Un simple juego de miradas – Carol (2015)

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Las luces navideñas tintinean desde los ventanales. Nueva York está invadida por trajes elegantes, abrigos de piel y music hall desde la radio. Las personas se aglomeran en Times Square, en almacenes de lujo y estantes de joyería. Las personas se topan unas con otras, pero no se encuentran. Uno no se fija en el otro. La gente, acostumbrada al ritmo constante de la metrópoli, se ha olvidado de la empatía, de abrir la perspectiva y la tolerancia. En un mundo así, personas como Carol y Therese, protagonistas de este romance, son una en un millón. Deciden atreverse: amar, preocuparse por la otra persona, hacer mucho por ella, darlo todo.

Carol es una historia de decisiones presurosas, pero necesarias. La decisión fundamental depende de la protagonista: alejarse lo más que puede de su aburrida vida suburbana y dedicar su tiempo a pasear por estanterías y escaparates. Esta decisión se ve acompañada por las de Therese: mantener a su novio en duda, quedarse en un trabajo que le desagrada como empleada en una tienda departamental. Así comienza una relación concatenada de acciones y reacciones, impulsos y consecuencias. Carol decide acercarse a Therese, de forma desprevenida, con excusa de amistad, decide dejarse llevar. A su vez, Therese decide romper los convencionalismos sociales, rechazar las restricciones de su época y acercarse a otra mujer, mujer casada, con todo lo que ello implica. Adaptando a Patricia Highsmith, una de las autoras más celebradas en el melodrama, el film está más preocupado en entender la naturaleza de esas decisiones que las consecuencias de las mismas.

Por eso, esta no es una historia de amor, como sí de contacto. De explorar la cercanía de dos personas y tratar de entrever, a su manera, cómo pueden relacionarse, estrecharse y permanecer así. El romance prohibido entre dos mujeres es lo de menos: restringido o no por la sociedad, ese amor parece estar restringido por ellas mismas. Seamos claros: estamos ante mujeres que nunca habían descubierto la libertad. Therese es de esas mujeres jóvenes que habían permanecido en la incertidumbre, aún presionadas por una sociedad conservadora que rechaza sus sueños. Carol, por su parte, ha vivido atrapada en un matrimonio arruinado, la imposibilidad de divorciarse y, ante todo, una presión constante por ser mujer: madre, esposa.

Todo esto, pues, nos remite a la melancolía. A ese estado permanente de añoranza, de desazón, esa volatilidad emocional de la que son víctimas las personas que valoran los sentimientos. Es esa misma melancolía que queda reflejada en el rostro de Carol, que, si bien manteniendo la rectitud y pose de las mujeres de su clase, deja a relucir su vulnerabilidad. La misma melancolía puede rescatarse de la mirada dudosa de Therese, en sus constantes dudas y tribulaciones, reflejadas desde un labio mordido o una vista al vacío. En esta historia, entonces, la soledad parece impactar a las protagonistas, como un mal que no se cura, como una cadena que les impide ser quien quiere. Por eso, acercarse. Como un reclamo por una agencia que siempre se les fue denegada. Como un acto de expiación, de rebeldía, para poder sentirse responsables de su vida. Como una forma de abandonar ese hastío, de saciar esa carencia.

El estilo de Haynes así lo permite. Haynes gusta de los detalles, de la contemplación: quiere que su filme se tome el tiempo necesario, que vaya desentrañando las emociones de sus protagonistas escena a escena, que la gente no se comunique a través de palabras, cosas demasiado sencillas, sino a través de los gestos, de la introspección, de ese lenguaje que, si bien nunca se dice, siempre se expresa. Es, entonces, un estilo parco, de detalles, que prefiere captar las miradas contrariadas de sus protagonistas, que explora lo que dice el silencio, el encuentro entre manos, los abrazos y las caricias. Para alguien tan detallista como Todd Haynes, es necesario un compendio de elementos-incluidos la fotografía, vestuario y producción-para poder contextualizar un apasionado relato como este. Se necesita, entonces, recrear vívidamente cada aspecto de los 50, cada característica de los tiempos de riqueza, formalismos, una súbita elegancia. Como en una obra de Edward Hopper, vemos el mundo desde los porches coloridos, los cadillacs brillantes y los restaurantes de carretera. Y sí, como en las obras de Hopper, en el centro, mujeres adineradas y solitarias, teniéndolo todo y no teniendo nada.

Allí importa el melodrama, tal como en la novela de Highsmith. Preferir la emoción antes que la razón, elegir específicamente los colores más brillantes, los tonos más sensuales, esos que permiten que los sentimientos se vean exagerados, trepidantes. Tiene que ver con el rojo: el rojo de las paredes pintadas, el rojo de los suéteres y los abrigos, el rojo delineado en el contorno de los labios de las protagonistas. El rojo, símbolo del melodrama por antonomasia, invade la pantalla junto a una iluminación constante, como si el celuloide estuviese cubierto de brillantina. El melodrama también se ve desde la elegancia: la música suntuosa de Carter Buwel, que parece acompañar de primera fuente a las protagonistas; la actitud descorazonada y rendida de Cate Blanchett, como una protagonista sumida en la desesperanza, en la histeria; el amor prohibido y cuestionado, como en los melodramas de los 50.

Así, el trabajo de Blanchett y Mara sobresale por la simpleza, por adaptarse bien a la sobriedad de la historia y resaltar con lo brillante de sus detalles. De a pocos, van desenmarañando sus sentimientos, van aprendiendo cómo lidiar son sus emociones y cómo sentirse bien con ellas. De la misma forma en que en las novelas describen a detalle a los personajes, el cine, o el cine de Haynes, se preocupa más por soltarlos sin riesgo, por someterlos a prueba, por dejar que hablen y que miran sin ninguna intervención. Los diálogos, entonces, son limitados y sencillos, pero, aun así, revelan mucho. Cuando llega el clímax, cuando toca el momento de confrontación con la realidad, aún deseamos que Carol y Therese se mantengan unidas. Queremos que haya amor amor en vez de odio: comprensión en vez de rechazo. Tal vez, entonces, si hay un mensaje particularmente rebelde, cercano a lo LGBTQIA+, pero que, como en toda buena obra de arte, se toma su tiempo antes de revelarse. Si a Patricia Highsmith la censuraron con su Precio de la sal, a otras tantas Carol y Therese las han silenciado por ser mujeres, amantes, por preocuparse por otro. Solo queda liberarse: escapar.

Este es un escape que vale la pena sortear. Pocas cintas hacen tan buen uso de la melancolía y la elegancia para narrar, sin tapujos ni censura, una historia de amor. Para ver el film, entonces, hay que comprometerse. Carol no es una película sencilla, no solo por la sobriedad de su puesta en escena, sino porque, con su nivel de empatía, termina forzando a la audiencia para hacerlo. Nos gusta. Como otras pocas historias en el cine contemporáneo -curiosamente, siendo la mayoría también historias de amor no heterosexual- Carol resulta cierta, dolorosa pero sanadora. Es un soplo de alivio a pesar de la tristeza con la que cuenta la historia. Será tal vez por su esperanza, por la nota brillante con la que termina su historia.

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Acerca del autor

Anselmi

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