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Es un hecho, nuevamente lo que conocemos por política se va imprimiendo en las paredes de la ciudad. Lo acabo de ver, desde mi asiento en el bus, camino a casa.

¿Cómo lo hacen? Imagino que pagarán un alquiler al dueño de aquel frontis para que la pintura permanezca por unos meses o los convencerán con una misérrima propina y una promesa de trabajo que nunca llegará. ¡Qué habilidosos!

En estos tiempos de pintas y repintas, la lluvia ayudará a que las larvas asomen para alimentarse y sacar provecho de lo primero que encuentren. Saldrán a relucir buen número de adulones y besamanos, que ya no ocultan sus sórdidas intenciones ni por casualidad; y pujan con naturalidad para ofrecer sus “donaciones” al partido, y hacerse así de una deuda pendiente que les asegurará el sueño de ser millonarios. Ahora bien, si eres un pequeño mortal y trabajas pintando propaganda, o si te levantas a las cinco de la mañana para cumplir tus cuotas en pegatinas; o si trabajas como incitador de masas tocando el bongó  ¿Qué parte del pastel te tocará? ¿Habrán valido la pena tus esfuerzos por “la causa”? Eso no lo sé.

Para los que dicen ser realistas y aconsejan vivir con los pies bien puestos en la tierra, no me sorprende que su instinto de supervivencia los llame a servir como esbirros a los intereses de los pudientes. Lo que sí me sorprende, es que decidan vivir en el subsuelo y la prángana moral en la que retozan y se reproducen, como bichos, fantaseando con ser dueños del mundo.

Un amigo lo dijo: “No somos cobardes o idiotas” para dejar que parásitos inunden nuestra casa. En estos tiempos de inoculación política, estamos llamados a ser los antihelmínticos que limpien nuestra casa para recibir a nuestros hijos y predisponerlos a la lucha por algo mejor.

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