Mala, mala – Bad Luck Banging or Loony Porn (2021)

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Luck Banging or Loony Porn es una de esas historias que uno imagina en su cabeza, pero no sabe cómo llevarla al cine. La historia de una maestra de secundaria que se ve expuesta por un video porno no es cosa de todos los días. ¿Cómo lidiar con el posible exceso de la comedia, la visceral puesta en escena, lo incómodo de su temática? Radu Jude parece tener una idea. Filma con violencia, con un humor sardónico y transgresor, con todos los recursos posibles para elevar su sátira a un nivel inolvidable. Finalmente, tiene lo que desea: un escándalo art house con cerebro y mayor corazón.

Bad Luck Banging… se divide en tres actos. El primero es poco más que una escena de pornografía amateur: la profesora exhibiéndose frente a una cámara en mano. Este acto es el objetivo. Es decir, en el que se confronta a la audiencia con el objeto sexual, el causante del conflicto. Aquí, sin tapujos, sin trucos de guion, ni cámara, la audiencia decide qué hacer con él. ¿Está bien si rechazamos el acto de sexo salvaje, por ser contrario a lo impuesto socialmente? ¿Está bien replicar los tabúes? ¿Qué pasa si sentimos algún tipo de placer al ver las imágenes? ¿Qué cambia? Es inteligente poner esta escena al inicio. Luego de todo, será relevante recordarlo: contrastar lo que pensamos nosotros con lo que dicen los juzgadores de la profesora. Hallar alguna coincidencia puede dejarnos mucho para pensar.

El segundo acto es el del subtexto. Ese en que entendemos, con lujo de detalle, las ramificaciones de la sociedad que procederá a la condena. La profesora realiza sus actividades cotidianas, en plena era del COVID con todos llevando mascarillas, cuando se entera de lo sucedido. Lejos de volver a casa y pedir ayuda desesperada —como sucedería en la mayoría de las historias de Hollywood— ella sigue con lo suyo. Las escenas en Bucarest tienen un poder narrativo sorprendente. Jude se da el tiempo para entender a las personas en su hábitat natural, enfrentándose a una modernidad exigente con las emociones y el sexo, que se presenta como libre, pero que no lo es.

Jude es sutil sin en verdad serlo. Cada cierto tiempo vuelve a fijar la cámara en algún espacio vacío, lejos de su personaje principal, como una “toma dislocada”, forzando a la audiencia a que entienda su subtexto. Por supuesto, Jude no confía en nosotros. Acostumbrados al cine hollywoodense, no solemos tener buen ojo para las intuiciones, para lo subliminal. El discurso de alguna manera debe explicitarse, para que no lo perdamos de vista, para que no se pierda en el escandaloso clímax que Jude nos ha preparado. Quizás Jude desconfía de sí mismo. Por eso nos impone el subtexto.

Este recurso de “tomas dislocadas” también permite el enigma. Una vez que entendemos el juego que quiere plantear Jude, esperamos pacientemente a la siguiente toma. De a pocos, podemos reunir las piezas del puzle. Vistosas gigantografías exhiben cuerpos perfectos por las calles. Conversaciones cotidianas —chit-chat, diríamos— revelan la ansiedad constante a la que se someten las mujeres durante el sexo. Los obreros silban a quienes pasan en su camino. La radiografía urbana, sin embargo, no se limita al sexo al cuerpo. Las piezas filmadas revelan una sociedad rumana fragmentada por las secuelas de la dictadura y el régimen; una sociedad que parece atrapada en un extraño limbo temporal: le teme a la modernidad, se refugia en tradiciones y viejas burocracias, se resiste a creer. Jude se mantiene, por supuesto, en la idea de que la ciudad por sí sola es la mejor narrativa posible. Solo basta echar un vistazo.

De todas maneras, el discurso sexual se impone. El cuerpo, pues, sigue siendo objeto de disputa. El cuerpo es procesado y recreado en espacios públicos por los medios masivos, la publicidad y el estado. Aquellos con el monopolio del cuerpo pueden hacer lo que les plazca. Los hombres presumen su virilidad en conversaciones cotidianas. Otros hombres se ven vigorizados al asediar a alguna mujer en la calle con un par de apreciaciones sobre sus caderas. La sátira, entonces, viene por sí sola: la profesora deambula por las calles de Bucarest, desesperada porque su video no le arruine la vida, todo, porque, al parecer, ella no es dueña de su propio cuerpo. Y lo hace rodeada de banners y anuncios repletos de senos, traseros y palabras sensuales que dominan las calles.

El tercer acto, por supuesto, es el del caos. Es prefabricado, exagerado y locuaz. Como una extraña pesadilla absurdista, la profesora accede al patio de la escuela, cuidadosamente diseñado para mostrar la decadencia de algún imperio con columnas y estatuas salidas. Allí, una seguidilla de curiosos personajes, todos decididos al castigo.

Por supuesto, nada es más cómico que lo serio, sobre todo llevado a los límites de la seriedad. Aquí lo serio es contradictorio. Mujeres que, en vez de acercare unas a otras, deciden ser sus verdugos, todo por el bien de la moral y las buenas costumbres. Por supuesto, los argumentos de la profesora son bastante persuasivos. Y, ante cada uno, existe una respuesta incluso más increíble que la anterior.¿De qué podría ser culpable la profesora, sino de haber compartido un video íntimo con su esposo? ¿Se es culpable de exhibirse o de que los estudiantes, quienes deben tener fácil acceso al porno en casa, lo descubrieran?  ¿Daría igual el tipo de posición sexual o si lo disfrutara?

El castigo, por supuesto, va por ver a una mujer en el placer. Parece que eso se dice alguna vez en el film, pero es innecesario (quizás sea la desconfianza otra vez). De todas formas, mientras más desesperada está la profesora, más extraña se siente la audiencia. Por un lado, sentimos rabia, suficiente como para dejar la ilusión de la ficción y gritarle a la pantalla.

Nada parece ser suficiente frente a la fuerza bruta del fascismo. El film muestra el cóctel perfecto para el dogma: tabúes defendidos a rajatabla, lógica circular y vacía, exaltación de la ira y el odio, que, en este caso, parecen sinónimos al poder. Los personajes en Bad Luck Banging… parecen excesivamente caricaturescos. ¿En verdad lo son? Pensemos en la ola creciente de seguidores ultraderechistas que invaden las principales calles de Polonia y otros tantos rincones de la Europa oriental. Pensemos en personajes maquiavélicos como Víctor Orban, primer ministro húngaro, quien hace quedar a Trump como un vicario de la solidaridad. Pensemos en el neo-fascismo creciente en Europa occidental, la nostalgia por las dictaduras. Asusta.

¿Qué batalla les queda por ganar sino la lucha por el cuerpo de la mujer? Por supuesto, para estos sujetos, la dominación doméstica es la única forma de mantener el poder a la regla, de sentir el dominio en mundo que ya no los reconoce como de élite. La alegoría puede ser bastante chapucera, pero no por eso deja de ser entretenida y, de alguna manera, bastante real. Amas de casa se persignan al oír sobre sexo oral. Soldados anhelan el control de la sexualidad y la pulverización de toda disidencia. Intelectuales barbudos asumen sin problema un bienintencionado mansplaining.

Todos toman el poder cómo pueden. Desde la audiencia, no sabemos qué es mejor. ¿Deberíamos actuar de forma redentora y tolerar lo intolerable? ¿Deberíamos desear un castigo de enormes magnitudes para los villanos? ¿Es posible pedir un final feliz?

Jude sabe jugar con nuestras emociones, por lo que nos da finales para escoger.

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Acerca del autor

Anselmi

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