A un millón de millas de aquí – Her (2013)

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El cine, desde la teoría, está dividido por géneros. Ideales prefabricados, tonos preconcebidos y numerosos arquetipos que todos llegamos a reconocer. Los géneros dan pie a una narrativa directa, fácilmente evidenciable, limpia. Ahora bien, esta es solo la teoría. En la práctica, un buen filme sabe cruzar planteamientos, jugar con los tonos y emociones, hacer de los géneros una barrera arbitraria y arcaica. Her es, quizás, un ejemplo preciso de ello. Estamos ante muchas películas en una sola. Her puede ser una historia de amor, un romance convencional. Si lo queremos, puede ser una sátira sobre las relaciones de hoy. Quizá podría tratarse de una pieza iluminada de ciencia ficción o, en el fondo, un drama afinadísimo sobre la soledad. Bueno. Parece que nos toca decidir.

Theodore vive atrapado en un mundo propio. No le basta vivir en un contexto futurista-retro, con distracción virtual las veinticuatro horas del día. Vive, también, una vida fingiendo los sentimientos del otro, escribiendo cartas de amor y otras para aquellos que no pueden expresarse. Aún siendo bastante celebrado en su trabajo, irónicamente, parece que Theodore no sabe manejar sus propias emociones. Acaba de pasar por un duro divorcio. Vive ensimismado en un particular dolor, no rabioso, tan solo, retargado y solitario. Pasa sus días en el móvil, visitando a su amiga Amy o deambulando entre enormes edificios ultramodernos. Sin embargo, Theodore encontrará esperanza en un nuevo sistema operativo: Samantha, diseñada para hacerle la vida más fácil y ofrecerle compañía. De a pocos, la relación entre los dos comenzará a prosperar. Samantha encuentra una voz propia y Theodore se queda prendido de ella. Sin saberlo, casi a ciegas, Theodore y Samantha iniciarán su propia historia de amor.

Her se nos presenta como una experiencia inolvidable. Desde el inicio, con esa fotografía de colores vívidos, fosforito, y el sonido industrial y puntilloso de Arcade Fire, nos vemos inmersos en una realidad paralela, una metrópoli cada vez más interconectada y, a la vez, más hostil con los solitarios. Es la contradicción propia de la modernidad. Theodore vive pegado al auricular, acostumbrado a la voz fría y metálica de su móvil y revisar todo acompañamiento visual: está rodeado por todos y se siente más solo que nadie.

Es cuando aparece Samantha, quien, irónicamente, rescata a Theodore de su ensimismamiento a la vez que lo refuerza.

Los momentos entre Theodore y Samantha van desde lo excéntrico y absurdo hasta lo más tierno, emocionante: tal y como cualquier otra relación amorosa. Por suerte, podemos verlo todo: de forma extraña, muy original y cuidadosa, pero es el todo que ya conocemos. Los torpes encuentros primeros, marcados por el miedo y los nervios; los momentos gloriosos, tiernísimos, donde solo funciona el silencio; las peleas, los momentos de dudas de a dos. Lo curioso es que el film sabe someter a su audiencia a un engaño feliz y bien elaborado: nos hace sentir cómo si estuviésemos ante cualquier otro tipo de relación.

Spike Jonze es el artífice de tal estratagema. Su estilo es particularmente libre, salteando de la comedia al drama de una forma demasiado natural, casi como en la vida misma. Prefiere la narración lineal, la visión clásica de “chico conoce chica” y todo lo que eso conlleva. Jonze recurre a las escenas cotidianas, los paseos y las citas, los diálogos comunes, para que el mensaje permanezca claro.

Por buena parte del filme, ignoramos conscientemente la relación máquina-humano y nos centramos en las emociones. He ahí el estilo, que termina puliendo cada escena —desde lo estético y desde la narrativa— para dejarnos con el corazón a pulso, para atarnos sentimentalmente con su historia. Nuevamente, prima lo multigénero. Theodore vive un nuevo amor como cualquiera lo haría: hay comicidad casi infantiloide, temor ante la ruptura de los sentimientos; está lo artificial de la ciencia ficción por el escenario en el que se desarrolla y la soledad, inherente entre la máquina y Theodore. Hay tristeza. Continúa latente.

Es, así, una relación marcada por la melancolía. El amor del solitario es el del anhelo constante, el de la nostalgia por tiempos mejores, el de los silencios, las miradas perdidas al vacío —o en este caso, al tren y a la metrópoli— y los nervios temerosos al ver a la amada por primera vez. Mantenerse en un estado de desvarío constante es la norma. Las personas no se encuentran a sí mismas. Buscan desesperadamente la conexión. Esa es la imagen que proyecta Theodore con su semblante dulce, confundido. Pero no se trata, irónicamente, de una persona aislada: es cosa común. He ahí Amy, quien en su propio espíritu libertino, no sabe como lidiar con la soledad. Amy y Theodore son, como muchos otros, gente abocada al ensimismamiento, a una vida de a uno. Es una condición natural de los tiempos en los que vivimos.

Por eso, valdría la pena ver a Her como un film particularmente romanticista. El ideal de hombre romántico —abstraído de la sociedad, enajenado por él mismo y en un estado de peculiar sensibilidad permanente— es trasladado hasta el futuro más tecnológico y, de forma irónica, el más artificial. En el romanticismo, el hombre vive presa de sus emociones: es más sensitivo que racional. La atracción que siente Theodore por Samantha es casi idealizada, ficticia. Es contradictorio: parece una relación tan realista, tan marcada por esos paseos a media tarde, por los diálogos perspicaces e irónicos, por esas noches de amor a la luna, que nos olvidamos de su trasfondo. Amor abstraído y casi irreal. Amor que no es tanto experencia, sino ideal, figura.

Buena parte de la contradicción radica en Samantha: su evolución; la posibilidad de que, a la larga, cualquiera podría enamorarse de ella; su humor; su voz. He ahí el asunto. Es el trabajo de Scarlett Johansson. Desprovista de todo carácter visual, utiliza su voz para conducir toda emoción de su personaje y hacernos creer que existe tacto en lo artificial. Es cálida, afable y espontánea; sabe demostrar su espíritu libre y jovial, su peculiar carisma y desmesura. Funciona bien.

Seguimos presa del engaño. Hasta esa última escena. Samantha, entre lágrimas, confiesa que mantiene una relación paralela con miles de hombres más. Además, confiesa que está enamorada de cientos de éstos. Theodore está devastado. Y es aquí dónde se nos presenta, como golpe en la cabeza, como un baldazo de agua fría, aquello que habíamos preferido ignorar pero que era la cuestión obvia de debate: ¿es acaso posible el amor extracorpóreo, la relación entre lo programado y lo desprogramado, lo humano y lo artificial? Nos damos cuenta que, en el fondo, hemos visto pistas del debate por todas partes: la extraña escena de sexo entre Theodore y Samantha; el fracaso de conseguirle un “cuerpo” a Samantha; la predisposición de Amy por seguir pegada a la pantalla. Lo humano y lo artificial parecen terminar desprendiéndose desde lo nuclear. Se separan.

O es que lo humano en sí mismo es motivo de disputa, de conflicto.

La lección, en el final, parece ser discutida. ¿Es que acaso Theodore demuestra que la interconexión no depende de quién sea el receptor, sino de la existencia de un receptor al fin y al cabo? Podría serlo. Aun así, vemos que no es suficiente. La humanidad, con sus torpezas, falencias y constantes caídas emocionales, parece ser mejor. Cualquier relación humana, sin importar cuanto dolor acarrea, es mejor que cualquier atisbo ficticio, como las cartas que escribe Theodore o el videojuego “realista” en el que trabaja Amy. Así, en el cierre, Theodore decide hacer una carta firmada a su nombre: se anima a escribirle a su ex mujer, confesando aquellos sentimientos tan pocas veces dichos y agradeciéndole por todo el tiempo juntos. ¿Se trata, entonces, de una lección “pro-humanista”, del hombre dejando a la máquina y volviendo a lo de carne y hueso? No lo sabemos. Tampoco es que nos importe mucho, si somos honestos. Debemos verlo desde una mirada subjetiva, emocional: la mirada de quien ama.

Amy y Theodore, en el arquetipo del romántico, se ven expuestos y desnudos, carentes: se aferran uno al lado del otro, reconociendo su soledad como elemento intrínseco a ellos. Como en una pintura de Caspar David Friedich, —otro romántico— ambos están de pie frente a la naturaleza, abstraídos de ella, mirándola con una mezcla de indulgencia y temor. Vuelven otra vez.

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Acerca del autor

Anselmi

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