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Italia desde el campo: un escenario afable, comúnmente previsto. El campo, según Alice Rohrwacher, tiene un elemento espiritual y atrevido: un espacio seguro para la bondad, para generar vínculos estrechos y, de alguna forma, inmarcesibles. El espacio perfecto para trazar una historia dulce y simplona —en la tradición de De Sica o de Bocaccio— sobre gente del común, pero, aun así, gente extraordinaria. Filmar una historia lenta, cuasi religiosa, tomando elementos sacros (la empatía, el amor, la resiliencia) y darles algún sentido en un mundo acaparado por la explotación y la miseria.

Lazzaro es un tipo sencillo. Pasa los días arrimando heno, cargando bultos y cuidando de su abuela. Dentro de la pequeña hacienda en la que vive —junto a otros campesinos igual de ataviados de trabajo y muy poco remunerados— ha aprendido a hacer el bien y no esperar nada a cambio. Repite la faena cuando la Baronesa, dueña de las tierras, llega para quedarse junto a su hijo adolescente. Entre Lazzaro y el muchacho nace, de forma inesperada, una relación muy especial. Una relación que, de alguna manera, es capaz de trascender los límites que conocemos: el tiempo, los cuerpos, los lugares. Incluso lejos de la hacienda, lejos de lo conocido, extrañamente, Lazzaro se mantiene. Con él también su amistad.

Alice Rohrwacher ha compuesto una pequeña fábula campirana, una historia de campesinos, gente de a pie; una historia marginal. Una historia de postales y folclore. Se ha metido de lleno en la Italia más dura, la Italia olvidada, esa que no sale en los programas de turismo. La filma en todo su esplendor y decadencia: su rutina. Generaciones estrechas, tratando de salir adelante. Cuchicheos comunes entre sirvientes, descargos injustos de los patrones contra sus subordinados, cánticos alegres, amor desenfrenado de juventud, decisiones apresuradas tomadas a raíz de todo lo anterior. La primera parte funciona así: escenas del común, desarrollo cuidadoso, disección social. La segunda parte, por otro lado, es una vuelta de tuerca perfecta: más elementos extraños, fantasmagóricos, todos, ya no desde lo rural, sino desde la periferia urbana. Sin embargo, el estilo limpio y directo se mantiene. Los personajes, por sorpresivo que parezca, también lo hacen. Parecen moldearse según la circunstancia particular. Crecen, aman, odian, roban, son robados, pero no decaen.

Estamos, seguramente, ante una extraña mistura entre realismo social y narrativa magicorrealista. Por un lado, una historia de enormes silencios, tempo lento, conversaciones y situaciones cotidianas, personajes contenidos. Al mismo tiempo, una historia marcada por lo fantástico, por las tradiciones. Es un contraste de primera categoría. Hacer que lo extraordinario se vea inmerso en lo simple. Hacer que un acto fortuito —como la aparición de un fantasma— pueda ser tan recurrente como un día de trabajo en la fábrica.

Mucho de esto, a su vez, depende del tratamiento visual. Rohrwacher filtra sus imágenes costumbristas a través de un encuadre rígido, un ratio estrecho de pantalla, así como un lienzo, hace de sus imágenes, un testimonio genuinamente pictórico. Funciona: además de la inevitable belleza, hay un acercamiento mayor con el espectador. Tal estilo visual, acompañado por cámara en mano y silencio absoluto en muchas escenas, ayuda a tener una visión más pura de los hechos, una visión no infectada por los tecnicismos injustos del cine, esos que, muchas veces, dan mucha forma y poco fondo. Eso, por supuesto, no desmerece el valor simbólico del film, muy presente cuando se le necesita, sobre todo, al centrarse en la cultura local.

Y la cultura, por otra parte, es definida por la comunidad y viceversa. Al retratar a esa villa de pobres campesinos, Rohrwacher se dedica a la gran pregunta: ¿qué los mantiene unidos? Ahí entendemos como los lazos —sean por costumbre, conveniencia o necesidad— persisten. La escena inicial, filmada casi a la luz de la luna y acompasada por unas cuantas velas, es prueba de ello: un anuncio matrimonial, una reunión familiar, una excusa para reunirse y seguir con aquellas tradiciones que se mantienen porque, para gentes tan pobres, una tradición es lo único que pueden mantener, la única posesión que pueden guardarse. Tenemos otra escena similar: una familia (o más bien, un grupo de conocidos que ahorran gastos), teniendo una cena con las hierbas que apenas recogen de la grava, rehuyéndole al frío con algo de sopa y tacto. Como lo ha dicho Kore-eda en Shoplifters (2018) el vínculo de la necesidad puede ser, em ocasiones, el más fuerte.

El punto, entonces, está en la explotación: el ciclo de esclavitud continua; la sociedad hace que los pobres exploten a los más pobres y que los más pobres se exploten entre ellos. Todos, de alguna u otra manera, se aprovechan de otros. Vemos, por ejemplo, cómo la dulce Antonia sufre los abusos de su matrona: es intolerante con su pequeño hijo y constantemente recrimina sus labores del hogar. Más adelante, una Antonia adulta no tiene reparos en seguir con la faena: se aprovecha de turistas y ricos “de buen corazón” para sacarles un billete mediante estafas. El sistema te hace ser, pues, un lobo, como queda simbolizado en numerosos espacios del film: un ser solitario, temido, sanguinario. Todos, menos Lazzaro. De alguna manera, él puede quebrar ese arquetipo. Deshacerse del mal y reemplazarlo por una genuina bondad. Hacerlo parecer un acto sencillo, de todos los días.

El personaje de Lazzaro, así, se mantiene en nuestra memoria como espectadores. Quizás sea el contraste: un tipo tan dulce que parece no encajar en un sistema tan agreste como la Italia neoliberal. Un soplo de aire fresco, un hálito de esperanza para un mundo marcado por la injusticia. La segunda parte del film parece —y con razón— un elemento dialéctico bastante mordaz: el campo depredado por la ciudad, lo rural acaparado por el sistema capitalista. Al final, parece que incluso a Lazzaro le ha alcanzado la ira: incluso él debe mantener el círculo de explotados. Y, como un círculo, debe ir hasta el principio: los bancos, los hegemones de un sistema despótico y malvado, causantes de los daños a Lazzaro y a quienes quiere.

Es un momento climático, pero dulce, y, a su vez, creíble. Y tiene que ver con la construcción de personaje y sus interacciones. Tiene que ver precisamente, con el desarrollo de la amistad entre Lazzaro y el “hijo de la baronesa”, Manfredi, una amistad corta, pero valiosa. Con cierta presencia homoerótica, con muestras de confianza y secretos, tal amistad es capaz de ir hacia todo. Al final, Lazzaro y Manfredi son dos lobos solitarios, nuevos en este mundo salvaje. Y, así, ambos lobos se enfrentan a la verdad: Manfredi lo pierde todo a raíz del banco y Lazzaro solo quiere que su amigo recupere lo suyo. He ahí el sonido de campanas, una escena profundísima e inesperada. Con ella, la inspiración para que Lazzaro actúe. Es difícil de ver: gente de traje y corbata, gente “decente” y educada, privilegios en mano, arremetiendo contra nuestro héroe. Dejándole muy en claro cuál es su lugar. No es una escena sencilla.

La italiana, sin embargo, sabe cómo hacerla digerible. Luego de la tragedia, regresa la fábula: regresa el lobo solitario, quien ya no recorre bosques helados, sino paisajes de concreto y bullicio.

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