La desideologización de la ideología: su influencia en el plano jurídico*

Para poder repartir, primero hay que crear

Carlos Alberto Montaner**

La palabra ideología proviene de las voces griegas idea: idéa, y loyía: logía, se refiere al estudio o tratado de las ideas. La Real Academia Española otorga a “ideología” dos acepciones: “Doctrina filosófica centrada en el estudio del origen de las ideas”; y “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.”[1] Esta pobreza de significado se agrava porque actualmente se ha venido utilizando el término ideología principalmente como un sinónimo de pensamiento político.

El término ideología fue acuñado por el filósofo Antoine Destutt de Tracy. Él es uno de los llamados ideólogos que intentó reformar la sociedad posrevolucionaria mediante una “ciencia de las ideas” pragmática. Desde entonces la ideología se llegó a reconocer como un pensamiento, no siempre de carácter político, que es defendido por un grupo o por una persona. De Tracy acuñó el término ideología para referirse a una disciplina filosófica cuyo objeto era el análisis de las ideas y de las sensaciones. Según de Tracy, la ideología era la ciencia más importante de todas y que contenía un rigor de tal envergadura que era equiparable a la física o las matemáticas, además de constituir una disciplina filosófica cuya misión era la de formar la base de todas las ciencias: La ideología es la ciencia filosófica fundamental. La obra de de Tracy es considerada como el fundamento teórico de la sociedad, sin embargo, su pensamiento ha sido relegado por concepciones más modernas.[2]

Luego de de Tracy, reconocidos filósofos, ideólogos, y otros autores, entre los que destacan Gallupi, Romini, Maquiavelo, Bacon, Tomás Moro, Vico, Hegel y Karl Marx, gastaron tinta para referirse al término ideología, objeto de completar, de darle variaciones, ajustarla a realidades que no estaban en la mira del fundador del término, etc. Pero tanta fue la malversación filológica que, con el transcurso del tiempo hasta nuestros días, aparece la ideología como un término capaz de soportar cualquier significado que se le otorgue. Así, Ferruccio Rossi-Landi ha encontrado once acepciones, no necesariamente entre las concepciones de los autores que nosotros citamos: 1) mitología y folclore; 2) ilusión y autoengaño; 3) sentido común; 4) mentira, deformación y oscurantismo; 5) estafa o engaño consciente; 6) falso pensamiento en general; 7) filosofía; 8) visión del mundo; 9) intuición del mundo; 10) sistema de comportamiento; 11) sentimientos.[3] A éstos, nosotros agregamos unos cuantos conceptos populares: a) pensamiento promulgado por un partido político; b) pensamiento filosófico de cada individuo; c) ideal político del gobierno de turno; d) poder político; etc. Se ha desvirtuado la ideología de tal modo, que ni siquiera es necesario hablar de desideologización en vista que ya no existe la esencia de lo que es la ideología. En un sentido global, la desideologización parte de confundir el significado de ideología o utilizarlo con fines paganos de tal modo que nadie crea en su existencia y con el tiempo el hombre aborrezca el solo hecho de escuchar esa palabra.

Por eso es de suma importancia saber el significado de ideología, tenerla e interiorizarla. De otro modo, seremos caminantes sin horizonte, a la deriva, enrumbados quizás, al fracaso individual y social. A nuestro criterio, ideología es el conjunto de ideas y teorías sistematizadas que tienen una finalidad supeditada al transcurso del tiempo y que se basa específicamente en no perder horizonte ni coherencia cuando sucede el traspaso de las ideas y teorías a la realidad. La finalidad de la ideología es siempre el desarrollo de la humanidad, por eso es, o debe ser, inmutable ante los avances científicos y tecnológicos. Si la ideología apunta al desarrollo de la humanidad y de sus propios conocimientos, entonces sería erróneo creer que sólo se basa en ideas y métodos meramente políticos o ilusiones infundadas[4]. A la ideología le interesa que los seres de una misma comunidad tengan la misma perspectiva y no que todos piensen igual. Porque la humanidad tiene un propósito y de Tracy lo entendió de esa manera, y por eso es que supo que la ideología nunca puede separarse de la lógica para trasladarla a la realidad. Osvaldo Guariglia sostiene que la ideología posee cuando menos dos grandes significados opuestos entre sí, I. conjunto ordenado de ideas y valores referentes a la acción tanto individual como política compartido por un determinado grupo social; y II. es una concepción errónea de la realidad[5]. Con ambos conceptos de este autor, como se observará, disentimos.

Si fuéramos miembros de (y creyéramos en) un mundo incivilizado, podríamos hablar de una ideología primitiva individualista, capaz de corroer las aspiraciones ajenas con tal de satisfacer las propias. Y eso es, en términos peyorativos, lo que significa desideologización. Nacida del exceso de ambición y del avance monopolizador, que propugna la darwinística frase de que sólo sobreviven los poderosos y a ellos se debe rendir culto, la ideología ha pasado a ser la idea (precisamente) de los más poderosos y no las aspiraciones de la humanidad. De modo que de esa forma se puede revelar el verdadero propósito del imperialismo (más que del capitalismo) y su intento incontrolable por destruir o destituir la ideología y poner en alto que ha llegado de ésta su final y ha nacido el tiempo de la desideologización. Se ha querido atacar a la ideología y hacer creer que tenerla es motivo de rechazo y que es un concepto plenamente político, lo que en realidad no es cierto. Lo cierto es que, de acuerdo con Moskvichov, la desideologización es la manifestación ideológica de la organización burocrática del actual capitalismo (aunque más del imperialismo, como ya especificamos) monopolista de los estados[6]

La ideología de la desideologización ha tenido gran aceptación por los gobiernos de los países oprimidos[7]. Se les ha logrado comprar su ideología como nación y persiguen la ideología planteada por los países desarrollados, los cuales saben presionar la libertad y soberanía nacionales con tal de conseguir sus objetivos (aunque esta apreciación parezca subjetiva, no la es si la observamos desde una perspectiva de un estado fácilmente manipulable, precisamente por carecer de fundamentos ideológicos de desarrollo infra nacional. En consecuencia, aclaramos que no es problema de los países desarrollados, es problema de la carencia de identidad de los países subdesarrollados y que es aprovechado por otros estados, lógica y necesariamente, pues cualquier estado busca ser más desarrollado que cualquier otro). En este aspecto, hoy en día, tendríamos que aceptar la tesis de Marx —lo que resulta intolerable, sabiendo que la doctrina marxista, en pocas palabras, al menos para nuestro tiempo, no ha funcionado en la práctica—, quien concebía a la ideología (en realidad se refería al régimen capitalista) como la excusa de la clase dominante para vejar con justicia a los oprimidos[8]. En este caso ya no tratamos de clases sino de naciones. Paradójico cuando vivimos en el mundo de los derechos humanos inalienables.

La falta de ideología se deja notar fácilmente. Incoherencias de política intentando llevar a cabo dos doctrinas a la vez, como es el caso de pretender llevar a cabo una política socialista que al mismo tiempo sea liberal[9]. O perpetrar una asistematización legal tal como las normas inconstitucionales producto de una desatinada manera de ver el derecho. O protestas basadas en la ignorancia de lo que se pretende. Todo ello serían los productos de una completa desideologización tanto por parte de los que ostentan el poder como del pueblo mismo.

En el plano jurídico, las secuelas de la ideología de la desideologización están presentes cuando la norma sustantiva no guarda relación, coherencia ni armonía sistemática con la norma procesal y deviene la vulneración de los derechos fundamentales, ya que la protección que el Estado debe brindar a quienes conforman la nación no puede alcanzar su propósito, porque la misma norma se lo impide. Entonces, si existe una desarmonía de las normas jurídicas, claro está que en el fondo es una necesidad abrumadora de una ideología. De modo que, a nuestro criterio, el problema de la deficiencia en la administración de justicia se debe a que en el ordenamiento legal establecido en el Perú no existe una coherencia que necesariamente debe haber. Las normas legales se encuentran a cada momento en un concurso legal, en duplicaciones y en contradicciones que sólo traen como consecuencia la vulneración del orden constitucional, y obviamente, repercutiendo para que algunos derechos inherentes a las personas vistas desde el sistema constitucional, sustantivo y adjetivo, hayan sido vulnerados, inhibidos o subrogados. Téngase en cuenta que no está la solución solamente en el evocar el control difuso, así su existencia y finalidad sean, por el momento, indiscutibles.

De lo que hemos referido anteriormente podemos concluir que la ideología no tiene por qué ser un pensamiento de vulneración. Usualmente, si a cualquier cosa se le llama ideología, es lógico que cualquier persona se pueda llamar ideólogo o poseedor de una ideología. No obstante debemos tener en cuenta que el criterio jurídico no menoscaba en ningún momento el acto de pretender un ideal, como puede ser una nación desarrollada, libre y plenamente independiente, educada al fin y al cabo. Si podemos reconocer en primer plano una coherencia existente, entonces podemos decir que estamos en el inicio de las bases ideológicas.

De todos modos, el pensamiento político de hombres realmente ideólogos puede traer una evolución y consecuentemente el desarrollo de cualquier país. ¿Por qué? Porque los ideólogos plantean sus ideas e ideales de acuerdo a un esquema sistematizado en donde se puede reconocer dónde se encuentran los principios ideológicos y a dónde se quiere llegar.

Nuestro país carece de un criterio ideológico y tal parece que sus representantes (nos referimos a los legisladores, que, en su mayoría, al menos en nuestro país, carecen de formación ideológica y se arman proyectos de ley sin tener en cuenta la Filosofía del Derecho, esto, porque no existe restricciones para ser legislador, no hay requisito más dificultoso que cumplir con determinada edad y ser capaz. No creemos que se vulneren derechos fundamentales impidiendo que personas sin una formación, por lo menos mínima sobre leyes, política e ideología, accedan a un escaño en el congreso, es vulneración para el pueblo, en cambio, dejar que lo sea cualquiera) no entienden la finalidad de la ideología y su posible contribución para dar respuesta a la problemática peruana con respecto a sus cimientos no sólo políticos y jurídicos, también los económicos, sociales, culturales y educativos. Por lo tanto, bien haríamos en dejar de utilizar ad náuseam el término ideología.
* Dejo constancia de mi agradecimiento al PhD. Alonzo Ramírez Alvarado, quien ha contribuido notablemente con este ensayo.

** Palabras tomadas de la entrevista realizada por Rosa María Palacios en: Prensa Libre, 01 de julio de 2005.

[1] DRAE, en Microsoft Encarta AE, 2005.

[2] Hans Barth, Verdad e ideología (Buenos Aires: F. E. C., 1951), 16-19.

[3] Ferruccio Rosi-Landi, Ideología (Barcelona: Labor, 1980), 31; en Francisco Miró Quesada Rada, Ciencia Política, Manual y Antología (Lima: Studium Editores, 1988), 271

[4] Con nuestra tesis discrepamos, entonces, con la afirmación de Georges Sorel que define a la ideología como “… el conjunto de creencias, cualesquiera ellas fueran, asumido por un determinado grupo o élite revolucionaria, que sirve para cohesionar al grupo y justificar sus actos violentos”. Cfr. Osvaldo Guariglia, Ideología, verdad y legitimación (Bs Aires: Sudamericana, 1986)

[5] David Sobrevilla, “La segunda muerte anunciada de las ideologías: sobre una tesis de Fukuyama, Hutington y Revel”, en Socialismo y Participación (Setiembre 1998), 79-90.

[6] Lectura citada por Miró Quesada Rada. Op. cit. 284, tomada de: Lev Moskvichov, Teoría de la desideologización: Ilusiones y realidad (Moscú: Progreso, 1974)

[7] No necesariamente oprimidos económicamente o políticamente, sino más bien social y culturalmente.

[8] Al respecto, véase: C. Marx y F. Engels, obras escogidas, tomo I (Moscú: Progreso, 1973)

[9] Socialista es distinto de social, téngase en cuenta. En cualquier caso, el liberalismo y el socialismo son dos caminos diferentes que aspiran llegar al mismo objetivo, entonces, la diferencia entre ambos es el camino, los medios que utilizan para lograr su fin. Al respecto, léase: Gerhart Raichle, Principios de la Política Social Liberal (América Latina: Ed. Fundación Friedrich-Naumann,), 9-14.

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