Juegos del hambre

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Antes de la pandemia la mayoría de las naciones estaban muy lejos de alcanzar uno de los principales compromisos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible al 2030, poner fin al hambre y a la desnutrición. A casi dos años de su presencia en nuestras vidas la brecha se ha agigantado y nos martillea la conciencia, porque, además, son los niños y las mujeres sobre quienes recaen más sus demoledores impactos.

Durante el 2020 entre 720 y 811 millones de personas en el mundo fueron afectadas por el hambre,161 millones más que el año precedente, de acuerdo a las estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Pero ya en el año 2019, el 19.3% de la población de América Latina y el Caribe (113 millones) no podían alimentarse adecuadamente. Las cifras comparativas nos dan una mejor comprensión de cómo nos encontramos quienes habitamos en esta región. Así, en Europa solo un 1,7%; y en América del Norte 1,4% padecía hambre. En el otro extremo, en el África subsahariana 84.7% (975 millones), y en el Asia meridional, el 71.3% (1,282 millones de habitantes).

Si esto ocurría el año 2019, las cifras al cierre del año 2021 serán más dolorosas y dramáticas aún, pues en el segundo año de la pandemia, los servicios de salud están golpeados por la abrupta demanda y la escasez de personal médico y asistencial, en tanto el acceso a una alimentación adecuada tenían ya graves secuelas. Continuarán sintiéndose en los próximos años, según todos los estudios, entre ellos, el informe sobre el impacto del Covid-19 en la seguridad alimentaria y la nutrición emitido por la ONU.

Sólo hay que recordar que unos 370 millones de niños en todo el mundo no tuvieron oportunidad de acceder a la alimentación escolar debido al cierre de colegios, y aunque muchas naciones adoptaron estrategias para remontar esta circunstancias -como lo ha hecho Qali Warma en el Perú- las respuestas gubernamentales no siempre fueron oportunas ni suficientes.

Es pertinente recordar los datos revelados hace unos días por la FAO en su informe sobre el Panorama de la Seguridad Alimentaria 2021. El 47.8% de la población peruana padece inseguridad alimentaria entre moderada y grave; y cerca de 6 millones de compatriotas se encuentran con malnutrición severa.

Y son los hogares rurales los que más sufren las secuelas del hambre, no obstante que los territorios donde viven y trabajan sostienen los sistemas agroalimentarios. El juego tenebroso de la inequidad y la indiferencia.

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