Negocios de altura

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En Ancomarca, la comunidad altoandina escindida por la guerra con Chile, vive y trabaja don Enrique, un alpaquero que trepó los primeros peldaños del emprendimiento propio, desechando y esquivando los miedos. Lidera hace 8 meses un pequeño negocio en los que han puesto empeño también dos socios. Su producto, el charqui de alpaca, no llega más a los compradores chilenos que lo buscaban siempre en la feria internacional de Tripartito -en la confluencia territorial de Bolivia, Chile y Perú- para llevárselo por apenas 10 mil pesos el kilo.

Prefiere ahora transformar la carne del camélido y venderla en territorio patrio a mejor precio. Tras secarla bajo el sol y con sal al 3%, la envasa al vacío en presentaciones de 250 y 500 gramos, sellada y etiquetada.  No ha sido fácil para Ernesto Quispe Catunta, su esposa Veridiana Mamani Alave, y Catherine y Adelaida de 8 y 9 años, sus hijas. Tampoco para Yanet Sanga Mamani y María Catunta Cruz, pero las Carnes del Sur “YEM” (el acrónimo que unifica los nombres de los asociados), como así se marquetean, ingresa de a pocos a competir en los hogares tacneños.

Esteban Talase Estaca, vive en Challaviento, otra comunidad del mismo distrito, Palca, y aprendió de pequeño a elaborar quesos con leche de cabra; ganado caprino que la familia cría, curiosamente, en el altiplano fronterizo. Tiene tres hijos ya profesionales, formados como resultado de una tenaz y prolongada lucha contra la pobreza. Asociándose con dos coterráneos ampliaron el negocio familiar y diversificaron la producción. Incorporó nuevas técnicas y desarrolló otras variedades, como el queso con hierbas aromáticas.

El orégano, el romero y otras especias le tributan aroma y sabor. Puede satisfacer las exigencias de su paladar si contacta con el emprendimiento “8 de Diciembre”, y llegar a casa con la bendición de la Virgen de la Inmaculada Concepción, de la cual don Esteban es devoto.

Dos pueblos distintos unidos por la pobreza en el extremo sureste, tienen desde hace un año a familias campesinas en una historia común. Se organizaron, fortalecieron capacidades productivas y desarrollaron habilidades para incursionar en el mercado. Aprovecharon una plataforma de asistencia técnica que ofrece el Estado y desplegaron esfuerzo y creatividad.

Y este no es un cuento de Navidad, sino la evidencia que no se necesitan políticas sociales asistencialistas sino más bien habilitadoras e inclusivas, ahí donde algunos agentes económicos no pueden o no quieren llegar.

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