La partida de Henry Pease 1945-2014: un peruano valioso, tenaz y honesto

Por: Augusto Álvarez-Rodrich

La muerte de Henry Pease significa la partida de un peruano que vivió con tenacidad, esfuerzo, inteligencia y, sobre todo, honestidad, entre la academia y la política, y a quien muchos recordaremos con aprecio.

La última vez que conversamos fue en la entrevista que le hice hace menos de un mes en mi programa Buenas Noches de ATV+, al que él asistía cada vez que publicaba un nuevo libro o lanzaba un proyecto.

Es probable que esa haya sido su última entrevista en una televisión a la que cada vez le interesan menos los temas con alguna profundidad y se pierde en la banalidad.

Me sorprendió conocer que murió a los 69 años, pues por su apariencia de esa noche le habría calculado más. Llegó lúcido, como siempre, aunque lo vi algo más achacoso que la última vez que había estado en mi programa, caminando con la ayuda de un andador, lo cual no fue impedimento para salir de su casa en estas noches frías del invierno limeño, para conversar de la escuela de gobierno de la PUCP, los cursos que seguía dictando –esa vez dijo que se iba ‘corriendo’ pues tenía que corregir exámenes– y, por supuesto, de la política de hoy y de mañana.

No podría decir que era su amigo, pues eso implica más que saludarse con aprecio y conversar sobre lo que pasa, pero tuvimos una buena relación, algo que no siempre fue así.

Mi primer recuerdo de él era del señor que dirigía Desco y escribía libros sobre el gobierno del general Juan Velasco que eran material de lectura universitaria –yo soy de la Pacífico, no de la PUCP–, y luego, en 1989, del valiente encuentro que tuvo con Mario Vargas Llosa en la Plaza Grau para enfrentar políticamente a Sendero Luminoso, circunstancia que tuve la oportunidad de presenciar a muy pocos metros, al pie del monumento.

Mucho después, cuando presidió el Congreso durante el gobierno de Alejandro Toledo, tuvimos más de un encontrón por mis críticas al Parlamento, del cual dio cuenta con dureza en un libro, asunto que respondí en una columna periodísitica.

Todo eso quedó atrás un tiempo después en un almuerzo al que me invitó, los dos solos, en su departamento miraflorino de Bajada Balta, donde luego de un par de whiskies, ensalada, ají de gallina y fruta, hablamos de todo menos del libro, el cual me autografió con generosidad cuando me iba a eso de las 5 de la tarde.

La costumbre de ese almuerzo la habremos repetido tres o cuatro veces más, junto con la invitación frecuente para presentar en público sus libros y luego invitarlo a hablar de los mismos en mis programas periodísticos.

Fue un gusto conocer así a este peruano tenaz, terco, inteligente y honesto en todo sentido. Descansa en paz, estimado Henry.

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