En cada elección, el paisaje urbano del Perú sufre una metamorfosis agresiva. Como demuestra la imagen que corresponde al Óvalo Huarochirí en la Avenida Javier Prado en La Molina, con postes utilizados para colocar carteles, ovalos con difícil visiblización de señales que generan contaminación visual, o la lluvia de flyers bajo las puertas, no son simples anécdotas de campaña; son síntomas de una ciudad donde la fiscalización parece ser un lujo de ciertos códigos postales, mientras que, en otros, la impunidad visual es la norma.
Como ciudadanos, solemos creer que durante las elecciones debemos “aguantar” el desorden. Pero la libertad de propaganda no es un cheque en blanco para invadir nuestra privacidad ni poner en riesgo nuestra seguridad.
- El Paisaje como Bien Común
En ciudades como São Paulo, la ley “Ciudad Limpia” demostró que es posible eliminar toda la publicidad exterior para recuperar la identidad de la urbe. En Grenoble, Francia, los carteles fueron reemplazados por árboles. Mientras tanto, en Lima, permitimos que la “información política” se convierta en basura física. Un panel que bloquea la visión en el Óvalo Huarochirí o que compite con un semáforo no es democracia; es un riesgo vial que prioriza el ego del candidato sobre la vida del conductor.
- La Invasión del Espacio Íntimo
Durante la campaña, es común que los volantes sean arrojados indiscriminadamente en las puertas y jardines de las casas, generando suciedad y obligando a los vecinos a recoger papeles que no solicitaron. Esta práctica transforma los hogares en depósitos de propaganda, afectando el bienestar y la imagen del barrio. Nuestra casa es nuestro refugio, no el tacho de basura de una campaña que no solicitamos.
- La Ciudad Agrietada: Desigualdad en el Ornato
Aquí reside la fractura más dolorosa: si en distritos con recursos la saturación es molesta, en el resto de los tributos de la ciudad es devastadora. En las periferias, la propaganda “eterna” se amarra a cables de alta tensión, se pinta en los cerros y se queda ahí por años, oxidándose al sol. El derecho a un entorno digno y limpio no debería depender de los arbitrios que pagas; es un derecho humano y civil que el JNE debería garantizar por igual en todo el territorio nacional.
- El Principio de Responsabilidad
Es imperativo exigir que el principio de ‘quien ensucia, paga’ se aplique con rigor. Aunque la ley otorga a los partidos 60 días para retirar su propaganda, la realidad es que el costo de esa limpieza suele recaer en el bolsillo del vecino. No podemos permitir que la ambición política se convierta en un pasivo ambiental y visual permanente. Pero no basta con esperar a que el plazo venza; vivir entre residuos de campaña no debe ser la norma ni un día más. Urge una fiscalización efectiva y una respuesta ciudadana inmediata: nuestra calidad de vida no puede quedar en pausa hasta que termine el calendario electoral
- El Riesgo para el Conductor: Seguridad en Juego
La contaminación visual causada por paneles, carteles y banners en exceso puede distraer al conductor, dificultando la atención a señales de tránsito y aumentando el riesgo de accidentes. Un entorno saturado de propaganda electoral no solo afecta la estética urbana, sino que pone en peligro la vida de quienes circulan diariamente por las calles, especialmente en avenidas de alto tráfico donde la concentración es vital.
Conclusión
En esta campaña electoral de 2026, se ha puesto de manifiesto la necesidad urgente de proteger nuestros espacios públicos y privados frente a la contaminación visual, la invasión de propaganda y los riesgos que estos generan para la seguridad vial. Defender la limpieza de nuestro poste, de nuestra calle y de nuestra puerta es, en última instancia, defender nuestra dignidad como ciudadanos. La democracia se fortalece con el respeto, no con la acumulación de plástico y papel en nuestras vidas. Solo a través de una fiscalización efectiva, responsabilidad compartida y conciencia ciudadana lograremos que nuestras ciudades sean espacios dignos, seguros y limpios, donde prevalezca el bienestar colectivo sobre los intereses individuales.
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