LA autocrítica es urgente: Cómo salir de la crisis política tras los sucesos de Bagua

El Comercio

Conforme pasaban los días previos a la tragedia varios observadores callábamos y sentíamos que algo terrible iba a suceder. Ya sucedió y todos son “nuestros muertos”, las voces racistas y excluyentes solo llevan a “senderizar” la vida política. Pero hay que comenzar por el principio.
La ley solo tiene legitimidad cuando se construye en público, debatiéndola antes de ser ley. Los decretos legislativos evaden ese debate. Nos enteramos de ellos cuando ya son ley. Polarizan las opciones, envenenan la reacción ciudadana y favorecen a quien quiere polarizar, porque así gana algo políticamente. Por no debatir ni escuchar al otro llega a crear un mito polarizador. La delegación de facultades puede ser útil en leyes técnicamente complejas que afectan lo administrativo, no cuando se trata de derechos o expectativas ciudadanas.
Ese es el primer error del gobierno y corresponde con la leguleyada como estilo o manera de hacer política. Esa trágica manía que en el caso de Panamericana Televisión terminó en tragicomedia porque, como bien dijo Juan Paredes Castro el último domingo, había que distinguir entre la empresa y sus derechos, y los derechos de todos los peruanos, a que un bien público, como es la señal de televisión, no quede en manos de un delincuente o de quien, aun deslindando con este, recurre a argucias judiciales inaceptables.
Pero aquí viene el error mayor, y el presidente de la República —cargo que debería implicar la prudencia de no escribir— perpetró los conocidos artículos sobre el perro del hortelano. Los más pobres entre los pobres eran los agredidos en estos artículos y si, como dicen ahora, estaban desinformados, esta fue la manera de condenarlos por estarlo y por plantear sus necesidades no ante un proyecto de ley que se debatirá sino ante un hecho consumado.
Estos dos errores contradicen algo esencial de toda democracia representativa: los gobernantes se deben a los electores, los escuchan y no los excluyen. No hay democracia representativa en que pueda decirse, como en días pasados, que esos indígenas —para algunos solo 400.000— no deben entorpecer a los millones de peruanos que necesitan esos recursos naturales.
Agreguemos que en más de 50 días el gobierno fue incapaz de dialogar y el Parlamento, contradiciendo su esencia, hizo una jugarreta para no derogar el decreto más cantado. Eso hubiera calmado ánimos que se radicalizan cuando se evidencia el desprecio que los poderosos tienen ante los que reclaman.
El peor error viene tras todo esto, hoy la lógica del discurso oficial es denunciar una conspiración contra la democracia, aunque su comportamiento ha sido antidemocrático, es mucho más que dejar que fiscales y jueces enjuicien a quienes violaron la ley. Es su manera de no ver el bosque y quedarse mirando los árboles. Si no hay autocrítica, habrá muchos muertos más y la política peruana tendrá un componente senderista que todo lo radicaliza y todo lo envilece.
Abrumado, he visto en televisión los cuerpos de policías y nativos. La ferocidad es indescriptible y no se resuelve con más exclusiones. Se resolverá solo aplicando la democracia política desde su raíz, esa que escucha al otro, no lo estigmatiza, lo ama, no lo odia. Solo el amor, que es el fundamento de la justicia y de la ley, puede cambiar las cosas.

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