es realmente creatividad y si es posible para mí (un ser humano común y corriente) acceder a sus fuentes.

¿Cómo la define la academia? Veamos: “La creatividad sucede cuando alguien crea algo nuevo que es útil o generativo o influyente” (Csikszentmihalyi, 1996). Útil (en este contexto) significa que lo creado soluciona un problema. Generativo implica que eso nuevo creado lleva a crear otras ideas o cosas.  Influyente significa que lo creado modifica la manera en que las personas miran, escuchan, piensan o hacen las cosas.

En resumen: “Creatividad es organizar el desorden” (De Branbandere, 97)

Entonces, hablamos de la habilidad de generar soluciones a problemas específicos. Un esfuerzo consciente de usar los recursos y enfocarlos en la búsqueda de nuevas maneras de lidiar con las situaciones de nuestra existencia. Bueno, yo puedo hacer eso, puedo concentrarme los suficiente y por el tiempo requerido. Pero, ¿y sí se requiere un talento especial? Pues sí se tiene el talento ¿no se facilita la labor?

Daniel Coyle trata de responder esta pregunta en su libro “El Código del Talento”. En el mismo desarrolla una teoría interesante acerca del proceso de aprendizaje. Aprender en circunstancias difíciles y adversas puede estimular lo que él denomina “práctica profunda” (Coyle, 16). A mayor esfuerzo el proceso de aprendizaje se ralentiza, cuando bajamos el ritmo podemos reflexionar acerca de nuestros aciertos y fallos. Reflexionar sobre nuestros fallos nos permite mejorar nuestra práctica. Al mejorar nuestra práctica mejoramos nuestros procesos de aprendizaje.

Es un concepto que va en contra de la opinión general de que lo deseable es lograr una generación fluida y sin esfuerzo de soluciones creativas. Coyle cita a Robert Bjork, profesor de psicología de UCLA: “Las circunstancia que aparecen como obstáculos (en los procesos de aprendizaje) tienden a ser circunstancias favorecedoras en el largo plazo” (Coyle, 18). Bjork señala que la razón para esto es que nuestro cerebro es una estructura viva, en estado de modificación constante. Al superar los obstáculos en los procesos de aprender y solucionar, generaremos más conexiones neuronales. Cuantas más conexiones generemos, más rápido aprenderemos.

Coyle provee una visión optimista para personas que como yo  tienen que “sudar” para lograr ser creativas pues implica que a medida que perfecciono mi trabajo de manera consistente mayor será la posibilidad de enriquecer estas soluciones y de fortalecer el “músculo creativo”.

La creatividad más que una “gracia divina” es un constante esfuerzo por cambiar los paradigmas y perspectivas sobre las cuestiones que nos interpelan. Así, sí no puedo encontrar soluciones al primer intento (o al segundo o al tercero) todavía puedo tener la convicción que como en el caso de la roca que es destruida con el golpe número cien (es decir, luego de noventa y nueve intentos fallidos) solo me queda persistir en mi búsqueda de la creatividad.

Bibliografía

Brandebere, L. d. (2005). The forgotten half of change. Chicago: Kaplan.

Coyle, D. (2009). “The sweet spot”. The talent code. New York: Bantam.

Csikszentmihalyi, M. (1996). Creatividad: El flujo y la psicología del descubrimiento y la invención. New York: Harper.

Strokes, P. (2006). Creativity from constraints. The Psychology of Breaktrough. New York: Springer Publishing Company.

Fuente de imagen: http://www.premioceleste.it/opera/ido:151575/

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lo inesperado como regalo

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Los artistas más productivos  tienen un plan en mente cuando llegan a trabajar. Ellos saben lo que quieren lograr, cómo hacerlo y qué hacer si un proceso se descarrila. Pero existe una línea muy fina entre una buena planificación y exceso de la misma. Nunca he permitido que la planificación  inhiba la evolución natural de mi trabajo.

(…) Un plan es como el andamio alrededor de un edificio. Cuando trabajas en la estructura exterior, el andamiaje es vital. Pero una vez que la cáscara esté en su lugar y se empieza a trabajar en el interior, el andamiaje desaparece. Eso es lo que pienso de la planificación. Tiene que ser lo suficientemente seria y sólida para conseguir que la labor se establezca y  se oriente pero no puedo permitir que domine la labor una vez que se empieza a trabajar en las interioridades del proyecto. La verdad es que la transformación de las ideas rara vez sale de acuerdo al plan.

Esta es, para mí,  la paradoja más interesante de la creatividad: Para ser habitualmente creativo  hay que prepararse para serlo, pero una buena planificación por sí sola no hará que mis  esfuerzos sean exitosos, es sólo después de dejar de lado los planes que puedo dar vida a mis esfuerzos.

Cuando estaba haciendo “Surf en el Rio Estigia” tuve problemas para concebir el final. Yo anhelaba algo majestuoso y no lo lograba. Entonces, un día en el ensayo, lo ví. Quería que cuatro bailarines de la compañía estuvieran en la escena final con una bailarina. Cuatro hombres, una mujer. No era la manera habitual de hacerlo. Tal vez algo inusual podía ocurrir con esa combinación. Y entonces me di cuenta: ¿y sí  levantan a la bailarina lo más alto posible, manteniéndola en una posición perfecta? Si se iluminaba de manera adecuada  (es decir, de manera teatral) parecería estar flotando en el aire. ¡Ese era el final!

Fue un golpe de suerte, pero estaba dispuesta a aceptarlo  por la sencilla razón de que necesitaba un  final. En ese momento me sentí bendecida, ya que la pieza  tomó una dimensión diferente, más coherente. Desde luego, no lo había planeado de esa manera. Fue un regalo. Pero también sentí que me lo había ganado.

Tus  esfuerzos creativos nunca pueden ser trazados completamente de antemano. Hay que tener en cuenta las  repentinas alteraciones del paisaje, el cambio de plan, la chispa accidental. Y hay que aprender a verlo como un golpe de suerte más que una alteración de  un esquema perfecto. Habitualmente las personas creativas están, en palabras de E. B de White, “dispuestas a tener suerte”.

Woody Allen dijo que el ochenta por ciento de éxito en el mundo del espectáculo radica en presentarse. Lo mismo sucede con la suerte: ochenta por ciento depende de que estés allí para verla. Mis bailarines pueden estar haciendo las cosas más maravillosas en el estudio, pero si no estoy allí para ser testigo de ello, puede muy bien suceder lo mismo  que  con el proverbial árbol que cae solo en el bosque. Nunca sucedió

 

 

 

En “The creative habit. Learn it and use it for life”  Twyla Tharp. 2006, pp. 118 – 120

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