De mártires, asesinos y feligreses – In Bruges (2008)

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In Bruges funciona como acto expiatorio, la confrontación moral de sujetos sin moralidad aparente, el castigo voluntario (o parcialmente voluntario) frente a actos inexpugnables y sin perdón razonable. La propuesta de Martin McDonagh, más allá del humor negrísimo y la cuidadosa caracterización de personajes, resalta como un dilema sobre dilemas: ¿puede un asesino a sueldo elegir la redención y el martirio? ¿Acaso el suicidio o la venganza, como ejercicios de violencia irreversible, pueden servir como ofrenda proporcional al daño realizado? ¿Vale la pena entregar la vida al extremo padecimiento y la nula autocompasión? Rozando ligeramente el absurdo, In Bruges presenta el dilema desde aristas distintos, desde la ironía y el cinismo y, aun así, con cierta pizca de emocionalidad y tragedia. Sugiere que, incluso desde el mundo del crimen, existe algún tipo de código moral, a veces rígido y vigilante, y que, cuando sale a relucir, es capaz de someter a los personajes al límite, todo, con tal de obtener el perdón.

In Bruges parte de una premisa que, originalidades aparte, apela a lugares comunes: dos sujetos, construido uno en oposición al otro, esperan (pacientemente o quizás no tanto) a recibir alguna respuesta luego de un suceso horrible. La espera, así como la de Godot o, si nos ponemos creativos, la del santo Job, es suficientemente quejumbrosa (y carente de sentido) por sí sola. Ray y Ken, asesinos a sueldo y colaboradores habituales de Harry Waters, se encuentran en Brujas. Paciente, refinado e intelectualoide, Ken lleva años en el servicio. Ray, siguiendo el arquetipo, es joven, inmaduro, emocional y caprichoso. Ray lleva en su consciencia un fatídico error: el asesinato de un niño en una parroquia local, víctima colateral del hit contra un arzobispo. Asesinar a un niño, por supuesto, es, dentro del código no escrito de asesinos a sueldo, cruzar la línea, una muestra de suficiente incompetencia y mayor crueldad. Los días en Brujas resaltan por su parsimonia, repetición y, en el caso de Ray, una suerte de eminente entrampamiento, en el que las murallas de la ciudad medieval se cierran sobre él, le asfixian, y le recuerdan sus crímenes. Harry quiere que Ray pague por sus acciones, lo que fuerza a los tres personajes a confrontar sus creencias medulares.

Las alegorías del film no son difíciles de reconocer. McDonagh recurre a la moral religiosa, preferiblemente la católica, como eje central del film, y decide emular esa misma concepción teleológica (de redención celestial y castigo del infierno) en casi todo lo que filma. Brujas, por supuesto, representa el letargo del purgatorio: un espacio de transiciones en el que nada sucede, un espacio de esperas, reflexiones y contemplaciones, en el que los pecadores -Ray y Ken- no pueden hacer nada más que sentir el peso de sus acciones crecer en su interior. Ray se quiebra ante la eminente crueldad de sus acciones pasadas; Ken, al borde del retiro, intenta conciliar sus creencias morales con lo inexcusable de su profesión. El mismo film, filmado mediante escenas contemplativas, de largos diálogos y numerosas ironías, refleja esa misma sensación de letargo. La trama, algo desordenada y de viñetas sin tanta relación, refleja esa sensación liminal propia de un purgatorio. De alguna forma, cada acción a la que se enfrentan Ray y Ken (las disputas con un ladrón, un enano drogadicto, estafadores; la confrontación con un burócrata quisquilloso o una familia de turistas desagradables) es una mini prueba a su carácter moral y una suerte de castigo, un sufrimiento cotidiano en el que la audiencia puede reconocerse a voluntad.

En una escena, de tantas que hay en el film, Ken y Ray se inmiscuyen entre los turistas y presencian una de las inquietantes obras de El Bosco, famoso por sus representaciones de pasajes bíblicos, numerosos pecados y cielo e infierno. El Bosco es, por supuesto, un motivo común en el film: los extraños personajes que adornan la Brujas moderna (y las situaciones sin mucho sentido) emulan la picardía y absurdez de la obra del neerlandés, demostrando, una vez más, que la distancia histórica no es motivo de distancia conceptual. La idea de juicio final, de cielo e infierno, tan incipiente en la sociedad occidental, sigue viva, latente en Ray y Ken, motivándoles a pesar de lo inhumano de su profesión.

Como dijimos, In Bruges se mantiene cómodamente en lugares comunes. Aquí se perciben los tres arquetipos del criminal, aquellos comunes en el imaginario popular. Ken, por supuesto, es el criminal refinado y hasta perdonable, ese de cierto compromiso moral, mirada amable, semblante inteligente, buenos morales y actitud altruista. A medio camino entre el Harvey Keitel de Reservoir Dogs (1996) y el Clive Owen de Inside Man (2006), Ken se lleva el favor de la audiencia. ¿Es eso suficiente para olvidarnos que, en su día a día, Ken gana dinero asesinando gente y arruinando vidas? El juego del film, una vez más, está en manipular la perspectiva, confrontar la hipocresía del espectador, dispuesto a perdonar al criminal si es que es bien portado y de amplio conocimiento. Para esto está Ray, quien, caótico, neurótico y desesperado, es nuestra vuelta a la realidad.

Ray, joven, atrevido e irresponsable, es claramente el tipo de criminal que está allí por error y no por decisión, aquel que, desde su primera vez, reconoce el horror en lo que hace. Ken, cínico y acostumbrado a lo que hace, cree que Ray merece el perdón, pero él no lo ve así. Ray, más cercano a un catolicismo pre concilio, cree en el castigo supremo. Irónicamente, mientras que Ken decide mantener un perfil bajo, Ray se mete en muchos problemas, como incapaz de reconocer algún cambio en él, eligiendo el camino totalizante (algunos dirían que más sencillo) de abandonarse al azar. Habría que preguntarse qué cosa sería mejor: si tener un mundo en el que la mayoría de criminales fuesen como Ken (metódicos, disciplinados y eficientes) o si vivir con la mayoría de criminales siguiendo a Ray (caóticos, impredecibles, pero más inofensivos). Harry, por otro lado, parece el punto de cruce innegable entre ambos: ultra violento, cínico y cruel, pero, a su vez, marcado por cierto compromiso ético, como si existiesen máximas morales que incluso él se ve forzado a seguir, tanto por su obviedad como por su rigidez.

Dentro de sus pretensiones católicas, In Bruges plantea, para sostener la culpa de sus personajes, la posibilidad de redención mediante el martirio. De alguna manera, los tres criminales solo pueden expiar sus culpas mediante un acto proporcional, en una suerte de redención restitutiva, que devuelve el orden a las cosas mediante la inquietante estabilidad del “ojo por ojo”. De forma trágica, con folk de fondo, Ken, subido en la cima del campanario, con las luces debajo de él y las nubes bordeándole, se lanza para evitar que Ray sea asesinado, una suerte de hombre por hombre. Ken, el único que parece ser totalmente consciente de sus acciones, es quien toma la decisión más radical (quizás innecesaria) pero con total convicción. Harry, firme en sus principios, le fuerza a Ray pagar por sus actos y, en una terrible coincidencia, con tintes shakesperianos, cree ser igual de culpable que Ray y se vuela los sesos. Ray, en incertidumbre, espera no morir, reconoce los límites de ser mártir.

La fábula funciona por cómo se filma y dónde se filma. Hay, pues, un estancamiento en el tiempo, la ciudad de ahora y la ciudad de antes. De alguna manera, Brujas se presenta como una suerte de no lugar, un espacio de transición y lejanía, irreconocible para cualquiera, levitando en un marco atemporal y en un espacio de eminentes contradicciones: una ciudad de callejuelas medievales en medio de la Bruselas moderna; un espacio cómodamente conservador y tradicional sometido al turismo globalizador; un lugar de brillantes escaparates con villancicos como ruido de fondo, a pesar de los actos brutales y personajes malévolos que le habitan. Un espacio que, como purgatorio, es bien irónico. A todo esto, puede ya quedar claro (o quizás no tanto) que In Bruges es una comedia. Aquí, claro, como será una constante en el cine de McDonagh, Humor que filtra el dolor, el vacío existencial y la culpa. El estilo de McDonagh, bastante agudo, así lo permite.

En el fondo, todo vuelve a la idea de humanidad. De reconocer las fallas, los pecados, las contradicciones, disputas y enfrentamientos. De allí el perdón. Cosas de visitar Brujas.

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Acerca del autor

Anselmi

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