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Tomé la forma de un suri una madrugada, mas la madrugada no había llegado a mí y me presentí muy iluminado para enamorarte.

(Silencio). Tu voz armoniza con la soledad de mi aposento (de mi nicho ecológico) y le da ritmo nuevo a mi corazón. No!, es peor!; tengo arritmias ahora por osado, me siento agitado, perdí mi corazón, mi aparato de golgi, mi mitocondria.

Lloré, no me acuerdo, los suris no lloran, babean. ¿En qué momento del tono del teléfono pasó a tu voz?. “Tengo que decir algo inspirado”, nada. (Otra vez, silencio). He vociferado: Te amo. “Eres mi sustento, mi instinto de supervivencia me dicta que tú eres mi alimento, mi aguaje y un suri sin aguaje no puede vivir”, chillo.

Un suri, es una larva, un gusano que dejó de ser huevo primero. Sí eso soy, un diminuto insecto en potencia, enamorado de una Palmera de verano; pero la Palmera más bella, dulce, y encantadora del mundo: Tú.

¿Cómo un gusanito puede alimentarse de algo tan grande, casi inaccesible como la palmera o el aguaje? Pues, pareciera que no, pero así es.

Por eso al observarte idiotizado me enrollo, levanto mis patitas y me dispongo a dar pelea frente a otros suris hambrientos que osan mirarte. Los otros gusanos (viles insectos muy diferentes a mí) me están ganando, me atropellan, arremeten contra mí y me dejan listo para hacerme brocheta de suri. No puedo ganarles, me derriban, son muchos contra mí. Siento que te pierdo y mientras me desvanezco por la paliza que me dieron (pinches gusanos!!!), antes de que me frían, te pregunto si me amas y respondes: Sí te amo.

Me despierto agotado por el fragor de la lid y amándote locamente digo: “Los suris son muy nutritivos”. Musito tu nombre y vuelvo a dormir.

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