Una historia de rifles y boliche – Bowling for Columbine (2002)

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Film bastante lúcido, suficientemente ilustrativo y casi siempre relevante, Bowling for Columbine hace las preguntas correctas y sugiere demasiadas respuestas, cosa que nosotros podamos escoger. Astuta, divertidísima y urgente, la película de Michael Moore, aún con tintes demagógicos y dos horas de duración, funciona para comprender -y canalizar- la compleja cultura de violencia y tiroteos en Estados Unidos de forma más o menos razonable, como punto de partida para entender a una sociedad resquebrajada y doliente.

La masacre en Columbine sacudió a EE.UU. Dos adolescentes, a punto de graduarse de secundaria, tomaron armas adquiridas legalmente, se acercaron a su escuela y asesinaron a doce estudiantes y un maestro, dejando numerosos heridos. Michael Moore, periodista y cineasta de izquierdas, y todavía miembro de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) se pregunta por qué. Por qué en EE.UU. los tiroteos abundan y por qué la violencia no cesa.

Uno ya conoce el estilo de Michael Moore. Una serie de montajes rápidos, entretenidos, elaborados con una cuidadosa selección de imágenes de archivo, confesiones en video y demás documentos. Una serie de entrevistas punzantes y confrontaciones. Actos visibles de protesta. Retórica populista y convincente. Cierta dosis de sensiblería. Análisis intuitivo y fácil de seguir, pero con pequeñita exageración. Mucho, mucho humor. Algunas buenas canciones también. Uno se la pasa muy bien y hasta se aprende un poco. En la mayoría de casos, por más que haya exceso, parece que el tipo tiene algo de razón, sino toda.

Durante Bowling for Columbine, entre chistes en voice over y música pop, Michael Moore sugiere una serie de razones que puedan explicar los tiroteos en EE. UU, sobre todo el de Columbine. No los enlista explícitamente, pero la relación es obvia. Estos son los que hallé:

Defensa propia y retórica libertaria. Patriotismo. Cultura de violencia y legitimidad de la guerra. Historia violenta. El lobby pro armas y la NRA. La war on terror y la paranoia después del 9/11. La cultura de temor por el crimen y las noticias. La presión del sistema educativo en los adolescentes. Bullying escolar. Pobreza y ausencia de estado de bienestar. Cultura del individualismo y la propiedad: no confiar en el vecino. Marilyn Manson.

Todos -quizás excluyendo al rockero- parecen tener sentido. Moore no es etnógrafo ni especialista; él menciona lo que quiere cuando quiere, vuelve al mismo argumento luego de un rato, lo suelta para reírse un poco o sermonear sobre la izquierda, toma partes de distintos enfoques y los ata en un cuidadoso montaje. No parece una mala estrategia. De esta manera, le corresponde a la audiencia hacerse su propia opinión. La clave de Bowling for Columbine es que tiene un poco para todos: en sus dos horas, hay chance de inspeccionar la mayoría de razones y escuchar a una buena cantidad de voces.

Milicias locales se autodenominan defensores del pueblo y de la segunda enmienda. Ferias de armas se celebran en favor de la libertad estadounidense y en contra de los enemigos. Un empresario de la Lockheed Martin -principal manufacturera de armas- se lamenta de los tiroteos mientras que, a su costado, se ensambla un misil que será lanzado en algún país que la mayoría no puede pronunciar correctamente. Un cuidadoso montaje muestra, a son de Louis Armstrong, los episodios de violencia originados por Washington hacia todo el mundo. Otro montaje, incluso más ágil, muestra las numerosas campañas de miedo de la prensa, casi por absolutamente todo: desde escaleras eléctricas de la muerte a tiburones hambrientos, pasando por abejas africanas asesinas (el subtexto racial es evidente. Los adolescentes reconocen que ir a la escuela es una porquería, que la presión por los exámenes es imposible. Moore, entonces, parece haber hallado una excusa perfecta para diseccionar todo aquello que parece estar mal en la idiosincrasia estadounidense. Que haya tantas potenciales razones para que un adolescente quiera -y pueda- tomar un rifle y dispararle a alguien más es desconcertante, pero, como dice Moore desde el inicio, este parece ser otro día más en Estados Unidos.

En una de las escenas más inquietantes del film, Moore contrapone un mitin de activistas contra las armas, liderados por padres de víctimas en Columbine, y un ostentoso rally de la NRA, defensora a ultranza del rifle, con Charlton Heston a la cabeza. Aquí Moore prueba mucho. El rally de la NRA es amenazante, con Heston agitando a las masas con bravura; se da en un buen hotel y con todas las comodidades. El mitin de activistas es sobrio, silente, decidido, bastante menos costoso ni estrambótico. El comentario no solo va a cuestionar las maneras de Heston -bastante desagradables, por cierto- sino a mostrar la asimetría de poder que parecería justificar la defensa de la segunda enmienda en EE.UU.

En otra secuencia, más inteligente, pero también más manipuladora, la música triste empieza a sonar mientras Moore filma las calles empobrecidas de su pueblo natal, Flint, Michigan. Un tiroteo sucedió hace poco allí. El perpetrador es un niño de primaria. Aquí Moore da un golpe bajo. El niño se había mudado junto a su madre a casa de su tío, quien tenía una pistola. Se mudaron porque el casero les echó de casa. Lo hizo porque la madre, con dos trabajos mal pagados y sin suficiente ayuda del gobierno, no pudo pagar el alquiler. Qué duro. Una madre que gana cinco dólares la hora sirviéndole a ricos. Una tragedia que, evitable o no, es la tragedia de otra tragedia.

Por momentos, Moore se refuta a sí mismo. Parte el film cuestionando el lobby de armas y la facilidad de adquirirlas, pero luego va a Canadá, donde al parecer también hay muchas armas. Comenta que la pobreza o desempleo allá fue incluso mayor y eso no generó violencia, pero luego regresa a estudiar la pobreza y discriminación racial como posible motivo. La estrategia, quizás, está en señalar que es la suma de factores, y la ausencia de regulación ante ellos, lo que desencadena la violencia. Parece trillado, incluso simplón, pero no por eso es menos convincente. Al final, Moore parece haberse puesto de acuerdo consigo mismo, y elige dos argumentos centrales, como las causas mayores, o las que más le interesan: la cultura del miedo y la facilidad para comprar armas. En el tercer acto, Moore confronta a Heston y a productores de municiones, mientras que inspecciona el pánico generado luego del 9/11. La lógica es fácil de seguir. Una sociedad azuzada por el miedo, por la amenaza de un ataque terrorista, por los reportes masivos del crimen es una sociedad que puede actuar irracionalmente. Y una sociedad con individuos irracionales, sumada a la facilidad para conseguir armas y la cultura de violencia que se legitima en el país, parece dar como resultado, no inmediato, pero sí posible, un tiroteo.

No es una lógica perfecta. Pero, en ciertos casos, puede tener sentido. Las correlaciones -si es que lo son- funcionan de forma ilustrativa: el día de la masacre, EE.UU. bombardeó, junto a la OTAN, los Balcanes, dejando numerosos muertos y heridos. ¿Qué nos dice eso?

En la mejor secuencia del film, y cómo luego haría en filmes posteriores, Moore le da paso a las víctimas. Deja que la cámara les escuche. Organiza una emboscada, pero que tiene sentido. Dos sobrevivientes de Columbine, con secuelas diversas en el cuerpo, deciden acompañar a Moore a las oficinas de Kmart, distribuidor de productos diversos, incluyendo balas. Creemos, por supuesto, como con la emboscada a Roger Smith en Roger & Me (1989), que nadie les atenderá. Estamos equivocados. Luego de días de presión y después de llamar la atención de la prensa. Kmart se pronuncia. Dejarán de vender balas en sus tiendas. Luego de dos horas de escuchar y observar historias trágicas, este pequeño aluvión de esperanza es necesario, el cierre adecuado para un film emocionalmente agotador.

Queda mucho análisis pendiente cuando Moore lanza la última bola de boliche. Cualquiera que piense que Michael Moore apela a la objetividad periodística estaría profundamente equivocado. Moore es -y se reconoce- como un agitador. Eso no hace que no tenga buenos puntos. Y si va a haber propaganda, es mejor que sea así de entretenida.  Uno se la pasa bien, llora un poco y reconoce que, a pesar de todo, a pesar de lobby y el odio, hay quienes, víctimas y aliados, todavía tienen algo qué decir. Y allí estará la cámara de Moore.

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Anselmi

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