(Selección de publicaciones para el grupo EPENSA)

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Llanto y gritos de dolor concomitante, son las malas nuevas de todos los días. La muerte anuncia su paso con sirenas y luces titilantes mientras camino por la calle y todos mascullan ¿Qué habrá pasado?

Mi abuelo murió de vejez. En el epílogo de su vida se preparaba rezando plegarias indescifrables y evaporaba sus recuerdos de este efímero mundo para no irse con mucho equipaje. Yo tendido bajo sus pies en un primer momento y arrodillado en un segundo, escuchándolo, me preparaba también para su inconmensurable ausencia. Mi prima, en cambio, murió de cáncer, entubada por lugares indecibles y con la compartida esperanza de sus hijos, esperando por un milagro del Señor de Octubre que nunca llegó.

Cuando esperas la muerte, tiendes la cama, afinas tu mejor vestido, desayunas pensando en lo bien que la pasaste y la sabiduría te ayuda a partir; pero cuando es repentina y toca el zaguán un día cualquiera, es difícil dejarse ir sin reproches, sin reprobarse uno mismo el no haber salido al recreo,  y lo inminente se vuelve insoportable.

Miles mueren todos los días, enlutan a tus seres queridos y regocijan a tus enemigos; pero para los ajenos, la muerte es divertida y los relega a la curiosidad malhadada de ver sangre a borbotones. Nadie repara en el dolor ajeno, en las consecuencias de una pérdida irreparable, la indiferencia es vasta y hasta se complacen con enterarse cómo murió para alimentar sus frágiles vidas.

Existe un programa llamado Mil maneras de morir que describe básicamente que hasta para morir se toma en cuenta tu coeficiente intelectual. Yo quiero morir de viejo, satisfecho y afiatado para lo peor, no quiero morir estúpidamente por un pelotazo, patinando o trepando tratando de entrar a mi casa, aunque sepamos que la muerte suela hacer visitas desopinadas.

JOHN SANTIVAÑEZ

Tayiel@hotmail.com

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