Otro día en la oficina – The Assistant (2020)

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The Assistant es una historia construida por los silencios en los pasillos, las miradas gachas, los cuchicheos entre colegas, las conversaciones telefónicas y las sospechas sin confirmación. Con una cámara fija, atenta y preocupada por los pequeños giros de su personaje principal, Kitty Green ha elaborado una pesimista fábula moderna sobre el poder en la oficina, las dinámicas de abuso y la culpa femenina, conceptos que, a pesar de su peso en la política moderna, parecen no ser tratados con suficiencia en el cine. Clínica, poco pretenciosa y muy vívida en lo que representa, esta pequeña película aparece en el momento preciso, como pieza testimonial del EE.UU. post #Me Too y sus implicaciones.

The Assistant abre con Julie, joven graduada de Northwestern, quien, en plena madrugada, toma un coche a su oficina en medio de Manhattan. Como asistente junior en una productora de cine, Julie espera escalar hasta la cima. La vemos cumpliendo sus tareas básicas: acondicionar las oficinas, recibir llamadas, preparar itinerarios, guiar a los visitantes y soportar el constante abuso verbal de su jefe, un poderoso productor. Cuando una joven mesera es contratada en un puesto más alto que el suyo —y es llevada a un hotel por su jefe— Julie sospecha de una red de abuso en la oficina.

The Assistant se resiste a los recursos cómodos del cine comercial (melodrama, cortes rápidos y subtramas) y prefiere una historia emocionalmente densa, de tomas fijas y primeros planos silenciosos, de diálogos rutinarios y poco originales, de acciones cotidianas y conflictos sutiles. Kitty Green no quiere que nos alejemos de Julia, a quien filma en cada una de las escenas, y decide que su historia, atrapada en cuatro paredes, debe contarse desde lo implícito, desde los gestos, las mordidas de uña y las miradas al vacío. No quiere explotar emocionalmente a sus protagonistas, sino dejarlos desarrollarse en medio del letargo y la parsimonia del mundo burocrático, cruel, pero aburrido.

Green hila cuidadosamente su historia para que la audiencia atienda a los detalles más que a la trama central. Somos testigos del complejo sistema de poder de un espacio tan cotidiano como la oficina. Los trabajadores se ríen ante las acciones del jefe, participando en rituales de camaradería para evitar ser tachados de soplones. Las mujeres toleran en silencio los abusos, justificando su inacción en el posible beneficio que las jóvenes pueden obtener del jefe (un futuro laboral, ni menos). Los oficinistas tratan a Jane con cierta distancia y paternalismo, reconociendo la eminente desventaja en la que se encuentra. Por supuesto, Recursos Humanos (HR), a través de normas vacías y guías fachada, prefiere el silencio antes de asumir el riesgo de denunciar a uno de los más poderosos de la compañía.

La clave del film es que nunca es explícito en denunciar los actos de abuso o en mostrarlos en la pantalla. Green quiere que dudemos. No lo hace porque trate de exculpar a los supuestos responsables (ella sabe que lo son), sino porque, al dudar de los hechos, dudamos de Julia, con todo lo que ello implica. Por un momento, mientras en HR se cuestiona el testimonio de Julia, la audiencia parece hacerlo también. ¿Y qué si Julia, atomizada por el estrés y la presión laboral, ha decidido hipotetizar donde no se debía solo para justificar su creciente frustración? Por supuesto, HR no le da el beneficio de la duda. Nosotros deberíamos, por más que no siempre nos resulte sencillo. Lo peor —y en el mejor ejemplo del gaslighting— es que el film hace que Julia dude de sí misma. Julia se siente sola, culpable, y, peor que nada, en duda de sí misma. No puede actuar y quizás no quiera.

¿Por qué no se conoce la voz del jefe de Jane? Quizás tenga que ver con simple recurso dramático: solo conocemos al jefe de Jane desde la perspectiva de la asistente y su reacción al abuso, lo que parece aumentar la tensión en la audiencia y consigue priorizar el sufrimiento de Jane por encima de otras subtramas. Ahora bien, puede que el film quiera decirnos algo más.  El jefe de Jane no tiene más características que su voz y su puesto de poder, detalles que podrían ser fácilmente aplicables para otros tantos miles de ejecutivos como él. Lo inquietante de esta apuesta es que Green, al mantenerlo anónimo, parece dotar al villano de una cierta universalidad: la única condición necesaria para ejercer el poder parece ser la dominación masculina (y cierto ingreso económico). El jefe de Jane, entonces, parece ser una plantilla fácilmente adaptable según el interés del espectador, que lo recrea reconociendo las distintas variables físicas, sociales, económicas propias de su lugar origen. Lo único universal, entonces, es el poder.

Aquí parece haber cierta contradicción: si bien el jefe de Jane ejerce poder de forma violenta y apática, también lo hace desde lo oculto, desde un espacio netamente privado y protegido por una extensa red de tolerancia, chantaje y secretismo. El poder, entonces, puede ejercerse de forma cobarde, escondido entre la burocracia y los secretos.

Si bien el film parece enarbolar ciertos discursos cercanos al #MeToo, lo cierto es que la historia parece expandirse a una crítica al poder —o más que nada, al poder capitalista— y a los elementos que lo componen. Julia, a pesar de un exitoso paso por la universidad, se ve forzada a trabajar horas y horas extra, a alejarse de familia y amigos y a perderse en una rutina soporífera y frustraste. La gente a su alrededor —incluyendo HR y su familia— parecen aceptar y acomodarse a ese sistema, como si fuera la consecuencia natural del mercado laboral. Julia también parece jugar bajo esas mismas reglas. Casi al cierre del film, unas palabras de ánimo del mismo jefe abusador parecen subirle el ánimo.

La historia cierra sin tanta esperanza. Casi por coincidencia, Jane confirma sus sospechas. La audiencia solo quiere ver un caso aislado en que lo sabe que es un paradigma.

Bueno. Quizás algún día lo sea.

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Anselmi

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