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“En el pueblo de mi abuelo, un desplumado maduraba persiguiendo el orgullo de los padres ausentes y cantaba las noticias de papel con zapatos gringos…”

John Santivañez

 Buenos días Don Apolinario. Me dijeron por ahí que anda escribiendo un Libro. ¿Es verdad?

(Risas) Hola John, a decir verdad, ya lo terminé.  Lo empecé a escribir desde hace mucho y tuve que invertir años de investigación y sobre todo una compilación de mi experiencia propia para dar a luz a este nuevo hijo.

 ¿Se puede saber de qué se trata?

Sí, claro. Se trata de una investigación desde mi perspectiva indagadora, histórica, literaria y antropológica de Morococha. A nivel, sobre todo, de la coyuntura minera que se deviene desde décadas pasadas.

 Es muy oportuno de su parte en estas épocas donde el ámbito económico de Junín se centra en la minería de Morococha.

Como te dije, no escribo sobre Morococha desde ahora que todos los ojos ven hacia esa ciudad, si no que lo hago desde hace mucho tiempo porque yo he vivido ahí.

 Disculpe, pero usted ¿no es originario de Acolla, Jauja?

Por supuesto que lo soy. Sin embargo, tuve que pasar muchos años en Morococha por el trabajo de mis padres. Jugaba en medio de la lama (aquel polvo residual que alfombraba Morococha).  ¿Conoces Morococha, John?

 Lamentablemente no, señor Apolinario.

Bueno, yo nací en Acolla y mi padre como muchos en aquellas épocas,  frente a la ausencia de estudios superiores,  decidió ser minero. Así que nos trasladamos a Morococha a buscar una vida. Yo perdí a mis padres a los siete años de edad: a mi padre lo perdí en un accidente laboral y a mi madre se la llevó la enfermedad.  Huérfano desde niño, tuve que aprender a valerme por mí mismo. Claro que tuve familiares, incluso hermanos mayores que pretendían cuidar de mí, pero poco después supongo que ellos se aburrieron – no los culpo – y  me dejaron a la mano caritativa del Divino. Trabajé desde pequeño vendiendo periódicos (aquellas veces se voceaba las noticias, claaro) y más tarde, llevando recados de campamento en campamento. Ya de grande me dediqué también a la mina para poder estudiar.

 ¿Fue usted también minero?

Por supuesto que lo fui. Como muchos niños y mujeres de aquella época fui pallaquero (separábamos el mineral de forma artesanal) primero y luego trabajé dentro de la mina para poder seguir mis estudios en la universidad.

 Es una experiencia inspiradora, y es solo por eso que escribe el libro?

No solamente por eso, yo deseo también recordar dentro de mi experiencia y hacerles una galería a tantos personajes ilustres que pasaron por Morococha con la férrea y única intención de crecimiento. Hablo de intelectuales como Raimondi. Empresarios como Emiliano Benito Méjico, los Sres Backus y Johnston. Artistas como Sebastián Rodríguez (A quien yo llamo “El Chumbi Morocochano”), y muchos personajes más que menciono en el libro.

 Discúlpeme por esta pregunta que no tiene nada que ver con lo intelectual, pero es inevitable. ¿Tiene usted alguna intención política al escribir éste u otros de sus libros? ¿Es usted antiminero?

(Risas) John, la historia no tiene colores y habiendo vivido tantos años en Morococha y habiendo “bebido de su jugo” he sido testigo de las formas insalubres de la vida de antaño. Entiendo que las nuevas tecnologías harán su trabajo en cuanto a protección ambiental se refiere y se esforzarán para conservar en mucho las buenas prácticas. Pero no podemos dejar Morococha en manos ajenas sin una vista aguzada, me interesa mucho y a todos nos debe interesar el efecto irreversible que traería una contaminación descontrolada hacia las cuencas del pacífico y del atlántico. Además, debemos velar por el retorno de este sacrificio ecológico y que se invierta realmente en el desarrollo del pueblo peruano y no se lleven las arcas de este “mendigo sentado en un banco de oro” por incapaces o por indiferentes.

 Entonces, ¿es usted anti minero?

Ya lo he repetido muchas veces y en diferentes formas: “Gran parte de lo que soy se lo debo a la minería”.

 Volviendo a usted Don Apolinario, lo veo bastante sólido en cuanto a salud. Sin embargo, ¿Alguna vez, estas exigencias de la  vida no le han cobrado factura?

Sí, me las ha cobrado y también me las ha recompensado. Tengo sesenta y ocho abriles y hace casi un año, un virus extraño me produjo una parálisis total que me devolvió a la fragilidad. Por casi un año no pude mover ni un solo músculo, me llené de angustias e invité a la muerte a llevarme junto a mis padres. Síndrome de Guillain – Barré, eso me dijeron, y aún estoy en rehabilitación.

Por otro lado he sido recompensado con logros por los que siento que mi esfuerzo ha valido la pena. Siendo huérfano pude haberme quedado siendo un “pájaro frutero”, pero he sido reconocido con las palmas magisteriales, becas por la UNESCO y plumas de oro. Disculpa la falta de modestia.

 Para terminar, don Apolinario, su larga carrera me inspira a preguntarle: ¿Qué mensaje nos puede dejar a nosotros los jóvenes interesados en la producción intelectual para progresar?

(Silencio) “Parte de tu aldea y serás universal”.

Gracias Don Apolinario.

Gracias a ti, John.

 EPÍLOGO

Camino pensando en que le mentí, y es que la verdad ya lo veo con los años encima. Agradezco la oportunidad a los dioses de haberlo conocido antes de que haga equipaje para el reencuentro con sus padres, con aquellas caricias postergadas, con los alivios merecidos, con la mano blanda del padre, con la sopa caliente y el olor a madre. (Suspiro)

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