Renacer en el Edén – mother! (2017)

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Contiene spoilers

Darren Arofnosky complica las cosas. Le gusta. Le gusta provocar, presionar, inducir. Sirve. Decide crear su peculiar visión alegórica del Génesis, haciendo una película que, ante todo, parece romper con todo tipo asunción sobre cómo debería ser el cine comercial. Una película sin linealidad. Sin texto, solo subtexto, basado en emociones contrapuestas, inquietantes, una especie de horror psicológico -u horror filosófico- que se aprovecha de la ingenuidad de la audiencia. Por supuesto, habrá muchísimos detractores, muchos capaces de abandonar la película sin siquiera llegar a la mitad de la misma. Eso, por otra parte, no es tan relevante. Solo hay que dejarse convencer por las intoxicantes imágenes en la pantalla. Abrazar el desastre. Darle sentido.

Madre y Él. Tienen una relación sencilla. Él es poeta y necesita alejarse de todo para que regrese su inspiración. Madre decide arreglar bien la casa y volverla su edén. Su apacible tranquilidad es interrumpida por la presencia de dos extraños, quienes, a su modo, desatan una serie de eventos inquietantes. Madre siente que su casa está siendo invadida y pide ayuda. Él, atarantado por los cumplidos de cada nueva visita, parece no hacerle caso. La casa, de a pocos, parece ser saqueada de forma indiscriminada. La madre, inundada de fertilidad, decidida a rebelarse, espera.

La primera vez que eres la audiencia de mother!, no entiendes bien qué sucede en la pantalla. Si el supuesto acuerdo es que vas al cine para ver algo con lo que te sientas relacionado y que puedas seguir con facilidad, pues el film rompe contigo. Te quedas confundido, pero deseoso de más. Se necesita una segunda pasada -y un artículo en IndieWire– para entenderlo bien: mother! es una alegoría religiosa, una forma de retratar el origen del universo según la tradición judeocristiana y el propio origen de esta tradición -en un extraño círculo conceptual- y su evolución.

¿Qué es lo que hace Darren Arofnosky? Dentro de la necesaria ambigüedad de mother!, al parecer, las teorías abundan. Uno podría pensar, quizás, que Arofnosky recrea: busca reconstruir un dilema universal de forma moderna, visible, arriesgada; quizás, constituir una versión del génesis que pueda sentirse verídica, que pueda remover a una audiencia cada vez más cínica y lejana de lo divino. Uno podría añadir, si se atreve, que Arofnosky parodia: se entromete en el mito más popular de occidente y lo lleva al límite, remeciendo a la audiencia a punta de hipérbole; quizás eso explique las extremas barreras que asume el film mientras se acerca a su clímax. Si es así, ¿por qué burlarse? Quizás sea una forma de enfrentarse a un mito severamente adulterado por la misoginia y la culpa, una forma de debilitar el injusto peso que le ha impuesto a los creyentes. Bueno. Incluso, se podría decir que Arofnosky busca apropiarse y, a su modo, reinterpretar el mito de la creación. Busca darle una visión mucho más oscura, más deprimente del nacimiento de la humanidad, y que, por supuesto, viene dotada con cierta ironía: los seres humanos, ya afectados por la religión y la divinidad, recrean su propio origen, con defectos, con mucho por decir.

¿Por qué romper el paradigma? Hay, quizás, una razón moral detrás de todo esto. Ya lo habíamos dicho antes: el mito de la creación es un mito abiertamente masculinizado, uno que ensalza la figura dominante de Dios y que aminora constantemente la figura de la mujer. Pensémoslo bien: Eva, como la primera femme fatale; Adán, como el primer hombre sujeto a la manipulación del impulso femenino; la madre naturaleza, severamente excluida en la tradición judeocristiana. Aquí, sin embargo, Arofnosky prefiere romper con tal tendencia. No es sorpresa, entonces, que se explore a fondo la relación entre la madre y la casa, como si existiese un vínculo físico, simbiótico, entre uno y otro. La madre y su edén, necesariamente interconectados, para bien o para mal, no pueden soportarlo. Las alegorías religiosas y las alegorías femeninas; entrecruzadas, prohibidas.

Quizás sea expiación. Las películas de Arofnosky tienden a ser episodios catárquicos, de explotación y emociones liberadas, de necesaria revelación. Es exactamente lo que sucede con la Madre en el film. De la misma forma en que el luchador en The Wrestler (2008) decide forzarse al límite antes de aceptar que está derrotado, y cómo Nina decide llegar volverse el cisne negro en Black Swan (2010), aquí la madre decide reprimirse, habitar directamente en el silencio, censurar su ira interna. Por supuesto, igual que con los personajes ya mencionados, tal represión no puede durar para siempre. De hecho, no lo hace. Cuando todo parece estallar, la cámara está tambaleante, pero firme, decidida a captar cada momento de liberación, todo lo salvaje.

La revelación, por supuesto, toma tiempo. Se yuxtapone lo normal con lo salvaje. Los primeros minutos en mother! son apenas una introspección íntima y sobria de su personaje principal, elaborada por una cámara en mano, poca música y close-ups inquietantes. Por eso, cuando la violencia empieza a hacer natural, la reacción de la audiencia resulta bastante genuina. Imágenes sin relación. Caos. Genera miedo, inestabilidad, descontrol. En los últimos minutos, quizás se peque de exceso: demasiado gore, demasiadas imágenes forzadas entre sí, demasiadas ideas que no llegan a cuajar del todo. Pero, aun así, el final funciona bien. Sabe impactar.

El plan parece demasiado sencillo, una vez entendido todo. Mostrar el lado inquietante de la naturaleza. El lado oscuro de la creación. Resulta incómodo aceptarlo, entender lo que esta inquietante dinámica hombre-mujer, dominada por el sistema patriarcal, hace que Dios -Bardem- siga siendo una figura que impone, que domina y no permite alternativa.

Dios es demasiado bueno. Aquí volvemos a romper con los paradigmas. El dios que es interpretado por Javier Bardem no es el del antiguo testamento, iracundo y violento, sino el del nuevo testamento para adelante: un dios que tolera, que decide soportar cada acto de traición y aprovechamiento de sus seguidores, que parece, en vez de omnipresente, simplemente ingenuo, peligrosamente indulgente. Y, por supuesto, la gente sigue fallando y aprovechándose. La gente sigue dependiendo de emociones conflictivas, forzosas, que fuerzan a la obsesión.

Todo eso se aprecia en el film a modo de contrastes. Algunos grotescos, obvios, otros sutiles. Comparemos la pureza que siente la madre al leer el texto de Él con la adoración desesperada y desenfrenada con la que sus discípulos reciben las mismas palabras. El mensaje, después de todo, vuelve a ser claro: el humano -al parecer, por su naturaleza- tergiversa y transgrede lo divino, lo hace algo repudiable, algo que justifica el odio y la tragedia. La lección duele: los humanos desprecian a su Dios; ya sea faltándole el respeto a sus designios o a su inspiración, o ya sea tomándose todo de forma literal y violenta. Sea cual sea la forma, el drama se mantiene activo.

Todo se resume al rostro en conflicto de Jennifer Lawrence. La relación mujer-tierra, madre-fertilidad. Una relación censurada, minimizada, suspendida de la versión oficial. Edén. Edén conquistado por la fuerza masculina, por el extremo, por el fanatismo. En esta ocasión, la Madre no perdona. Emite un veredicto, una condena. Es dura, pero necesaria. El espectador abandona la pantalla con terror, con duda, sin saber bien cómo asimilarlo. Viene bien. Un ciclo que continúa.

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Acerca del autor

Anselmi

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