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El cine contemporáneo -especialmente bajo el relativo apelativo de “posmoderno”- tiene una tendencia exagerada hacia ciertas categorías. Todo parecer ser “indie”, “arthouse”, “coming of age”, u otros; parece que nos hemos acostumbrando a las categorizaciones simplistas, formulaicas. Entre ellos, uno que resuena constantemente es el de “existencialista”. Muchas cosas terminan entrando en el mismo saco. Un film surreal, arriesgado, sobre el inconsciente: existencialista. Una película intimista, de un solo protagonista enfrentándose a la adversidad: existencialista. La lista se sigue expandiendo. Ahora bien, ¿qué hace a una película, “existencial”? Entendemos su potencial quebradizo: presentar un status quo común y corriente, pero añadiendo un detalle rompedor, algo que lo desestabiliza. Así como a Gregor Samsa lo único que le altera la vida anodina es el verse convertido en un insecto, una narrativa existencialista en el cine tendrá ese quiebre violento, que no alterará por completo el contexto del personaje, pero que le obligará a enfrentarse a todo en lo que cree. La noción de “existencia” es única y dependiente de cada uno, por lo que el enfrentamiento a esta -debido a la rotura producida- solo puede ser íntimo y personalizado. Esta premisa, de algún modo, puede ser aplicada a Birdman, un film que, desde el enorme subtítulo con el que fue lanzado a cines, plantea un nivel de abstracción elaborado de tal modo que podríamos catalogarlo de “existencialista”.

Birdman es Reegan Thompson. Como el mismo lo define, aquel personaje alado, omnipotente y heroico es, en verdad, la mejor metáfora de su debacle: como Ícaro, está condenado de por vida a saber que estuvo a casi nada de llegar al sol, justo cuando cayó estrepitosamente. O tal vez sea como Raymond Carver: un sujeto que, en el fondo, quiere trascender mediante el arte, sin importar que eso le cueste a quienes quiere o hasta la vida. Quizás sea por eso que decide llevar What We Talk About When We Talk About Love -magnum opus de Raymond- a las tablas neoyorquinas. Quiere sentirse amado. Saber que valió la pena. Sin embargo, el camino no es sencillo. A pocos días de su estreno -luego de años, el más grande intento por validez- todo parece jugarle en contra: la presencia de un divo teatral incapaz de hacerle frente a su propio ego; la peliaguda relación que mantiene con su hija rebelde y adicta, Sam; o la insoportable voz en su cabeza que le quiere convencer de mandar la producción al diablo y ponerse de nuevo el traje emplumado…

Es esta voz, su otro yo, lo único capaz de quebrantar a Reegan Thompson. Es el punto que rompe con su status quo porque, ahora que la obra ya no es un ideal sino algo tangible, el fracaso es posible. Este miedo, rutinario y razonable, desemboca en algo mucho más profundo, en la desnudez de su figura, sus temores expuestos de forma constante.

Birdman, por otro lado, no nos explica esto de forma lineal; es, en verdad, es una película de capas. Podría parecer demasiado embadurnada, tamizada y repleta de detalles. No es así. Estamos ante un film barroco, y con la justificación precisa para serlo. Aborda muchos temas, de forma precisa y cortada como escalpelo, dejándonos con la cabeza revuelta y sin aliento. Pero funciona.

Por un lado, es una crítica feroz al esnobismo artístico, presentando a Broadway como una carrera de ego-maníacos buscando la apreciación de unos pocos sentados arbitrariamente en la palestra de poder. Allí está el duelo entre Reegan y Mike Shinner, actor quisquilloso, que no conoce otra forma de sentirse vivo que con lo falso y lo actuado, con la adulación de su gente. En un par de enfrentamientos, la tensión entre Mike y Reegan se acrecienta: es un choque de egos,  banquete freudiano, la cúspide del enfrentamiento entre los dos lados de la industria del arte/entretenimiento: el arte “veraz”, alienado y sangrante de las tablas versus la cultura de masas, el blockbuster, la explosión y el ruido.

Birdman es, asimismo, la historia de un padre y su hija, tratando, a duras penas, de resistir a una relación quebrantada, hecha de heridas y silencios. Los conflictos entre Reegan y Sam no son tan evidentes al inicio, pero se van acrecentando conforme la paranoia de Birdman aumenta. Sam es un recordatorio de su caída, de su fracaso como hombre y como ícono. Le duele. Aun así, decide seguir a su lado. La necesita. Ella, asumiendo una postura cínica, crítica, solo quiere a un padre, a una figura a la que seguir. Y, sin embargo, duda que Reegan pueda serlo. En un amplio monólogo, ella expresa sus frustraciones y él solo se resigna en silencio. Se sigue aferrando a que, con éxito, volverá el cariño. La presencia de Sam, fantasmagórica y extraña, inquieta a su padre, y también lo humaniza.

Finalmente, el film sobresale como historia de uno mismo. Reegan Thompson enfrentándose a la mortandad. Aquí la muerte, en su equivalente en vida, no es el rechazo, sino la ignorancia. El no ser nadie. El no ser admirado es equivalente a no dejar una huella y, por tanto, a no haber vivido. Por eso Reegan rechaza la adulación del fanático, del geek que pide que sea Birdman: lo considera un juicio facilista, pasajero y nunca voluble, no es la base sólida de críticos fieros, cargados de cinismo, que se mantienen. Esto sucede porque, hasta ese momento, Reegan sigue abocado a la relevancia. En una escena previa al clímax, él y su exesposa debaten sobre lo que salió mal en su relación. Reegan es claro: un día preguntó si era un buen actor, y ella no supo qué responder. “Confundes el amor con la admiración”, le dice ella. El problema es que Sylvia -formidable Amy Ryan- no entiende el peso de la irrelevancia en una persona como Reegan: no se trata solo de ego, sino, de correspondencia. ¿Cómo legitimar una vida de espaldas a su familia, con una hija que le odia, con años de papeles terribles si nada de eso le brindó lo que tanto quería? Entendemos entonces, por qué la obra de Carver es tan importante para Reegan: es la última oportunidad para salvarse a sí mismo. Tiene sentido si pensamos que la primera vez que alguien le dijo a Reegan que era buen actor -correspondiendo entonces, con su ideal de relevancia- fue el propio Carver en una función de la escuela.

Entender todo esto, por otro lado, no es complejo. No cuando Gonzáles Iñárritu nos presenta un espectáculo carnavalesco y luminoso, donde cada detalle, lejos de perderse entre las facultades técnicas que los presentan, es enfatizado y estilizado por estas. Birdman se vuelve una pieza que, irónicamente, es tan ambiciosa y megalómana como las intenciones de su protagonista: la obra corresponde con la magnitud emocional del personaje. La fotografía de Lubezki se sale de los esquemas, llevando los colores al máximo. No solo se trata de simular un solo plano secuencia -lo que le brinda mayor intimidad a una película de por sí individualista-, sino de lograr que, en las escenas más catatónicas del film, la imagen no desentone. Así, mientras un mendigo proclama un parlamento de Macbeth -obra sobre dominación y poder- la cámara está invadida de colores luminosos, fortísimos, que mantienen esta visión surrealista de un New York vívido y atrapante.

Es un tándem permanente entre el “Chivo” y su amigo cinematógrafo. Un trabajo que, en el caos, necesita de un equilibrio permanente. Un film tan bombástico y desenfrenado necesita de balance. Necesitamos armonía: música. Las tonadas de Antonio Sánchez suplen esa carencia: establecen un ritmo continuo, explosivo; son solo tambores, batería, retumbando en la pantalla como el cúmulo de pensamientos que se amontonan en Reegan.

Por todo esto, entendemos que Gonzáles Iñárritu no deja de pisar el acelerador. Ensancha la narrativa, añadiendo más personajes al cesto, -más mujeres, más amantes y  desdichados en el fondo-, como elementos decorativos en la historia de Reegan. Consigue, además, que libreto prefiera extensos parlamentos: monólogos o confrontaciones dialógicas más propias de Broadway que de un film sobre este. Se desencanta por un humor negrísimo, sardónico, en el que el cinismo, además de entretener a la audiencia, termina brindándole verdad al chiste. “Confundes esos sonidos en tu cabeza con verdadero conocimiento”. Frases así, dichas con agilidad, no solo entretienen, sino que ensayan algún tipo de reflexión relevante, o un intento de ella.

Volvemos a la mismo. Pretensión. Una que gusta.

En el cierre, volvemos al ideal de la relevancia. Una vez que Reegan estrena, y con éxito resonante, el primer acto de su obra, todo parece consagrado al triunfo. En una secuencia lírica y desopilante, Reegan se dispara y asume la muerte: la muerte del ego, del falso arquetipo de hombre alado, de su  quiebre. No sabemos si el Reegan de carne y hueso sobrevive al disparo -la ambigüedad es intencional- pero lo que sí sabemos es que su proyección abstracta, el “Birdman”, se ha vuelto tangible. Resiste. El hombre existencialista entonces, ha conseguido enfrentarse a la falta de valor y sentido con un sacrificio humano; si la vida no vale más que para el reconocimiento, bien vale dejarla ir para poder consagrarse. Eso es Birdman y eso es arte.

Puntuación: 5 / Votos: 1

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