Archivo por meses: diciembre 2007

¿Qué es lo que nos hace respetar el deber ético?

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En la Ética de primera generación, fue sin duda la educación religiosa, con su propuesta de explicación total del sentido del mundo y la vida humana, la que aseguró primero la internalización y respeto de los deberes éticos, a través también de un sistema de recompensas y amenazas. Luego, con el proceso de laicización moderna de la educación, es a la educación moral familiar y escolar que se le encarga hacer interiorizar y respetar las normas morales a los individuos.

En la Ética de segunda generación, pasamos de una coacción meramente interior a una coacción asegurada por la ley jurídica. No sólo tengo que respetar mis deberes éticos por mí mismo, sino que la ley jurídica me obliga a hacerlo y me sanciona si no lo hago. A partir de ahí, el respeto y acatamiento ético puede ser consolidado por el interés bien calculado y el miedo al castigo penal.

En la Ética de tercera generación, son toda una serie de instrumentos de gestión, normas, estándares, reportes, auditorías de calidad, consultorías y vigilancias, diagnósticos los que, junto a la ley, funcionan como aseguradora del acatamiento del deber moral.

Es obvio que no podemos prescindir de ninguna de las 3 herramientas, ni la educación moral, ni la ley jurídica, ni los sistemas de gestión de calidad, para asegurar hoy que se respete la ley moral y que se la encarne con coherencia (congruencia entre lo que se declara y lo que se hace). En ese sentido, nuestra época debería ser la primera capaz de realmente “administrar la ética” y garantizar su máximo acatamiento, y no sólo apelar a ella en discursos retóricos de poca fuerza de coacción y convencimiento.

Mitakuye Oyasin!

François Vallaeys Sigue leyendo

¿Qué cosa se vuelve difícil de hacer desde una Ética de tercera generación?

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todo al revés

Recientemente me di cuenta de que hay una curiosa característica de la Ética de tercera generación, es que lo fácil y lo difícil se ponen al revés. Quiero decir: lo que es fácil hacer desde la Ética de primera generación se vuelve muy difícil desde la Ética de tercera generación y viceversa. Veamos:

Desde la ética de primera generación, como su propósito es de hacer el bien desde la pureza de la buena intención (ver este artículo), resulta muy fácil no hacer daño a nadie. Basta para eso no hacer nada, y así, puesto que no habré tenido ninguna mala intención ni acción en contra de alguien, no habré hecho daño a nadie. Al contrario, desde esta misma perspectiva de primera generación, la dificultad es de lograr hacer el Bien para alguien, porque tengo que salir de mi egoísmo, tener una buena intención altruista, y realizar en consecuencia una buena acción para mi prójimo.

Luego, podemos afirmar que, desde la perspectiva de una Ética de primera generación: “Hacer el Bien es difícil, pero no hacer daño a nadie es fácil”.

Pues sucede todo lo contrario desde la perspectiva de una Ética de tercera generación. Como aquí se consideran los efectos colaterales de las acciones en el entorno global (según el principio de la “ecología de la acción” de Edgar Morin), hacer una acción bien intencionada resulta algo fácil: basta quererlo y hacerlo.

Pero no hacer daño a nadie resulta ser algo muy complicado, que pide mucho análisis y diagnóstico de todos los efectos colaterales y las inter-retro-acciones con el medio, pide tener plena responsabilidad, conciencia y control de todos los impactos que podemos provocar sobre el entorno, y crear soluciones responsables para mitigar o suprimir los daños diagnosticados. Lo que resulta ser una tarea de largo aliento, muy difícil de lograr en su totalidad, y siempre falible.

Tomemos un ejemplo: para una empresa, resulta fácil hacer un acto de filantropía, en forma puntual o permanente: basta destinar recursos para ello y realizar el acto bien intencionado en beneficio de quien lo necesita. Pero resulta muy difícil no hacer daño a nadie, porque el mismo desempeño de la empresa afecta a un sin número de partes interesadas (“stakeholders”): los empleados, sus familiares, los vecinos, la comunidad, el medioambiente, los inversionistas, etc. Los efectos colaterales de la empresa son múltiples a corto, mediano y largo plazo, y el cumplimiento cabal con su “Responsabilidad Social”, su capacidad de “internalizar sus externalidades”, atender a sus partes interesadas creando valor para todos, mitigar su huella ecológica, etc. constituye un laborioso trabajo, potencialmente infinito, de “Responsabilización Social” paulatina.

Luego, podemos concluir que, desde la Ética de tercera generación: Hacer el Bien es fácil, pero no hacer daño a nadie es muy difícil.

Detrás de esta paradoja, entendemos que:

1. Hacer el Bien no basta, también hay que analizar y reducir los daños colaterales que podemos provocar en forma involuntaria e inadvertida.
2. El ensanche de la sensibilidad ética que representa la perspectiva de tercera generación transforma nuestro afán de ser buenos en un trabajo continuo hacia la solución de (potencialmente) todos los problemas sociales que hemos generado, por eso se expresa en términos de “responsabilidad”, y más precisamente, de “Responsabilización Social continua”.

Mitakuye oyasin!

François Vallaeys
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