Lima del apocalipsis – El limpiador (2012)

[Visto: 290 veces]

Familia. Una unión arbitraria, forzosa, entre dos o más partes. La formación de un lazo estrecho —a veces, demasiado estrecho— que entrecruza vidas y aferra personas. La única excusa pertinente para no permanecer solo, para ser alguien. Bajo esa definición, familia no tiene nada que ver con la sangre, sino con el tacto. Se trata de la oportunidad de enlazarte con alguien, de conocerlo y pretender que tu vida importa tanto como la suya. Sacrificarse y causar sacrificios. Vivir en base a otro. Parece complejo, pero es, en verdad, rutina. Las familias se hacen y se deshacen a diario. Son presa de las circunstancias. A veces, se trata de la muerte, del abandono; otras veces, se trata de un acto fortuito. En ocasiones, hasta puede tratarse de una epidemia.

Ese es el caso de Eusebio, un hombre viejo y silente, que deambula por una Lima hecha pedazos. Un virus feroz ha asolado con media ciudad y, en medio de la tragedia, surgen personas como él: tipos fríos y racionales, capaces de tomar el trabajo que nadie más quiere. Para Eusebio, se trata de “limpiar” la ciudad: ser parte del equipo forense, desintoxicando espacios que sirvieron de mortaja para pobre enfermos sin suerte. Eusebio es un tipo de método y rutina, cosa que parece inamovible. La presencia de Joaquín, sin embargo, parece cuestionarlo todo. Con apenas 8 años, es encontrado por el viejo en los escombros de su casa, con la madre muerta y el padre no habido. A la fuerza, Eusebio acepta hacerse cargo del niño, al menos, hasta encontrarle un hogar.

El limpiador no requiere más de una vista. No tiene subtrama alguna, no nos presenta más que un puñado de personajes y posee un conflicto claro, previsible, resuelto en más o menos 80 minutos de metraje. El guion no posee diálogos extensos, ni saltos temporales. Es un film de ciencia ficción sin complejidades. Una película plana, monocroma. Y así, con este peculiar estilo, es una de las películas más sentimentales y trasgresoras que se han hecho en el Perú. Parece difícil de creer. Y es que se estaría dejando de lado la peculiar logística del film, una en la que ni ningún minuto es desperdiciado, en la que todo vale la pena. Cada toma cuenta.

Eso es dirección. El insufrible trabajo de orquestar tus propios deseos y hacerlos realidad. Allí, si sabes manejarlo bien, lo haces arte. Dejas un sello. En el caso de El limpiador, el sello es particularmente previsible. Adrián Saba es un director de silencios. Un hombre de estilo firme, escueto. Un cineasta que prefiere un guion minimalista, más de espacios que de diálogos. El limpiador es pues, a priori, una película sencilla. Demasiado plana y demasiado lineal. Parsimonia. Apenas una sucesión de escenas con un mismo encuadre: plano general, geométrico, de Eusebio y de Joaquín. Planos amplios de Lima desolada. Una música inquietante y sonidos entrecortados de la radio y la televisión. El silencio ayuda a la contemplación: el observar detenidamente a los personajes, evaluar cada una de sus acciones, descubrir sus intenciones al hacerlas. Así, mientras Eusebio hierve agua, mientras Joaquín se pone una caja de cartón en la cabeza o mientras el médico escribe sobre su computador, la audiencia busca desenmarañar sus intenciones, entender qué es lo que sienten, qué buscan.

Ayuda, claro, que la experiencia visual sea atractiva por sí misma. Los planos llegan a ser bellísimos. La lente enfoca un apartamento roído, una cocina deprimida y vacía, un anciano y un niño huérfano avanzando por sobre un basural, caja en la cabeza, caminando entre cadáveres. No, no se trata de embellecer la miseria, sino de captarla con indulgencia, con detalle, tal y como lo haría un niño. Tratar de arrancarle al apocalipsis aunque sea algo de valor, una mínima esperanza. Nadie tiene que decirlo. Eusebio con sus acciones, Joaquín con su dulzura, Saba con su cámara; todos consiguen lo mismo: hacer que esta historia deprimente puede enseñarnos un poco sobre la esperanza. A su extraña manera, por supuesto. Tiene, como característica esencial, presentar un ambiente muy suyo, construir un escenario trascendental.

Y sí. Esta es otra Lima. Una que conocemos de cerca, pero que, de alguna forma, parece recién descubierta bajo la cámara de Saba. Un decorado que se hace personaje. Lima parece ser la misma de siempre: húmeda, helada, enorme, recubierta de gris y lejana de sus ciudadanos. Y, aun así, se nos muestra mucho más solitaria, más descorazanada, con colores cada vez menos saturados, más cercanos a su base, anodinos. Una puesta en escena digna de un cuento de hadas, una historia oscura, pero, quizás, muy humana.

He ahí la clave. La narrativa del filme, tan simplista, directa, indulgente. Como un relato breve, clásico.

Habrá que pensar a El limpiador de otra manera, desde otra óptica. Verla como un cuento de hadas posmoderno, fábula distópica. Como cualquier otra fábula, debe haber una moraleja al cierre. La cuestión es que dicha moraleja no tarda tanto. Es la idea de la resiliencia. Al fin y al cabo, en el Apocalipsis, todo se trata de sobrevivir. La cuestión central es discernir la mejor forma para intentarlo: si conviene hacerlo por cuenta propia, evitando relaciones o personas que nos obstaculicen, o si es mejor aferrarnos a quienes queremos, a ver si ese ideal nos da la esperanza, y si esa esperanza nos fuerza a salir adelante. Es asunto complejo. La propia película, con linealidad y simpleza, no es ajena a este dilema. ¿Es el padre de Joaquín un hombre despótico y amoral al no querer hacerse cargo de su hijo? ¿o solo busca sobrevivir? ¿Eusebio hubiese podido estar mejor sin el niño? Este es el tipo de preguntas que subyacen del visionado de El limpiador y que, como toda buena obra de arte, siguen rondando mucho después de finalizada la función, la cual prefirió no brindarnos respuestas certeras. A pesar de todo esto, la lección principal se mantiene. Eusebio cambia su vida al buscar a Joaquín, y la cambia para bien. Joaquín encuentra alguien a quien aferrarse, no un padre, pero si un confidente. Las conversaciones entre ambos se mantienen en lo mínimo e indispensable, los necesarios “buenos días” y “cómo te sientes”. Aun así, ambos personajes poseen un nivel de interconexión distinto al del resto. El silencio, las miradas cómplices, son el lenguaje del futuro, la lengua del apocalipsis. No es necesario más.

He ahí la lección y el cierre. 80 minutos en esta Lima catatónica, desnuda y desprovista de amor. La historia se nos hace muy personal. Las tonadas de Karin Zielinski, de corte industrial y lastimero, inundan el filme y su ritmo lento, propinándole aún más vida, más humanidad. No se prohíbe llorar con el final de la película.  Esto es lo que hace un cine con el Saba. Te deja absorto, de fuerza a no esperar nada y te parte el corazón. Ilumina.

Puntuación: 0 / Votos: 0

Acerca del autor

Anselmi

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *