¿Y ahora qué?

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Los resultados de los comicios en primera vuelta son evidencia de la debilidad de la democracia peruana, no por la naturaleza ni la oferta de las dos opciones -extremas y antagónicas- que irán al balotaje del 6 de junio, sino sustancialmente por la ausencia en las ánforas de al menos 7 millones de peruanos y de otros 3 millones que sí acudieron a las urnas, pero para viciar el voto.

Las cédulas electorales de Pedro Castillo y Keiko Fujimori apenas sumaban 4 millones 529 mil 371 (al 99.9% de las actas procesadas, ONPE a las 15:30 horas del jueves 15 de abril), es decir, una ínfima proporción de los 25 millones de peruanos hábiles para ejercer su derecho a elegir. Así las cosas, cualquiera sea quien gane la segunda vuelta, tendrá una legitimidad de origen muy precaria.

Las voces que sostienen que estamos en una nueva etapa y se requiere, por tanto, una nueva mirada a partir de la realidad electoral surgida la noche del domingo 11, se equivocan en un asunto tan clave como sencillo de entender. Los votos nulos y blancos por su significativo número valen mucho en términos sociales y políticos, gritan a viva voz sentencias condenatorias a la clase política, son las gargantas agitadas que no mostraron apetito alguno sobre el menú de abril; pero nos recuerdan también el hartazgo vomitivo sobre los discursos retóricos poco decorosos ante las emergencias y urgencias nacionales.

Y entonces, como lo dijimos el sábado anterior, hemos perdido todos. Los candidatos sobrevivientes para la segunda vuelta no deberían olvidar las cuentas pendientes con el resto de ciudadanos que les negaron el voto, y deben considerarlo a la hora de ofrecer un nuevo menú, que sin bien puede perder el sabor que le encontraron sus seguidores el último domingo, puede salvarlos por ahora de la campana.

Porque lo cierto es que el escenario de crisis recurrente no se esfumará ante el nuevo mapa político nacional y la nueva representación en el Congreso, variopinto el primero, multipartidario y fragmentado el segundo; salvo que apuesten -a la luz de los dichos del día siguiente- por algo que en el fondo no quieren, un acuerdo político y social, el consenso básico que la Nación entera reclama para enfrentar la pandemia, recuperar la economía, los empleos,  la oportunidad para ascender a la superficie, y sobrevivir.

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