Para nadie en particular – The Sessions (2012)

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The Sessions es un experimento inusual que, frente a toda expectativa, ha salido muy bien. Una apuesta arriesgada, erótica y delicada sobre un tema poco común. Que haya podido encontrar el balance entre lo sexy y lo emotivo, lo escandaloso y lo mundano, es bastante sorprendente. Finalmente, la historia de un hombre con discapacidad y la terapeuta sexual que le guía se vuelve un testimonio certero de humanidad y conciliación, una puesta en escena respetuosa y necesaria. Estamos ante una experiencia didáctica, quizás de las primeras en su especie, que, por supuesto, impacta en su audiencia. 

The Sessions es la historia de Mark O’Brien, quien padece de polio severo y se ha visto forzado a vivir una vida casi sin vivirla. Está postrado en una camilla y depende de un pulmón artificial. No puede valerse por sí mismo. No puede siquiera respirar libremente. Y mucho menos hacer el amor. A pesar de alguna relación en el pasado, Mark, por más que le cueste admitirlo, sigue siendo virgen. Es entonces que, naturalmente, está la Iglesia. Nuevamente, no de la forma en qué pensamos. El padre Brendan, hippie y  amable, se mantiene impotente frente al sufrimiento de Mark y le aconseja una interesante salida, pero nada fácil. Mark, temeroso y extraño, la acepta. Decide perder su virginidad con Sheryl, terapeuta sexual dedicada a trabajar en casos como el de Mark. Con su actitud despreocupada y afable, Cheryl le muestra a Mark un mundo nuevo, con los riesgos y beneficios que eso implica. 

El film de Ben Lewin es un film de términos sencillos. La historia es bastante lineal y precisa. Nos involucramos en el día a día de Mark y, poco a poco, asistimos a cada una de las sesiones, desentrañando el simbolismo de cada una de ellas. La cámara es fija, respetuosa de la naturalidad de diálogos y actores, apenas enfocando close-ups una que otra vez. La lógica siempre es la misma: escena en casa de Mark, sesión con Cheryl, escena subsidiaria. Formulaico y sencillo. Así es mejor. La audiencia sigue fija en la evolución de Mark y no se distrae por nada. Lewin, un sobreviviente de la Polio por sí mismo, escribe con mucho ingenio, recreando interacciones con bastante dulzura y cuidado. Si bien las proezas técnicas no sobran, tampoco los errores. Eso necesitan las sesiones.

La primera sesión es la del descubrimiento y disrupción. Jamás pensé que alguien estaría desnudo conmigo, dice Mark. Es razonable. Para Mark, la desnudez es un proceso rudimentario, desprovisto de toda brillantez. Está desnudo frente a su enfermera a diario. Se ha resignado a no ver el cuerpo desnudo de ninguna mujer. Incluso, es incapaz de tocar su propio cuerpo. La presencia amable de Cheryl es indispensable para que esta rígida concepción de Mark sobre el sexo se vea derruida. El filme no se guarda nada. Sin música ni elementos distractores, vemos los primeros pasos de Mark en e sexo. Al final, se trata de un descubrimiento de su cuerpo: una reconexión necesaria con una parte primaria de cualquiera. 

La segunda sesión implica sexo, pero no el sexo deseado. Mark todavía falla. Una vez revalorado el sexo y cercano a Cheryl, el miedo aumenta. Cheryl, a pesar de su profesionalismo, es un ser de carne y hueso. Mark no es un tipo como el resto. Su peculiar condición le hace más difícil que el resto de sus clientes. Cheryl es paciente, pero también duda. Mark intenta convencerse. Cheryl se desnuda y la cámara la filma así; a Mark no. Quizás es necesario: la belleza de Cheryl es explícita y cómoda; la de Mark, tímida y oculta. 

La tercera sesión es la del contacto. Indudablemente, el sexo implica cercanía. Al menos, cuando es honesto. Y Mark no sabe ser otra cosa. Es algo en su personalidad, en la forma picaresca y sutil con la que se desenvuelve. Entonces Cheryl, segura de su trabajo, no se da cuenta de lo que ello implica. Se deja llevar por un extraño y sincero encanto. Por una vez, Mark alcanza el orgasmo. A priori no parece mucho, pero para cliente y terapeuta lo es todo. Cheryl consigue lo que Mark deseó hace mucho, y Mark consigue algo cercano a la libertad. Y aquí, la exigencia. Mark es y siempre ha sido un entusiasta. Saber que  llegar al orgasmo implica pretender llegar al orgasmo junto a Sheryl. Un acto noble, pero también, de reafirmación. 

La cuarta sesión es de la realidad. Quizás sea la quinta, si consideramos aquella pequeña -y necesaria- cita en el café que tienen Mark y Cheryl, rompiendo las reglas de su servicio. Para cuando vuelven a la sesión regular, la relación es inevitable. Una vez más, el sexo entrelaza. Una vez más, el sexo fuerza la confianza. En una climática escena, con la partitura de Marco Beltrami de fondo, Mark no se rinde y Cheryl, cada vez más segura de lo que quiere, se deja llevar. En el fondo, la narración, contenida y melancólica, mientras se conquista el placer. Es un momento sexy, pero sobre todo emotivo. Las lágrimas son bienvenidas. La tensión también. Bien que mal, Cheryl no puede estar con Mark, no cuando tiene su propia familia. La despedida es abrupta. ¿Esto es todo?, se pregunta Mark y también se lo pregunta la audiencia. 

¿Por qué el sexo? ¿Acaso Mark cae presa de la presión social por desvirgarse, cediendo al rito de pasaje que implica hacerlo por una vez? ¿Tendrá que ver con su formación católica, en el que la censura y el sacramento del cuerpo solo hace lo carnal mucho más deseable? ¿O será un deseo instintivo, acaso innato, por compañía e intimidad? Puede ser un poco de todo. Lo importante es que, ante todo, el sexo sigue siendo desarrollo y evolución, autoestima y determinación. Pero eso no puede evitar las interrogantes que se llevan Mark y Cheryl. 

Estas preguntas se acumulan mientras la historia sigue relevando sus trucos. Todo, sin embargo, sigue recayendo específicamente en Helen Hunt y John Hawkes. Hawkes, sabiendo las limitaciones de su rol, realiza una interpretación contenida, fidedigna y encantadora, sabiendo ser vulnerable, pero carismático. La astucia del personaje le sienta bien. A su vez, Hunt encarna el rol de Cheryl con la necesaria sencillez de su personaje, constantemente recatada, pero sagaz; maternal, pero dominante. Lo curioso es que Hunt parece ni intentarlo: parece ella, en su estado natural y libre, como si la cámara estuviese de más. 

Todo esto aligera lo complejo del filme. La necesidad de sexotrabajadoras para personas en discapacidad ha sido un tema escabroso y por buenas razones. Cuesta pensar que sería de Mark sin un cómodo ingreso o un padre Brendan que le guíe. Quizás esa sea la mejor parte del film. La desenvoltura con la que narra lo que narra. Su capacidad de pensar diferente, de tratar la temática sin paternalismo ni excesiva denuncia, tan solo, muchísima pasión. Misma pasión que, al parecer, Mark  O’ Brien jamás dejó de lado, mucho menos luego de estas sesiones. El cierre nos conmueve por eso. Sugiere que el amor, el sexo y la confianza pueden llegar a ser sinónimos. Al menos, cuando se trata de las personas correctas.     De valor. 

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Acerca del autor

Anselmi

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