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La vida sigue. Ese parece ser el motto que ha definido a la trilogía Before. En su primera película, la vida estaba compuesta de travesuras juveniles, idilios sencillos, expectativas enormes. En la segunda cinta, la vida se componía de escapes: la rígida rutina era olvidada por los paseos y las salidas a cafetines. Aquí, para la tercera parte, la vida ya es vida: responsabilidades, decisiones importantes y, sobre todo, arrepentimiento. La magia se mantiene, pero apretujada entre reproches, quejas disfrazadas de bromas y un futuro cada vez más definido y controlado. He ahí el deleite de Before Midnight: le da una vuelta de tuerca a la saga, pero mantiene su misma esencia. Nos demuestra, con sutileza y honestidad, que toda temática, toda pizca de humanidad, todo está al alcance de una conversación.

A ver: el trato es el mismo. 10 años después, Jesse y Celine se casaron, abandonaron sus vidas pasadas y comenzaron una familia con dos gemelas. El sueño, sin embargo, viene a costo alto: Henry, hijo de Jesse en su anterior matrimonio, es el daño colateral de este idilio romántico, al verse forzado a vivir con su madre, quien mantiene un odio rasante por Jesse y su nueva esposa. Y es así que, de a pocos, comienza el conflicto: en su último día de vacaciones en una paradisiaca isla griega, Jesse y Celine, atiborrados por el verano y las dudas, se preguntan qué vendrá en el futuro, cómo podrán sobrellevar eso que les depara.

Solo un tema parece ser central en esta trilogía de Linklater: tiempo o percepción. Podría ser tiempo -algo así como Boyhood (2014) – ya que somos testigos de la evolución de sus personajes y cómo el mundo evoluciona con ellos: Viena de 1990s no es la Grecia post crisis de 2010s. Eso, sin embargo, implicaría que nos quedemos cortos, que nos olvidemos que, para Linklater, el tiempo en sí mismo es irrisorio si es que sus personajes no hacen hincapié en ello. El punto, por supuesto, está en la percepción, en la capacidad de sentir que una noche es la definitiva: una noche sirve para enamorarse, una noche sirve para cambiar la vida. Aquí, una noche sirve de revelación: las cosas entre Jesse y Celine, como es natural por el paso del tiempo, parecen agrietarse con los obstáculos de la vida rutinaria. Ellos, sin embargo, parecen no haberlo percibido hasta ahora. Prefirieron mantener su pequeña fantasía, su pequeña novela en el paraíso griego, solo para darse cuenta, una vez que el verano se acaba, que las cosas no son como en los textos literarios. Tiene sentido que el escenario sea el que vemos. Grecia, como escenario de lo clásico y lo vetusto. Lugar de la tragedia y el romance eterno, como el que vemos en la pantalla. De igual forma, lugar de glorias pasadas, cuyo imperio yace en ruinas y que ha dado paso a una nueva sociedad más imperfecta, más falible. Es el símil perfecto con la relación que vemos en la pantalla, la cual vemos, por supuesto, en el post.

La idea es precisa: Perpetually discontent, algo que venía siendo tendencia desde la primera película. Linklater y sus actores elaboran el problema por antonomasia de la gente moderna: siempre están carentes. Viven en un capricho permanente, o un sentimiento de ausencia inevitable. Ni Jesse ni Céline se superan a sí mismos, ni al otro. Algo necesitan de su amor. Y, sin embargo, eso parece no ser suficiente. Jesse, a su forma, parece atado al limbo de la vida nueva y la vida pasada, queriendo escribir algo importante mientras su culpa se hace más fuerte. Celine, a su vez, sufre lo estragos de una mujer moderna: no puede dejar su lado protector y el rol tradicional de “ama de casa” mientras que intenta hacerse paso en la vida profesional, seguir sus sueños y hacer el bien en la ONG que la contrata. Tiene sentido: la prueba, a final, de que las historias idílicas de Hollywood tienen “el día después”. Si pensamos en las dos primera películas -aún realistas- hay un elemento de magia, de irrealidad: todo demasiado bien, conversación positiva. Aquí aprendemos que incluso personas tan “mágicas” y hechas para amarse como Jesse y Celine son presas de los golpes de realidad. Así, los sentimos más cercanos a otros, empatizamos con ellos mientras tratan de resolver sus asuntos. Mejor.                                                          No somos tan diferentes al mundo de la ficción.

Claro que, para conseguir que una película de este calibre -filmada casi a tiempo real- es necesario un estilo que funcione, que se acomode bien a las pretensiones del filme. Ojo, no hablamos de espontaneidad -aunque lo que parezca en pantalla sea lo espontáneo- sino una dirección controlada y precisa, un guion estático que, de arranque, ya incite a la naturalidad. Es, pues, una naturalidad planificada, rígida, ensayada. Útil y fascinante. Cobra vida con cada detalle: las referencias a libros pasados, las anécdotas de otros tiempos, las conversaciones sobre tiempo, literatura, familia, amor y, ante todo, conceptos. Algo que hace de Jesse y Celine bastante absorbentes es que parecen conceptualizarlo todo: buscar un significado, una explicación filosófica o humana a cada problema, cada detalle suelto. Interesa. Es, además, algo creíble: ya hablábamos de estar perpetuamente descontentos, de nuestra necesidad por incidir en lo más profundo y a cada rato. Como vemos, los detalles sirven para que nos creamos el cuento. Hasta las bromas encajan. Hawke y Delpy también lo hacen. Haber hecho de estos personajes, haberlos hecho de forma tan cercana a ellos mismos, todo eso les permite ser honestos, a ratos, cuestionar la línea entre realidad y ficción, jugar con la sutileza de esta línea y cómo lo percibe el espectador. El ejercicio funciona: buscar la normalidad en días no normales. Y, si uno se da cuenta, tales días “normales” se van haciendo más especiales conforme los filmes: la tarde de Sunrise (2003) define la adultez de Jesse y Celine;                                                                     el día de Midnight define su futuro a largo plazo.

A eso se le añade, para nuestra suerte, el trabajo técnico. Es crucial el uso del travelling, de los paneos y los planos secuencia, una técnica que captura hasta el último detalle. Las escenas se alargan cuanto más pueden. No son necesarias las transiciones. El truco es hacer la historia de corrido, seguir a los personajes mientras caminan y hablan, dejarlos ser, dejarlos detenerse a turistear o hacerse una prueba de memoria, hacer como si no estuviese allí. Aquí regresamos a la percepción: la audiencia siente que este día se pasa de golpe, que todo funciona a tiempo real, pero eso, sin embargo, no sucede. De los tres filmes, es el que más tiempo demora -casi 20 horas- y el que tiene distintos espacios: el camino al aeropuerto para llevar a Henry, los preparativos para el almuerzo, la conversación en el almuerzo, el camino al hotel y la noche idílica. Sin embargo, al haber calibrado tan bien estos momentos, sentimos que estamos ante uno solo. Y eso también responde a los otros personajes. Por primera vez, no solo dos tienen la palabra: conocemos del amor, por ejemplo, desde la perspectiva anciana y reflexiva de un escritor retirado; desde la perspectiva erótica pero madura de una pareja griega; desde la perspectiva moderna, millenial, que ofrece una joven pareja. El contraste es bien recibido, y, así, con la técnica y el guion, este día entero parece irse en un santiamén. Una noche, un día, una vida. No quieres que se acabe.

Al final, Before Midnight es quizás la mejor de las tres películas. No solo por toda esa explicación sobre realidad, cercanía y talante narrativo. Lo que importa es que, incluso en el momento más duro, incluso con ese golpe de realidad, aún queremos a Jesse y a Celine, aún mantenemos los ojos sobre la pantalla. A pesar del tono agridulce, quieres seguir escuchándolos: queremos escuchar eso que, por la propia experiencia de vida, la mayoría ya conocemos, pero, aún así, queremos que el cine nos lo diga: queremos que el cine dé esas respuestas de cómo vivir, cómo sentir y cómo amar. La trilogía, para ser tan marcada por diálogos y monólogos, acaba sin palabras, con la música de fondo, con dos personas dispuestas a seguir intentando. Tiene sentido. A veces, las palabras sobran. A veces, cuando todo ya ha sido dicho, queda seguir hacia adelante. Confiar.

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