Creer en tiempos de barbarie – La danza de la realidad (2013)

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Una poesía. Como el acto necesario —y doloroso— de enfrentarse a la memoria. Como el epitafio revelador que busca, absurdamente, contarlo todo. Poesía es lo que compone Alejandro Jodorowsky. Sin embargo, esta vez es diferente: es personal. Y Alejandro admite, desde el fondo, que serán los versos más difíciles de terminar. Esta es su historia, o la de su padre, o incluso, la de su pueblo; para efectos de la narrativa, va a ser lo mismo. Alejandro sugiere, quizás, que la memoria no es sino el acto de armar un puzle que a priori, parece condenado al caos: cualquier mecanismo es válido. Entonces, la historia personal de uno puede ser mejor contada desde el punto de vista de otras historias, de otros tantos personajes y películas. Somos pues, el reflejo del resto.

Esta danza abre con una idea precisa: crecer. Crecer en un contexto revolucionario para Chile, en donde el comunismo demasiado atrayente para jóvenes de vigor y valía como el padre de Alejandro. Él, por otra parte, no es uno de esos. Es distinto. Él no confronta, se pierde. Siente. Se atreve a ver más allá de la bayoneta o el fusil. Eso, por supuesto, le cuesta caro entre los suyos. Es poeta. O va a hacerlo. Mientras crece, trata de encontrar su lugar en el mundo. No es sencillo.

La danza de la realidad podría ser considerado como realismo mágico, si aceptamos la definición vaga del término: como si cualquier conjunción entre real y fantasía —al menos, en Latinoamérica— pudiese categorizarse de esa forma. Aunque esto sería ir por lo fácil. Podríamos decir, en cambio, que lo que Alejandro va más allá de una relación mágicorreaalista; estamos ante un ejercicio de memoria, de memoria infantil. Cuando Alejandro transcribe sus recuerdos, lo hace a través del diálogo con el Alejandro niño, un diálogo vertical: es el Chile cómo él lo vio y cómo él recuerda que lo hizo. Deja que su memoria fluya libremente, sin imponerle un código ni una restricción propia de la contemporaneidad: no le importa si se atreve a desafiar lo racional; igual, el subconsciente, el que encubre nuestros recuerdos, no funciona así. Entonces, está bien si su madre cantaba o si el niño era explotado por su padre; no es un problema que los chicos del circo parezcan criaturas de pesadilla o que el color dorado de los cabellos de niño era demasiado brillantes y demasiado pomposo. Si así se rememora al Alejandro niño, o a todos los niños, si esa es su esencia, entonces, el cine, desde su representación visual y hasta cierto punto fidedigna, también debe hacerlo.

Pensar en las anteriores propuestas de Alejandro -mucho menos lineales en su narrativa, si términos como lineales o narrativa aplican para su cine-, no nos prepara para los riesgos que asume con la trama de la danza. Antes, había un personaje principal, un par de locaciones y mucha extrañeza. Por primera vez, Alejandro se atreve a algo distinto: hacer un film por capas, contando su propia historia a través de la historia de su padre. Es complicado, pero es necesario. El padre de Jodorowsky es un hombre fascinante, contradictorio. Un comunista con rasgos de facho. Un hombre duro y reacio que, sin embargo, implora el amor de su esposa, el respeto de su hijo y de la gente. Que se sacrifica por llegar a obtener esto, aun cuando el sacrificio sea negárselo por un tiempo. Es curioso que el padre sea actuado por el hijo de Alejandro, Brontis, quien tal vez, puede encontrar en él mismo, rasgos de su padre y con él, de su abuelo. Se reconoce entonces, ese vestigio familiar, esa herencia única de la que uno no puede escaparse.

Todos temas, por supuesto, podrían ser vistos de una forma nebulosa y poco atractiva. Pero así no trabaja el chileno. Mucho se le puede reprochar a Alejandro, menos de austero. La danza es su propuesta más arriesgada, agresiva, cuando lo visual empieza a penetrar y se hace uno con los personajes. Ese es Jodorowsky: un cineasta pomposo, nunca monocromo. Echa mano a una paleta visual brillante y vívida, en la que los colores parecen comprimirse en la pantalla y brindarle a cada escena aún más vitalidad. Es la danza del color y del derroche. Por una vez, los colores van de acorde con la realidad que representan: no suponen un elemento distractor, sino que están inteligentemente insertados dentro de este pequeño pueblo de pescadores. Esta vez, lo surreal se entremezcla con lo pintoresco y costumbrista; el color gusta.

Curioso: hasta ahora, el análisis apunta en una misma dirección que, a priori, parece simplista y trillada: este es un cine universal. Un cine que toca aquellos temas que todo el mundo puede hacer suyos. El dolor de crecer, los sueños de la infancia, el temor al padre, el afecto desmedido por la madre, el hecho de sentirse solo en este mundo. Previsible en un coming of age. Sin embargo, eso sería desmerecer el enorme esfuerzo que asume Alejandro. Decide virar su cine hacia algo distinto, más accesible; prefiere modificar su estilo, comprimirlo desde una visión más objetiva y sabia para que sus memorias puedan ser las de todos. Por una vez, la rareza no aliena, sino que gusta y empatiza. La mejor forma para que Alejandro se enfrente a su pasado es que nosotros lo hagamos con él.

Seguimos estando frente a un viaje espiritual: redención. Alejandro necesita expiar sus pecados y acabar con aquellas culpas que han permanecido incrustadas como estacas en su interior. Por cuanto embellezca la pantalla o deforme a sus personajes, siguen siendo las memorias íntimas de un niño curioso, asustadizo, sensible; alguien que recuerda vívidamente y que necesita compartir el recuerdo. Por eso, esta danza resulta tan placentera y veraz en su totalidad: es íntima, profunda y muy personal, mientras que, a la par, es suficientemente inventiva y abierta como para dejar que todos la hagamos nuestra. Sí.

Esa es la realidad.

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Anselmi

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