(Selección de artículos para el grupo EPENSA)

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Bajaba muy orondo por el malecón de mi ciudad y divisé desde allí una mancha oscura que de pronto – dentro de  la noche – se  dispersaba y luego me rodeaba.

No sirvió ninguna película de Kung Fu, para que de un porrazo me redujeran y se llevarán mi móvil y los soles que alumbraban mis lóbregos días. Esperé un momento en el piso, olí que se alejaban y decidí recuperar mi chip. Dejé mi porte de acojudado y empecé a correr detrás de ellos. Ellos, quizás sabiendo mi determinación, empezaron a correr también. Una cuadra más tarde y a  medio aliento abordaron un taxi que los esperaba allí.

Frustrada la acometida, di media vuelta y…

— ¡Sube!—  me dijo, abriendo la puerta  del taxi.

Era otro taxista que enervado, decía que iríamos tras ellos. Mientras recuperaba mis pulmones laxos, levanté el índice y le mostré el rastro. Aceleró, maldecía, gruñía y prometía atraparlos.

Los perseguimos durante cinco minutos y gracias a las maniobras del batitaxi, los acorralamos en un pasaje.

— ¡Atrápalos Robin!— imaginé escuchar, y de un salto salí del auto a cazar a los malhechores.

El tropel lanzó mi celular por los aires y se dieron a la fuga en direcciones distintas. Atrapamos a dos de las alimañas pero solo pude recuperar mi celular.

¿Cómo saber si el taxista de algún día, es Batman o es el Guasón en potencia? No existe la empresa, el anuncio radial, o el número mágico que nos brinde la certeza de que llegaremos indemnes a nuestro hogar. Pero aquel día tuve la suerte de conocer a un samaritano que se indignó al verme todo asaltado y, sin conocerme, se legó a atrapar a los facinerosos.

Mientras otros taxistas te roban con dosis de calefacción, te ultrajan al notarte bebido u otros que usan su llave de tuercas para desgraciarte la vida; otros tantos te pueden salvar la vida. ¿Cómo saber?

JOHN SANTIVAÑEZ

Tayiel@hotmail.com

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